El Faro

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Místicos del siglo XXI

(Tercera parte)

De las siete moradas a las que se refiere Teresa de Jesús, en el viaje interior que nos propone, vamos a hablar en este artículo de la segunda y tercera morada. Siguiendo el esquema de este Camino Espiritual que nos facilita la escritora Caroline Myss, por utilizar un lenguaje más asequible a nuestros tiempos que el de la mística del siglo XVI, veremos que a partir de la tercera morada se produce una rendición del Alma a la divinidad, que propicia una nueva forma de afrontar la vida. Este es un paso tan trascendental en el Camino Espiritual, que merece un tratamiento aparte, en artículos sucesivos. Vayamos pues al punto en el que nos quedamos.

Segunda Morada

         En la segunda morada la persona se esfuerza en iluminar los conflictos y los miedos que habitan el Alma, y que han sido descubiertos gracias a la introspección que se ha hecho en la primera morada. Esto supone enfrentarnos con nuestra sombra y nuestros demonios interiores. Santa Teresa advirtió a sus monjas –pues no olvidemos que ella no escribió las Moradas para todo el mundo, sino como ayuda a las mujeres que habían decidido dedicar su vida a ser monjas de clausura- que, conforme fueran progresando en el Castillo interior, se volverían más vulnerables a los problemas psicológicos, mentales y espirituales de otras personas.
Llegados a este punto, hay que recordar que la oscuridad no puede vencerse por la fuerza, y que la única forma de hacerlo es poniendo Luz en esas zonas oscuras de nuestra psique. Para ello, aconsejaba sacar la sombra a la vista y, al encararla, cortarle la autoridad que ejerce sobre nosotros. Si ese trabajo interno se efectúa adecuadamente, la persona empezará a ver la divinidad en todo y en todos... También en nuestra oscuridad y en la de los demás, comprobando que, aunque nuestras personalidades sean distintas, todos los seres humanos somos iguales.
Dice Teresa de Jesús que, en esta morada, debemos abandonar la falsa imagen que todos tenemos de Dios. Esta imagen es producto de nuestra religión, educación y cultura, y nos ha llevado a querer controlar el comportamiento de la divinidad, y a creer que tiene que funcionar según nuestras reglas. También alertó sobre las falsas visiones interiores que pueden producirse. Sobre este aspecto escribió: “Y en su seso les parece arrobamiento, y llámole yo abobamiento, que no es otra cosa más de estar perdiendo tiempo allí y gastando su salud”. Más allá de este abobamiento la mística nos asegura que la verdadera visión interior es una manera de percibir el propósito más elevado de la vida y los mecanismos divinos que actúan entre bastidores.

Otra cuestión a tener en cuenta, nos dice Teresa, es que al entrar en nuestra vida interior, atraemos lo que ella llama “las tentaciones”. Esto es algo fácil de entender puesto que, según la mecánica que opera en nuestro universo, los polos opuestos se atraen. La bondad atrae al mal y la luz a la oscuridad. Para protegerse, la mística aconseja a sus monjas que no cuenten a los demás sobre sus experiencias interiores, salvo a las personas que estén en la misma sintonía, y puedan entender nuestro proceso espiritual. Advierte, sin embargo, de la necesidad imperiosa de impresionar a los demás con nuestras proezas espirituales, y califica esta tendencia tan humana como “un acto de orgullo” y una “tentación del diablo”. Vuelvo a aclarar aquí, que ese “diablo” no es ningún ser externo, sino una entidad, que puede ser muy real, pero que procede de nuestro interior. Pues nada existe en el exterior que nosotros no hayamos creado dentro. Teresa subraya que las experiencias espirituales pertenecen al ámbito de lo privado, entre nosotros y Dios. Compartirlas con quien no debemos atrae envidias, críticas y celos. Hay un proverbio que dice que “Sólo se apedrea al árbol que da frutos”.
A lo largo del viaje a través de esta segunda morada, la mística insiste en que hay que purificar esa necesidad que sentimos en nuestro interior de evangelizar, juzgar a los demás, o de adoptar una actitud de superioridad. Y yo añado que nadie puede “salvar” a otro, sino que cada cual debe ser su propio maestro. Estoy de acuerdo con Teresa de Jesús cuando se mostraba convencida de que “el diablo” sabe exactamente cómo pulsar el botón de nuestras partes más oscuras. Incluso las grandes almas que han transitado por la Tierra fueron visitadas y tentadas por sus demonios internos, para impedir que su Luz se expandiera por el planeta. Como hemos dicho anteriormente, la Luz siempre atrae a la sombra. Pero si nosotros alumbramos la oscuridad, ésta no podrá penetrar en nuestro Castillo interior.

Tercera Morada

         Esta es la última morada del plano terrenal o del mundo material. A partir de la cuarta morada, se produce un punto de inflexión en nuestro Camino Espiritual, porque tiene lugar la Rendición. Santa Teresa nos insta continuamente a que nos despojemos de la mente racional y nos rindamos al “amor divino”. Nuestra rendición le dice a Dios que estamos preparados para vivir experiencias incomprensibles, incluso para nosotros mismos. Le dice que nos rendimos al Misterio. Sin esta rendición, no se puede hallar la Iluminación de la que hablan todas las tradiciones espirituales. Sin esta rendición, no se puede seguir progresando en el Camino Espiritual. Hay que confiar totalmente en Dios. No sólo un poquito. No sólo cuando las cosas salen bien o como yo creo que deben salir.
La lógica y la razón han dado forma a nuestro Dios y a la Teología, pero ya hemos dicho que esto no tiene nada que ver con la Mística, pues ésta no consiste en hablar de Dios, sino en experimentarlo en nuestro interior. Nuestra lógica, según nos han educado, podría ser ésta: “Si me porto bien, iré al cielo”. “Si rezo con suficiente devoción y me sacrifico, mis plegarias recibirán respuesta”. “Si soy una buena persona, no merezco sufrir”... Pero la cosas no funcionan de esta manera. La mente exige una razón para rendirse y además quiere garantías de que, si lo hago, si me rindo a Dios, no tendré pérdidas económicas, ni problemas emocionales, ni los demás me darán disgustos...etc. La mente, en definitiva, no quiere ceder el control. No se fía. Pero Teresa de Jesús nos dice que en esta morada hay que abandonar la pretensión de que podemos controlar a Dios, al mundo que nos rodea, y a todas las personas que viven en él. “Soltar el control”... Difícil reto para nuestra Alma, ¿verdad? Y no hay manera de engañarse. O se confía, o no se confía en la divinidad. No se puede confiar a medias.

La Rendición

         La rendición es un ritual místico, un arquetipo de transformación. Cuando se produce, la autoridad de nuestra vida pasa de nuestra mente racional a nuestra Alma. Cuando nos rendimos, renunciamos a lo que más valora el ser humano: el control. Y al perder este control podemos sentirnos desamparados, porque la entrega a Dios puede desviarnos de los planes vitales que nos habíamos trazado, orientando nuestra existencia hacia otros, con los que no contábamos. Al rendirnos, también podemos experimentar lo que San Juan de la Cruz definió como “la noche oscura del Alma”. Este, sin duda, es un escollo muy importante en el Camino Espiritual... Pero hay que atravesar esa oscuridad sin perder la confianza en Dios.

Hemos comentado ya muchas veces desde estas páginas, que seguir la senda del espíritu no nos evitará problemas. Al contrario, a veces nos los provocará porque nos hará conscientes de nuestra oscuridad y tendremos que bregar con esos dragones internos que pueblan nuestro interior. Aún así, llegados a este punto y sometidos esos dragones que pueblan el imaginario de muchos cuentos y fantasías, hay que deponer las armas y comunicarle a nuestro Dios interno que nos rendimos. Sólo a partir de este momento comenzará realmente nuestra Transformación de orugas a mariposas.

(Noviembre del 2010)


 

Místicos del siglo XXI

(Segunda parte)

Continuando con esta aproximación a la mística de Teresa de Jesús, a través del libro de Caroline Myss, vamos a penetrar en ese castillo interior que, como establece la Santa de Ávila, se hace atravesando siete moradas. Según nos dice Teresa con sus propias palabras, están colocadas “unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados y en el centro y mitad de todas ellas tiene la más principal: donde vive Dios”. La pregunta que hay que hacerse antes de cruzar el puente levadizo es si quieres entrar realmente en tu interior, puesto que antes de poder mirar a la divinidad cara a cara, hay que estar dispuesto a transformarse a sí mismo. Y esta no es una tarea fácil, pues implica una vida de introspección y el abandono del autoengaño, dado que vas a iniciar un viaje del Alma.

Dice Teresa de Jesús que no existe ningún atajo para entrar en el castillo interior, y que la única manera de hacerlo es a través de la oración y la meditación. Asimismo, subraya que el castillo no es un lugar para pensar, sino para estar y escuchar la voz interior. No hay que olvidar que la Mística es un asunto del Alma, y no del yo. Y que no se trata de pensar en la divinidad ni de hablar sobre ella, sino de tener la experiencia íntima de Dios. Los místicos ven la presencia de Dios en todas partes y en todas la personas y las cosas. Algo que nada tiene que ver con profesar una determinada religión. Desde esta perspectiva de la universalidad, cualquier persona de cualquier religión o condición, puede adentrarse en el terreno de la Mística. Pues místicos –aunque aquí nos refiramos al trabajo de Teresa de Jesús- ha habido en todas las religiones y en todos los tiempos. Pero adentrémonos ya, sin más demora, en la primera Morada.

Primera Morada

Para entrar en esta Morada no tienes que abandonar a las personas que amas, ni cambiar de trabajo, ni de casa ni de lugar de residencia. Pero sí tienes que procurar que no te controlen las cosas externas, como el dinero, el prestigio, lo que piensen los demás, la sociedad... También hay que dejar de desear que las cosas sean más fáciles y que tu vida sea distinta de la que es. No es que sea malo querer mejorar las condiciones de vida, ni mucho menos, pero no hay que olvidar que los cambios deben realizarse en el interior, y que al hacerlo, se producirá, sin duda, una mejora de nuestras condiciones externas de vida, ya que éstas son un reflejo de lo que vivimos dentro. Otra de las herramientas útiles para penetrar en esta primera Morada es la humildad, que no hay que confundir con la humillación. Dios no quiere que nadie se humille ni ante Él ni ante nadie. Uno debe tenerse respeto y autoestima, a la vez que intenta superar el orgullo porque éste nos hace prisioneros del ego y del mundo que nos rodea. La verdadera humildad consiste en dejar de necesitar ganar, de tener razón, de decir siempre la última palabra. Para Teresa de Jesús, la humildad es un ingrediente imprescindible en la vida espiritual. Ella dice que, cuando Dios nos habla, la humildad es la capacidad de decir sí, en lugar de ¿qué pensarán los demás si hago eso que me dicta mi Alma?

Al entrar en esta primera Morada, que es la más apegada a los poderes terrenales, nos vamos encontrando con mucha oscuridad. La nuestra. Hay que tener en cuenta que los cambios internos, aunque sean positivos, pueden generar tanta angustia como los negativos. Esto quiere decir que adentrarse en un trabajo interior, no sólo no nos garantiza que nuestra vida va a ser más cómoda y mejor, sino que puede ocasionarnos más problemas, al hacernos más conscientes, y al chocar aún más con el mundo que nos rodea. A pesar de eso, hay que abrazar el cambio en nuestras vidas y, aunque no se busque, hay que estar preparados para cuando ocurra.

Las mazmorras

En todos los castillos existen las mazmorras, que era el lugar donde se encerraba a los prisioneros. También en nuestro castillo interior existen estas mazmorras donde tenemos aprisionadas a todas la personas que no podemos perdonar, a las que guardamos rencor y a las que deseamos algún mal. Todos tenemos una fuerza oscura que Santa Teresa identificaba con el diablo. Es la misma fuerza que psicólogos como Jung, en un lenguaje más acorde con nuestros tiempos, identificó como la sombra. Antes de pasar a la segunda morada, tenemos que vaciar nuestras mazmorras y, desde luego,  no es una tarea fácil. Estas personas que retenemos en nuestro interior a veces son torturadas por el poder de nuestros pensamientos y de nuestros recuerdos. No cabe duda de que algunos de nuestros prisioneros, también nos tienen a nosotros de prisioneros en sus propias mazmorras internas. De hecho, yo diría que casi siempre es así. Si somos sinceros con nosotros mismos, llegaremos a la conclusión de que seguimos teniéndolos como prisioneros porque nos parece que aún no han recibido el castigo suficiente por el daño que nos hicieron. Ellos, obviamente, piensan lo mismo sobre nosotros. ¡Y así nos va!
Imagínate que estás prisionero en el castillo de otra persona. ¿Te gustaría salir? ¿Te gustaría que sus pensamientos y su animadversión hacia ti se acabasen y pudieras continuar en paz viviendo tu vida, sin ser rehén de esta persona? Sí, claro.

La cuestión es que, para que esto ocurra, eres tú la que tiene que abrir las puertas de tus mazmorras y soltar a todos los prisioneros que tienes en ellas. Si estás esperando que ellos reconozcan que se portaron mal contigo y que te hicieron daño, es posible que esto no ocurra nunca. Por eso eres tú quien debe tomar la iniciativa y comprender que todas las personas –sobre todo las que te han herido- aparecieron en tu vida con algún propósito. A veces no es fácil descubrirlo, pero hay que tener en cuenta que nosotros también hemos hecho daño a otros, que están intentando averiguar el porqué. Aunque no lo sepamos, todo tiene un propósito y todos jugamos un papel en la vida de los demás. Que sólo es eso, un papel. Si lo comprendemos, nos será fácil abrir de par en par las puertas de nuestras mazmorras para liberar a nuestros prisioneros, a la vez que nos liberamos a nosotros mismos.

Al leer esto, alguien puede pensar que hay muy pocas recompensas en la primera Morada, ya que al entrar en ella hemos descubierto más oscuridad que luz. Es nuestra propia oscuridad, la que hay que atravesar para llegar a la Luz que tenemos más adentro. De cualquier forma, debemos considerarnos afortunados por haber descubierto nuestro castillo interior, y haber tomado contacto con su moradora: el Alma.       

(Octubre del 2010)


 

Místicos del siglo XXI

La iglesia católica celebra el 15 de octubre la festividad de Santa Teresa de Jesús, una mística que vivió en el siglo XVI, que profesó en la orden de las Carmelitas, a cuya reforma dedicó gran parte de su vida. Teresa nació en Ávila el 28 de marzo de 1515 bajo el signo zodiacal de Aries, cuyo fuego marcaría toda su existencia. Murió el 4 de octubre de 1582, fecha que coincidió con el último día del Calendario Juliano, y fue enterrada el 15 de octubre, primer día del Calendario Gregoriano. Su cuerpo fue despedazado y repartido como reliquias, que están incorruptas. Desde el día de su muerte hasta el de su entierro, sólo transcurrieron 24 horas, pero al producirse el cambio del calendario Juliano al Gregoriano, existe una diferencia en el almanaque de diez días. Su muerte coincide con una nueva forma de medir el tiempo, que es la que tenemos en la actualidad.

Para la presentación en Albacete, hace dos años, de mi última novela, “El juego de Dios” elegí la fecha del 15 de octubre como mi particular homenaje a esta mujer que alcanzó tan altas cotas de espiritualidad y que nos dejó constancia por escrito de su viaje interior a través de sus poesías y, sobre todo, en esa gran obra de la mística que son “Las Moradas”. En 1622, la iglesia católica canoniza a Teresa y en 1970, el papa Pablo VI la proclama doctora de la Iglesia. Santa Teresa de Jesús es también la patrona de los escritores españoles y llegó a disputarle al mismismo Santiago el título de patrón de España. Quiero decir con esto que un sector de la Iglesia la quería a ella para ocupar ese lugar, mientras otro optaba por el “hijo del trueno,” como era conocido el discípulo de Jesús. Los partidarios de este último ganaron la partida. A ella, a Teresa, no le hubieran importado nada este tipo de reconocimientos. Sus escritos estuvieron en el punto de mira de la Inquisición y, según se dice, fue el propio Rey, Felipe II, quien intervino para que no terminase en la hoguera. Pero no es de su vida de la que quiero ocuparme, sino de su obra y, más concretamente, de “Las Moradas” que la sitúan, junto con San Juan de la Cruz –coetáneo suyo y reformador con ella de los Carmelitas Calzados- en las más altas cotas de la mística... Pero, vayamos por partes: ¿Qué es la Mística?

La palabra Mística deriva de otro vocablo: mixtura, que significa mezcla. Mística, por tanto, es el nombre que se da al proceso del Alma humana en su búsqueda de unión con Dios. La Mística busca la unión con la Divinidad, con esa divinidad que todos llevamos dentro, que es un reflejo de Dios. El Misticismo se convierte, pues, en un asunto del Alma, en un camino interior, que nada tiene que ver con el Yo de nuestra personalidad. Se preguntarán: ¿pero hoy en día se puede ser místico? La respuesta es sí. Y yo diría que ahora, más que nunca, se hace imperioso ser místico en este convulso siglo XXI en el que todo lo externo se desmorona y necesitamos refugiarnos en ese Castillo Interior del que nos habló Teresa de Jesús.

No hace falta encerrarse en ningún monasterio, ni hacer votos de obediencia, castidad o pobreza para conocer a Dios dentro de uno mismo.
Porque esta es la clave de la Mística, “conocer”. No se trata de pensar en Dios ni de hablar sobre él, que es lo que hacen los teólogos. De lo que se trata es de tener la experiencia de Dios, de vivirlo y de amarlo. No hay Mística sin amor. Amor con mayúsculas. Amor Universal, hacia todo y hacia todos. La propia Teresa nos dio la clave cuando dijo: “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho”. La mente no sirve para encontrar el camino que lleva a Dios. Como se refleja también en las prácticas espirituales que nos han llegado de Oriente, y que están tan de moda, la mente sirve para buscar, pero aquí se trata de encontrar y para ello se necesita el silencio, la meditación, la oración. Éste no es un camino fácil. Está relacionado con el elemento Fuego. El mismo Fuego que calentaba por dentro a Teresa, y que en algunos momentos llegaba a abrasarla durante su experiencia mística con Dios, su amado. El fuego que movía su deseo de fundirse con Él.

Así pues, Teresa de Jesús no nos propone un camino religioso vinculado al catolicismo –aunque fuera una monja católica- tal y como se entiende hoy en día el concepto de religión. Lo que nos propone es un camino espiritual, universal, al que puede estar llamada cualquier persona de cualquier credo porque, como digo, la Mística nos habla de la experiencia personal que supone la fusión del Alma humana con Dios. Nuestro objetivo en esta vida no es la perfección, porque nunca la vamos a lograr mientras nos movamos en un mundo de dualidad. Nuestro objetivo es ser conscientes del Plan Divino y actuar conforme a él. Pero no creamos que seguir el camino de la Mística nos va a llevar a alejarnos del mundo. Ni mucho menos. Teresa, aunque sufrió durante toda su vida una salud muy débil, fue una mujer con un fuerte carácter, segura de sí misma, que no se callaba ante las injusticias y que llevó una existencia marcada por la lucha en el exterior. No estaba todo el día mirándose el ombligo, sino que acometió, con todo en contra, la reforma de su orden religiosa para fundar las Carmelitas Descalzas y, aunque estas eran monjas de clausura, Teresa no paró de viajar llevando a cabo numerosas fundaciones, con grandes dificultades y tropiezos, que nunca consiguieron apartarla de su destino.

El Alma como castillo es una metáfora que induce a la intimidad mística. Lo que nos propone Teresa es que hagamos de este castillo interior nuestro hogar, nuestro refugio, nuestro remanso de paz al que podamos retirarnos para reencontrar el equilibrio que necesitamos a la hora de afrontar las dificultades que se presenten en nuestra vida cotidiana. En definitiva, nos propone establecer una morada interna en la que podamos conectar y hablar con Dios. Insistiendo en que la perfección no es el objetivo, sino la práctica espiritual, ya que las transformaciones personales requieren de un gran esfuerzo de introspección y de modificación de nuestra personalidad.

Puede que a muchas personas les resulte difícil leer Las Moradas, puesto que Santa Teresa, aunque escribe con mucha claridad, utiliza un lenguaje de su tiempo. Existe un libro de Caroline Myss, titulado “Las siete Moradas”, que pone a nuestra disposición la obra de nuestra mística universal, con un lenguaje y reflexiones más acordes a los tiempos que estamos viviendo. En cualquier caso, las palabras de Teresa de Ávila hablan por si solas. Para terminar, permítanme que sea ella, y no yo, la que nos ofrezca su mensaje con una poesía que es un bálsamo para el Alma y una invitación a confiar en el Plan Divino, por encima de nuestras propias ideas y de nuestras propias emociones e intereses mundanos. Prestemos atención y abrámonos a su sabiduría:

“Nada te turbe,
nada te espante;
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza.
Quién a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta".

(Septiembre del 2010)


 

¡Bienvenidos al Infierno!

Tal y como ya he comentado en otras ocasiones, la humanidad se encuentra inmersa en un proceso de cambio profundo. Este cambio está favorecido por unas alineaciones planetarias que, nos guste o no, influyen en nuestra vida. Como hemos mencionado otras veces, somos un microcosmos reflejo del macrocosmos y formamos parte de una galaxia en la que se encuentran numerosos planetas. Desde el pasado 26 de junio, nuestros cielos registran una Cruz Cósmica, que fue reforzada por el eclipse de luna que se produjo ese mismo día, aunque no fuera visible desde nuestro país.

Recientemente, he tenido la oportunidad de asistir a un cursillo para evaluar cómo afecta esta Cruz planetaria a mi carta natal, y también en el momento actual. Tengo que decir que esta Cruz Cósmica, afecta a todas y cada una de las personas que habitamos el planeta Tierra, sean cuales sean nuestra creencias religiosas, nuestro nivel cultural y académico o nuestras vivencias espirituales. Obviamente, hay seres más afectados que otros, por su propia configuración astral, pero lo cierto es que nadie se va a librar de los efectos de esta fuerte alineación planetaria, que coloca a Plutón en Capricornio, en oposición con Mercurio en Cáncer, mientras que Urano en Aries, se encuentra en oposición con Saturno en Libra. Asimismo, entre Plutón con Saturno y Urano se producen cuadraturas, lo mismo que ocurre a estos planetas con Mercurio en Cáncer.

Según dicen los entendidos, esta Cruz Cósmica va a durar, como mínimo, tres años, y nos llevará a aprender que lo que realmente importa es la conciencia, a la vez que promoverá limpiezas kármicas. Es decir, asuntos que arrastramos de vidas pasadas, y que ha llegado el momento de liquidar y de no seguir cargando con ellas en nuestra vida actual. Sólo por eso, habría que dar gracias al cielo todos los días, por permitirnos favorecer este tipo de limpiezas y por darnos la oportunidad de resolver, de una vez por todas, asuntos pendientes. Ya que esto, como digo, es una ocasión de oro para que cada cual mire en su interior y reconozca aquéllo que ya no le sirve para seguir viviendo en estos nuevos tiempos que se avecinan.

Pero la Cruz Cósmica va a promover cambios aún mayores y más profundos, ya que la influencia del planeta Plutón nos va a obligar a remover nuestras raíces personales y sociales, con el fin de aniquilar las viejas estructuras. Así, cuanto más apegados estemos a lo material y a esquemas mentales caducos en nuestra existencia, más sufriremos. Plutón es el planeta de la Transformación, con mayúsculas, de los cambios profundos y de la muerte. Muerte, precisamente, como aniquilación de lo viejo, que faculta y precede al renacimiento de lo nuevo. Se podría decir que Plutón encarna a la mítica figura del Ave Fénix que resurge de sus cenizas, dándonos la oportunidad de renovarnos. Porque este planeta, no sólo nos obliga a separarnos de los elementos que ya no nos sirven, sino que también nos da las pautas necesarias –si sabemos escucharlas- para seguir nuestro propio camino y encarar nuestro destino; ése que hemos vivido a desarrollar en la actual reencarnación. Con gusto o con disgusto, si no estamos viviendo como deberíamos, según las pautas de nuestro Yo Superior, Plutón nos obligará a efectuar cambios. Y no hay otra opción. Querámoslo o no, hemos de cambiar. No hay alternativa. Plutón es un planeta “lento”, que transitará durante 18 años por Capricornio. Por lo tanto sus efectos se harán sentir en toda una generación.

Uno de los aspectos que más se resentirán por la formación de esta Cruz Cósmica, son las instituciones. No en vano, Capricornio es el signo de las estructuras. En nuestro cuerpo representa al esqueleto, aquello que nos sostiene. A nivel social afecta a la política y a las religiones, que se verán fuertemente vapuleadas, como ya estamos comprobando a diario. De hecho esta crisis económica y social que está presente en todos los países, responde a una necesidad imperiosa de cambios porque las estructuras en las que actualmente se sustenta la política, la economía y la sociedad, ya no se sostienen. Hemos estado viviendo en una sociedad competitiva y de explotación, tanto de los recursos naturales como de unos individuos hacia otros. Pero esa forma de vivir tiene los días contados. En un futuro no muy lejano, la sociedad pasará a ser cooperativa, y valores como la fraternidad y la igualdad se implantarán en nuestro planeta. Puede que muchas personas no lo crean, viendo cómo todavía muchos hombres siguen explotando a otros y dilapidando los recursos naturales. Sin embargo, así será porque un nuevo orden cósmico, que ya se ha iniciado, nos obligará a ello a través del aprendizaje de la conciencia.

Muchas instituciones, que ya están en crisis por su forma de abusar del Poder y servirse de los ciudadanos -en lugar de servirlos- caerán. En la parte de arriba del Zodíaco está Capricornio representando al Poder político, pero la influencia de Plutón en este signo propiciará que las instituciones públicas se desmoronen, como ya está ocurriendo en estos momentos en los que atraviesan por graves problemas económicos, que tratan de ocultar. Esta influencia planetaria, hará que toda la corrupción de los políticos y la malversación de las propias instituciones salga a la luz. No hay más que ver los telediarios para comprobar que toda la podredumbre, todas las prácticas corruptas que durante mucho tiempo han permanecido ocultas, están saliendo a flote y son noticia permamente en los medios de comunicación. Y esto no ha hecho más que empezar. El pueblo, representado por el signo de Cáncer, situado en la parte baja de la rueda zodiacal, justo en el otro extremo de Capricornio, se dará cuenta, por mucho que quiera mirar para otro lado, de que el Poder político, sea del signo que sea, le engaña y se aprovecha de él. Lo mismo ocurrirá con las religiones. Ya hemos tenido una muestra en la religión católica, con la salida a la luz de los abusos a menores. Y así seguirá siendo para cualquier estructura de Poder. Desde la familia hasta las ONGs, tendrán que pasar por el filtro de Plutón. Y es que este planeta no permite que nada de la vieja energía y corrupto, permanezca oculto.

Plutón es para los romanos Plutón, y Hades para los griegos, el dios de los infiernos. La mitología nos relata que una pitonisa le contó al dios Saturno que uno de sus hijos lo derrocaría y lo destronaría. Alertado por ella, conforme los hijos iban naciendo, Plutón y Neptuno, fueron arrebatados a su madre, la diosa Rhea, y Saturno los devoraba. Con el tiempo, nació otro hijo, Júpiter o Zeus, al que su madre escondió y lo mandó criar. Cuando Saturno se lo pide para tragárselo, ella le da una piedra que éste traga, engañado. Al crecer Júpiter, se enfrenta a su padre, lo derrota y le obliga a vomitar a sus hermanos. Neptuno y Plutón vuelven a la vida y entre los tres se dividen el reino de Saturno. Júpiter se hace cargo del cielo y la tierra. Neptuno se queda con las aguas y los mares, y Plutón con el reino subterráneo, como dueño y señor de los infiernos.

Y ahí es a donde nos está llevando Plutón, a nuestros propios infiernos personales, y al de nuestras corruptas instituciones políticas, económicas y sociales, que son sólo un reflejo externo de lo que acontece en nuestro mundo interior. Yo les diría: ¡Bienvenidos al infierno!... Toménselo con calma y acepten de buena gana lo que les traiga este viaje a las profundidades del alma. Porque sólo pasando por estos infiernos y purificándonos en sus fuegos, podremos llegar a alcanzar el cielo.

(Agosto del 2010)


 

Cambiar la visión

“Ya no intento cambiar las cosas exteriores. Son, sencillamente, un reflejo. Cambio mi percepción interior y la exterior revela la belleza tanto tiempo oculta por mi propia actitud. Concentro mi visión interior y descubro que mi visión exterior se transforma. Me encuentro sintonizado con la grandeza de la vida y en unión con el orden perfecto del universo”.
La frase no es mía. Desconozco quién es su autor. Me la he encontrado en un libro sobre Runas; un oráculo muy antiguo utilizado por los vikingos y otros pueblos de origen escandinavo. La he traído a este comentario porque entronca perfectamente con el tema que voy a tratar, el de la visión como nuestra manera particular de ver, entender y, sobre todo, crear el mundo que nos rodea. Como dice esta frase, las cosas que vivo en el exterior son un reflejo de mi interior. Por tanto, para cambiar ese mundo externo que tanto me molesta, lo que debo hacer es modificar mi mirada.

Decía el brujo yaqui Don Juan, conocido gracias a los libros escritos por su aprendiz, Carlos Castaneda, que el mundo es tal cual lo ve cada uno y que al cambiar nuestra forma de mirarlo, el mundo cambia sin remedio. Esto lo puede comprobar y hacer cualquier persona en su vida cotidiana. No hace falta ser “especial”, realizar ningún curso sobre chamanismo o aprender trucos de magia. Cualquier ser humano que decida arriesgarse a ver cómo el mundo que conoce, el de sus ideas, el de sus sentimientos y emociones, se viene abajo y en su lugar “aparece” otro nuevo, sólo tiene que cambiar su propia mirada para conseguirlo. Sí, ya sé que cambiar nuestra forma de mirar no es tarea fácil. A veces necesitamos un “empujoncito” para obligarnos a ello, y ese “empujoncito” puede venir de motu propio o, en caso contrario, ya se encarga la vida de propiciarnos experiencias –la mayoría de las veces desagradables- para que cambiemos nuestra visión sobre nosotros mismos, los demás, y el mundo que nos rodea.

En mi caso particular, el “empujoncito” me lo propició el Camino de Santiago, hace ahora diez años. Cuando volví después de andar durante un mes por la mágica e iniciática Ruta de las Estrellas, ya no era la misma persona que se marchó: mi visión había cambiado. Tuve mucha suerte, la vida fue generosa conmigo. Otras personas necesitan sucesos más traumáticos para cambiar su visión. Tales como graves enfermedades, o pérdidas que dejan un gran vacío en su existencia. Y éstas pueden ir desde el fallecimiento de seres muy queridos, hasta pérdidas de trabajos, de fortunas, de autoestima o adicciones que se apoderan de ellos hasta reducirlos a la nada. Y no es que exista ningún dios colérico y malvado que nos castigue con todas estas calamidades y desgracias. No, somos nosotros mismos los que hemos ido causando estos efectos con nuestra forma de actuar. Eso sí. siempre bajo la tutela de nuestro Yo Superior, que sabe lo que nos conviene, aunque a nuestra personalidad terrenal le parezca una faena.

Una buena forma de cambiar esa percepción del mundo que nos rodea, es a través de los viajes. Creo que ya he comentado alguna vez en estas mismas páginas que, según dice un amigo cabalista, la oportunidad de realizar algún viaje –en mi caso fue una peregrinación- siempre responde a una imperiosa necesidad de realizar cambios internos. Pero como no somos capaces de hacerlos desde nuestra vida cotidiana, realizamos un viaje externo para cambiar nuestra mirada. Esto supone que volvemos transformados y, al hacerlo, transformamos también el mundo en que vivimos. El nuestro y el de las personas que nos rodean. Porque, no nos engañemos, la transformación que queremos hacer en el mundo, sólo puede llevarse a cabo desde nuestro propio cambio interior. No olvidemos que la frase que he elegido –o, más bien, ella me ha elegido a mí- para encabezar este artículo, comienza diciendo: “Ya no intento cambiar las cosas exteriores. Son, sencillamente, un reflejo”. Y así es, son un reflejo… como lo que se ve en un espejo. A nadie que se esté mirando en un espejo, se le ocurriría cambiar su rostro modificando la imagen reflejada. La única manera de cambiar lo que se ve, sería  alterando el objeto que se refleja.

Decía el escritor Marcel Proust que “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener ojos nuevos”. Esta frase reafirma lo que vengo comentando y nos lleva nuevamente al punto de partida: que la visión que tenemos de las cosas lo es todo. Que el mundo no es de tal o cual manera, sino como nosotros lo vemos y que, por tanto, hay tantos mundos como personas, pues cada una tiene su particular punto de vista. Esta reflexión nos lleva también a pensar que, cuando los puntos de vista de muchas personas se alinean para ver el mundo bajo una determinada mirada, ésa es la que predomina y la que proyectamos más allá de nuestro entorno.

Es obvio que en estos momentos que vivimos, se están viniendo abajo conceptos, ideas, formas de actuar, ideologías, valores y estructuras que hasta ahora sustentaban nuestro mundo. Son muchos los factores que influyen para que esto sea así, y no todos dependen de nosotros. Pero es evidente que cada vez somos más los que estamos transmutando nuestra forma de vernos a nosotros mismos, a los demás y el mundo que vivimos. Somos muchos los que hemos empezado a cambiar nuestra visión. Lo que antes nos resultaba tan importante, económica, profesional, o socialmente hablando, ahora nos trae sin cuidado. Por el contrario, valoramos más otras cuestiones que nos ofrecen paz interior y alegría de vivir, que antes teníamos en un plano secundario. Todo este movimiento interno que se está desarrollando, sin que aparezca en los titulares de los periódicos, está provocado el surgimiento de un incipiente mundo nuevo, que aún habrá que desarrollar. Pero de momento, ahí está. Y se debe, ni más ni menos, que a nuestro cambio de visión. Durante muchos años se nos ha dicho que formábamos parte del mundo. Pero ahora sabemos que no es así: “no estás en el mundo; el mundo está en ti”. Es al revés, se está invirtiendo nuestra visión y nos acercamos a la comprensión de nuestra esencia y la de todas las cosas.

El mes pasado hablábamos de una alineación de planetas, que los expertos en astrología han denominado “cruz cósmica” o “T cósmica”. Da igual cómo la llamemos, lo cierto es que ya ha empezado a formarse y va causando estragos en nuestro interior y nuestro mundo externo. Nos está obligando a cambiar la mirada y a que digamos adiós a todo lo caduco que ya no se sostiene en nuestras vidas… Lo podemos hacer por las buenas, con conocimiento de causa, o nos podemos despertar un día comprobando que todos los cimientos que sustentaban nuestra existencia, se han venido abajo. En uno u otro caso, no merece la pena apuntalar lo que se hunde. Nuestras energías estarán mejor empleadas si las dedicamos a construir un nuevo mundo, más acorde con nuestra nueva visión.

(Julio del 2010)


 

Hay un Camino en ti

A mi hija Violeta

Hay un camino en ti. Sí, ya sé que parece el slogan de un anuncio publicitario. De hecho creo que existe realmente, y que lo he leído en algún lugar. Quizás relacionado con el Año Santo Compostelano que se celebra este año. Pero no es a ese al que me refiero, aunque la Ruta de las Estrellas sea un recorrido en miniatura, una metáfora, de ese otro Gran Camino. Al que me refiero es al Camino de la Vida. Al que nos transita, al que está instalado en cada célula de nuestro cuerpo físico, en nuestros cuerpos sutiles, en la memoria de lo que realmente somos, en el ADN. De ese Gran Camino de la Vida, que todos hemos de recorrer, es del que quiero hablar.

Aunque muchas personas aún no quieran reconocerlo, nuestro mundo, nuestro Planeta, no es un ente aislado. La Tierra es un organismo vivo que forma parte de un Universo que se encuentra en proceso de cambio permanente y que, según se acerca la fecha del solsticio de invierno del 2012, está experimentando profundas transformaciones de las que nos resulta imposible sustraernos. En el antiguo libro de filosofía hermética “El Kybalión”, atribuído a Hermes Trismegisto, se habla de los Siete Principios  que rigen nuestro mundo. Uno de ellos enuncia: “Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba”, estableciendo así una correspondencia entre el Gran Cosmos y ese micro-cosmos que somos nosotros, los seres humanos. Por tanto, todo lo que ocurre en el Universo exterior afecta a nuestra existencia cotidiana y, en justa correspondencia, todo lo que vivimos en nuestro interior, afecta también al Universo.

Ahora nos encontramos viviendo tiempos convulsos a nivel planetario y, también, en nuestro mundo interno. No podría ser de otra manera, pues una cosa está relacionada con la otra. En este contexto hay que enmarcar las distintas crisis que se están desarrollando en todo el mundo, y que afectan a la economía, a las creencias, al clima, a la sociedad, a los sistemas políticos, ideológicos y religiosos y, en definitiva, a todo lo caduco que hace tambalearse nuestra escala de valores, poniendo a prueba la capacidad que tenemos para asumir unos cambios que, inevitablemente, se avecinan.

Este mes de junio es, desde el punto de vista astrológico, muy importante y de gran trascendencia. Según afirman los entendidos, se formará en el cielo una gran Cruz Cósmica en la que se enfrentarán Saturno-Marte, Plutón-Nodo Norte, Júpiter-Urano y Nodo Sur lunar. A todo este trasiego planetario hay que añadirle el solsticio de verano, que tendrá lugar el día 21, y un eclipse parcial de la luna llena del 26 de junio. En medio de estos eventos cósmicos, se celebra la mágica noche de San Juan, en la madrugada del día 24; una antigua festividad de origen pagano, impregnada de rituales que giran en torno al elemento Fuego y su capacidad purificadora. Y es que de eso se trata. Se podría decir que el Cosmos nos ofrece una oportunidad para “pasar por el Fuego” purificador todo lo que queramos eliminar de nuestras vidas.

Es posible que muchas personas ya hayan empezado a notar en sí mismas cómo los pilares que mantenían en pie su existencia cotidiana, amenazan con venirse abajo, sacudiendo los cimientos de lo que ha configurado su existencia. Es bastante fácil que, a nivel interno, esté surgiendo para muchos una necesidad imperiosa de revisar sus vidas, sus relaciones y, en definitiva, todos esos esquemas que les han servido más o menos hasta ahora, pero que en estos momentos se han quedado obsoletos, y ya no son capaces de satisfacer sus necesidades más íntimas como personas. Si es ése el caso, podemos considerarnos afortunados, puesto que el cosmos pone a nuestra disposición una sobredosis de energía lumínica, para que seamos capaces de encontrar en nuestro interior lo mejor de nosotros mismos y, en consecuencia, podamos proyectar esa luz hacia todo lo que nos rodea.

Eso sí, antes de poder vivir esa luminosidad interna, no tenemos más remedio que enfrentar la sombra de nuestra propia oscuridad, y hacer una limpieza general de las tuberías del alma. Tenemos que abrir la caja de los truenos, nuestra particular Caja de Pandora, y empezar a eliminar todo lo que ya no sirve a nuestra nueva forma de vida. Como no podría ser de otra manera, esta limpieza incluye a todos nuestros cuerpos: físico, emocional y mental. Sin embargo. aunque muchas personas saben ya todo esto y sienten internamente la necesidad de cambiar unas vidas que no les satisfacen, no saben cómo hacerlo.
Para empezar, yo les recordaría que cada uno somos dueños de nuestro propio destino, y que si nuestra existencia no nos satisface, no tenemos por qué resignarnos como si no fuera posible cambiar. En estos momentos no sólo es posible, sino necesario y está en nuestros propios pies la capacidad de dar los pasos que nos conduzcan a una vida más acorde con nuestras aspiraciones internas. Es posible que para ello tengamos que dejar atrás muchas cosas, pero si no nos desprendemos de lo viejo, no podemos dejar sitio para que lo nuevo entre en nuestras vidas y en nuestras almas.

Rumí, el poeta místico sufí, dijo: “Salta y aparecerá la red”. Lo que nos propone es un salto de fe, de confianza en nosotros mismos y en el Universo que nos sustenta. Un salto similar al que se ve obligado a dar el personaje de Indiana Jones, en su búsqueda del Santo Grial, que no es otra cosa que nuestra divinidad interna. Cuando damos ese salto, nos impulsamos con el poder de nuestras decisiones, y movemos ficha en el Juego de la Vida, el Universo nos responde facilitando que nuestra existencia discurra hacia la meta que hemos elegido.

Eso sí, cada uno ha de buscar su propio Camino en el que poner sus pies e iniciar la marcha. A veces hay que recorrer el exterior para encontrarlo dentro, pues ese sendero siempre está en nuestro interior y ahí es donde realmente se producen las transformaciones. Por eso decía al principio de este artículo que “hay un Camino en ti”. No está fuera, está dentro y, por tanto, es personal e intransferible. Si uno recorre ese Camino no podrá equivocarse, porque es el suyo. No hay dos personas iguales, y no hay dos Caminos iguales. No existen atajos, ni se llega a él a través de imnumerables y costosos cursos esotéricos, que te prometen la gloria sin esfuerzo. No existen palabras mágicas para encontrarlo. Ningún abracadabra nos va a facilitar el acceso al cielo ni nos va a llevar a las puertas del paraíso. Entre otras cosas, porque ya estamos ahí, porque ya somos lo que buscamos. Porque nosotros somos el Camino… y también la Meta.

(Junio del 2010)


 

Señales

Los indios hacían señales de humo para comunicarse en la distancia, y la vida nos está enviando, continuamente, todo tipo de señales para guiarnos en nuestro particular sendero. Cuando recorres andando el mágico Camino de Santiago, son las flechas amarillas y los azulejos azules con la estrella, los que nos van guiando para que no nos perdamos. También en nuestra existencia cotidiana aparecen mil y una señales para conducirnos por ese otro gran camino que es la Vida.
A pesar de que esas señales siempre están ahí, con frecuencia estamos tan enfrascados, caminando alrededor de nuestro ombligo, que no somos capaces de ver ni de encontrar esas indicaciones que nos hablan directamente sobre nuestra existencia y las encrucijadas que se nos presentan, indicándonos cual es el camino que debemos seguir, si no queremos equivocarnos. A veces, esas señales son auténticos luminosos de neón que parpadean delante de nuestras narices, sin que seamos capaces de abrirnos a su sabiduría y a su guía, que no es otra que nuestra propia Guía interna.

Tristán Llop, un sabio y buen amigo, acaba de publicar un libro insólito en el panorama literario, sobre cómo percibir y analizar estas señales. El libro se llama: “El lenguaje simbólico de las anécdotas. La letra pequeña de la vida”, y es todo un manual para interpretar las señales que nos guían en nuestra existencia. Normalmente, estas señales son cosas que pueden parecer nimias, y que están relacionadas con nuestra vida cotidiana; la batería del coche que se agota, los electrodomésticos que se estropean, un accidente de tráfico al saltarse un stop… Anécdotas que tienen un significado especial en nuestras circunstancias vitales personales, si es que sabemos interpretarlas. Decía ese gran avatar que fue Jesús, que hasta el último cabello de nuestras cabezas está contado. Lo que puede interpretarse como que nada sucede al azar y cualquier experiencia que vivamos, no sólo esconde una enseñanza para nosotros, sino que también forma parte de la letra pequeña del Gran libro de la Vida. Lo cual no quiere decir que nuestra existencia esté ya decidida y no podamos cambiar nuestras circunstancias. Si así fuera, ¿qué sentido tendría el juego de la vida?

Tal y como se expone en este libro, dejar de pensar que lo que nos sucede es fruto de la casualidad, de la fatalidad, del azar, de la suerte –buena o mala- o de lo que hagan, digan o piensen los demás, es dar un gran salto en nuestra evolución personal. El salto monumental que supone responsabilizarnos de nuestras propias vidas, en lugar de culpar a otros de todas las desgracias que nos ocurren, y asumir que ese guión que estamos viviendo en nuestra existencia, lo hemos escrito nosotros mismos para que nos muestre las dificultades del camino y los escollos que tenemos que superar. Eso sí, con la inestimable colaboración de los demás. Como ya hemos señalado alguna vez desde estas mismas páginas, para la representación teatral que escenificamos en nuestra existencia cotidiana, necesitamos otros actores. Si no contásemos con la “ayuda” de los otros, nuestra vida sería un aburrido monólogo en lugar de una apasionante película en la que, aunque nosotros somos los protagonistas, también deben aparecer otros personajes principales, secundarios o simples figurantes. Papeles, todos ellos, que nosotros también representamos en la vida de los demás.

Pero volvamos al tema de las señales. A veces, para  poder percibir estas anécdotas que nos guían y saber lo que nos quieren decir, hay que superar algunos obstáculos. Tristán Llop alude en su libro a varios de ellos, resaltando como el más importante, la capacidad que todos tenemos para justificarnos. Nuestra mente es realmente astuta y, una de sus funciones, es  la de proporcionarnos argumentos para justificar nuestros pensamientos, emociones y acciones, ofreciéndonos siempre la certeza de que, actuamos como actuamos, porque así es como ha de ser y, además, porque tenemos razón. Lo de tener razón es algo que nos encanta a todos y hay quien se dejaría matar antes que dar su brazo a torcer, amparándose en esa supuesta razón que le asiste.
Lo que pasa es que no existe una sola razón. Cada uno tenemos nuestras razones, que son distintas, y todas pueden ser verdaderas o, al menos, dignas de ser tenidas en cuenta; aunque no las compartamos. Como señala el libro al que he aludido, siempre se pueden producir posturas irreconciliables y, en esos casos, el remedio que se aplica se llama respeto, frente al punto de vista y los argumentos del otro. Aunque ese respeto no tiene por qué llevarnos a someternos a la voluntad de la otra persona, renunciando a lo que nosotros consideramos apropiado, ni forzarnos a hacer algo que en el fondo de nuestra alma no queremos. Si así lo hiciéramos, sólo por complacer o quedar bien con los demás, nuestra acción terminaría volviéndose contra nosotros y tendríamos que enfrentarnos nuevamente a anécdotas similares, hasta que aprendamos a cumplir la voluntad de nuestra alma.

De la misma manera que a veces tenemos sueños recurrentes, hay circunstancias de nuestra vida que se repiten una y otra vez. Puede que cambien los actores del drama pero, si observamos con atención, veremos que el guión sigue siendo el mismo. Ese guión, insisto, que nosotros mismos escribimos, otorgándoles diversos papeles a nuestros semejantes. La forma en que la vida nos habla es a través de distintas señales, que nos indican que estamos metidos en un círculo vicioso, del que sólo podremos salir cambiando nuestra actitud. Porque, está claro, que si siempre recorremos el mismo camino, éste nos va a llevar al mismo lugar. Y para ir a un sitio distinto tenemos que aventurarnos por nuevos senderos vitales, que no estén caducos. Lo que supone una profunda revisión de nuestras actitudes y formas de actuar. Sí, ya sé que siempre es más fácil echar la culpa a los demás de lo que nos ocurre pero, insisto, ese es el camino que hemos recorrido hasta la saciedad, y que nos lleva a dar vueltas, sin avanzar, como hacen los burros en la noria.
No quiero dejar de mencionar cómo las distintas enfermedades actúan como señales luminosas en nuestras vidas, para indicarnos claramente qué es lo que anda mal con nosotros mismos. Sí, la enfermedad no nos toca por azar o por mala suerte, la enfermedad es el mensaje del alma que nos está gritando de forma alarmante nuestra necesidad imperiosa de cambiar. Cada órgano del cuerpo tiene una simbología que nos habla sobre qué aspecto de nuestra existencia está enfermo. En un capítulo de “El lenguaje simbólico de las anécdotas”, se habla de la salud y sus simbolismos.

También hay otro libro, de cabecera para mí, titulado “La enfermedad como camino” que puede arrojar luz a ese aspecto de nuestra sombra que emerge a través de la enfermedad. Me vais a permitir que termine con una frase que figura en este libro, de Hazrat Inayat Khan, cuyas palabras nos guían en ese camino que todos transitamos, y que discurre desde la dualidad a la Unidad.
Es la siguiente: “Conocí el bien y el mal, pecado y virtud, justicia e infamia. Juzgué y fui juzgado, pasé por el nacimiento y por la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno. Y al fin reconocí que yo estoy en todo, y todo está en mí”.

Para descargarse el libro “La letra pequeña de la vida”: http://nuevavibracion.blogspot.com

(Marzo del 2010)


Más Luz

Acabamos de pasar el Solsticio de Invierno, el momento en el que la Tierra está más inclinada respecto al Sol y, por tanto, recibe menos Luz. Este acontecimiento planetario, que se presenta cada doce meses, nos marca el día más corto del año y, en consecuencia, la noche más larga. Resulta importante resaltar la dualidad que se produce al convivir en la misma jornada los momentos de menos luz solar con los de mayor oscuridad. Sin embargo, es a partir de esta fecha, el 21 de diciembre, cuando la Luz irá ganando terreno a la oscuridad en nuestro planeta, día a día, hasta alcanzar su punto álgido en junio, cuando se produzca el Solsticio de Verano.
Estamos pues, como en otras ocasiones, ante una fiesta de tradición pagana, el Solsticio de Invierno, que la Iglesia católica cristianizó, ubicando en estas fechas un acontecimiento tan importante y trascendente para la humanidad como el nacimiento de Jesucristo, avatar al que en numerosas ocasiones se le ha llamado: “Luz del Mundo”. No es extraño, por tanto, que la Iglesia eligiera el 24 de diciembre para fijar la Nochebuena y que el 25 se celebre el día de la Natividad, coincidiendo con los momentos en que el Sol empieza a aportar más Luz sobre la Tierra.

Los romanos adoraban a un dios en estas fechas, Jano bifronte, llamado así porque tenía dos caras, que miraban en sentidos opuestos; una hacia el Este, y otra hacia el Oeste. Jano era considerado también como el dios de los comienzos, por eso le dedicaban el mes de Enero, que es cuando empieza el nuevo año. De hecho, la denominación de Enero es una derivación de Ianuarius, nombre de este dios en latín. Jano era considerado también como el protector de las puertas planetarias que marcan los Solsticios, el de Invierno y el de Verano.
Por este motivo, tampoco nos debe extrañar que la Iglesia Católica haya convertido al bifronte Jano romano en dos juanes, y celebre el 27 diciembre la festividad de San Juan Evangelista, día cercano al Solsticio de Invierno, y la de San Juan Bautista, el 24 de junio; una fecha que coincide con el Solsticio de Verano. Hay que señalar que los romanos también dedicaban el mes de diciembre a las fiestas de Saturnalia, que como su nombre indica, se celebraban parar festejar al dios Saturno. Este era un periodo de amor y solidaridad –como pretenden ser nuestras navidades- en el que se invertía por unos días el orden social y los amos servían a los esclavos. Curiosamente, el signo zodiacal de Capricornio, que empieza el 21 de diciembre, día del Solsticio de Invierno, está regido precisamente por el planeta de los anillos: Saturno.
Iniciamos, pues, un periodo de acontecimientos planetarios, que tienen una indudable repercusión en nuestra psique interna. Por una parte, se termina el ciclo de doce meses en el que dividimos nuestro tiempo, según el calendario Gregoriano y empezamos un año nuevo, que es tanto como decir que nos asiste nueva energía. El año que comenzamos, además, es el 2010, un periodo marcado por el número diez que en el Tarot se corresponde con el arcano de La Rueda de la Fortuna. Este arcano representa, entre otras cosas, los ciclos vitales, los movimientos perpetuos, los giros y los cambios. Cambios que pueden ser para bien o para mal. Eso depende de nosotros.

Lo que está claro, de momento, es que iniciamos ahora un periodo en el que la Luz Crística desciende a la Tierra, un año más, para iluminar nuestra vida. Si aprovechamos esta energía luminosa, al margen de las creencias que tengamos, de la religión que profesemos, o aunque no creamos en ningún Dios, podemos beneficiarnos de esta Luz para iluminar nuestras partes oscuras y para ver, dentro y fuera de nosotros mismos, con mayor claridad. Ni que decir tiene que este Solsticio que acabamos de vivir nos acerca al de 2012, previsto en el calendario Maya como el final de los tiempos que conocemos, y el momento del gran cambio para la humanidad. Un cambio que ya ha empezado y que nos conducirá a donde nosotros queramos ir, según la siembra que hagamos ahora. Porque está visto y comprobado, a nivel vital, que cosechamos lo que sembramos y que si nuestras semillas son de miedo, carencias, enfermedad, odio e inestabilidad, eso es precisamente lo que recogeremos.
Cualquier cosa que se materializa en nuestras vidas, primero ha sido una idea que hemos albergado en nuestros pensamientos. Ya se trate de algo positivo o negativo. Es cierto que a menudo nos inundan pensamientos que no son nuestros, sino que pertenecen a los demás, y nos dejamos influenciar por ellos con demasiado frecuencia. Y no sólo nos dejamos influenciar, sino que los alimentamos con nuestras propias emociones. Este es un buen momento de Luz para rodearnos con ella y blindarnos a todas esas influencias nefastas que nos bombardean cada día. Ya procedan de nuestro entorno más cercano, de los medios de comunicación tradicionales, de Internet, o de nuestras propias experiencias que nos han marcado negativamente en el pasado.

Entramos en un año en el que se van a mover muchas cosas, con influencias planetarias muy poderosas, que van a propiciar cambios importantes en nuestras vidas. Todos los años nos ofrecen miles de oportunidades para evolucionar como seres humanos. No hay más que echar la vista atrás y realizar un pequeño balance de los últimos doce meses, para recordar la cantidad de cosas que nos han pasado. Algunas de ellas, vividas sólo hace un año, nos parecen tan lejanas en el tiempo como si hubieran pasado años luz desde que las experimentamos.
Y ese es precisamente otro de los aspectos más impresionantes que estamos viviendo en estos momentos: la aceleración del tiempo. Un concepto abstracto que siempre hemos considerado con carácter lineal, desarrollándose desde el pasado, hasta el presente, para llegar al futuro. Así es como seguimos viviendo el Tiempo en este planeta, a pesar de que la Física cuántica ya nos habla de que distintos sucesos pueden estar desarrollándose a la vez. Pero no nos vayamos por las ramas porque eso aún no toca. Lo que ahora nos toca es albergar en nuestro interior esa Luz Crística que ha nacido nuevamente en la Tierra y buscarle acomodo en nuestro modesto pesebre interno.

Y también recibir los regalos que, simbólicamente, nos traerán los tres Magos de Oriente; tres fuerzas que, según el autor Kabaleb, existen en nosotros, y tienen la capacidad de transformar nuestras vidas, depositando en nuestras esencias internas Oro, Incienso y Mirra. El Oro como valor inalterable, y atributo de la Voluntad que nos mueve a transformarnos y que nos recuerda que somos reyes. El Incienso, que representa la Sabiduría divina que poseemos para llevar a cabo esa transformación, y nos recuerda que somos dioses. Y la Mirra, que es la tierra en la que materializamos y llevamos a cabo nuestra obra, y que nos recuerda que somos humanos.

(Enero del 2010)


 

El Fin de los Tiempos

El año 2012 forma ya parte del lenguaje colectivo de la humanidad. La fecha fijada por el calendario Maya como el fin de los tiempos, que hasta hace poco sólo era conocida por un escaso número de personas, ha saltado ya la barrera de lo privado para situarse en el punto de mira de todos los que habitamos el planeta. Hace unos días se estrenó en el cine una película titulada precisamente así, 2012, y aunque se trate de un producto efectista y poco riguroso, que se puede enmarcar en el cine de aventuras, lo cierto es que cumple la función de hacer que muchas personas empiecen a tener en su mente el anuncio de que algo pasará en el solsticio de invierno de ese año.
De aquí a entonces, estoy segura de que se hablará mucho de esa fecha. Y también estoy convencida de que no todo lo que se diga será bienintencionado y que en muchos casos se querrá ofrecer una imagen catastrofista o, incluso, sacar un rendimiento comercial del supuesto fin de los tiempos. Sin ir más lejos, hace poco vi un anuncio en una zapatería, en la que promocionaban unas deportivas, con un gran cartel en el escaparate en el que figuraba arriba el año 2012, y abajo decía algo así como: “Para escapar del fin del mundo”. Vamos, que te pones esas zapatillas, echas a correr, y el fin del mundo no te alcanza… Pero no va a resultar tan fácil.

En esta película de 2012 –al margen de los protagonistas, claro- los  predestinados a escapar de la catástrofe apocalíptica, son los gobiernos y las familias muy ricas, que han pagado cantidades desorbitadas de dinero para asegurarse un lugar en las “arcas”, que el Poder ha construído, y que pone a su disposición para escapar de la muerte segura que asola a la humanidad. Una destrucción que se produce por los desastres ecológicos que sufre nuestro planeta cuando, entre otros grandes movimientos, realiza una inversión de los polos terrestres.
¿Sabemos qué nos espera realmente en el solsticio de invierno del año 2012? La respuesta es No. En realidad nadie lo sabe con certeza, aunque sí es cierto que se están produciendo muchos cambios en el Sol y en la Tierra, que habría que tener en cuenta. A estas alturas nadie puede negar que estamos viviendo un cambio climático, cuyas consecuencias no son muy alentadoras para el futuro de la humanidad.

Los científicos también nos están advirtiendo del deshielo de los Polos, y en el momento en que escribo este artículo, los medios de comunicación tradicionales, ya nos informan de que una flota de icebergs, desprendidos de la Antártida, se aproximan a las costas de Nueva Zelanda. Tampoco hay que buscar mucho para encontrar en cualquier telediario, imágenes de las llamadas manchas solares, que nos muestran una gran cantidad de plasma caliente estallando en nuestro astro.
Todos estos fenómenos planetarios, que ya estamos viviendo, figuran entre las señales de profecías de numerosos pueblos y religiones –incluyendo el Apocalípsis católico atribuído a San Juan- que nos hablan del final del mundo, tal y como lo conocemos hoy en día. La cuestión es que, estamos tan adormecidos con la realidad cotidiana y tan metidos de lleno en ella, que la mayoría de las personas no son conscientes de los cambios que estamos viviendo y de las modificaciones que está sufriendo el planeta. Las alarmas no resuenan porque, acostumbrados a ver catástrofes en los informativos de televisión, contemplamos estas señales totalmente insensibilizados y como algo que puede ocurrir a los demás, pero que nunca acontecerá en nuestro mundo consumista, de tarjetas de crédito, marcas comerciales y abundancia.

La cuestión es que, sea lo que sea lo que vaya a pasar, lo sabremos enseguida porque sólo faltan tres años para llegar al solsticio del 2012. De momento, sabemos lo que está pasando ahora. Aunque mucha gente quiera seguir ignorándolo. Y lo que pasa es que la Tierra, que es el ser vivo que acoge nuestro mundo, está enferma. Sí, la Tierra tiene cáncer, y ese cáncer somos nosotros, que hemos usado y abusado del planeta en aras de una forma de vivir, que ya no se sostiene. Y esta es la auténtica crisis que estamos viviendo. La otra, la económica, la que nos cuentan todos los días en las noticias, es sólo una consecuencia de la verdadera crisis planetaria que sufre la Tierra, y nosotros con ella.
¿Y qué podemos hacer ante esta situación? En primer lugar creérnosla. Ser conscientes de que estamos viviendo un momento excepcional que puede representar, no el fin del mundo, sino el final de unos tiempos nefastos y llenos de oscuridad, que nos van a llevar al nacimiento de una nueva Era más luminosa para la humanidad. Y no se trata, como nos cuentan en la película 2012, de tener mucho dinero para poder comprar nuestra salvación en ningún arca que nos pueda proteger de cataclismos planetarios. Ni corriendo con las zapatillas que nos anuncian vamos a poder escapar de lo que nos toca vivir. Más bien cada cual debe empezar a construirse su propio arca-refugio interno, no dejándose llevar por la propaganda catastrofista que se nos viene encima.
Porque, no tengan ninguna duda, conforme se acerque el 21 de diciembre de 2012 nos vamos a encontrar con dos caminos, aparentemente contradictorios, pero que responden a una misma estrategia. O nos van a hacer ver que no pasa nada, o nos van a meter el miedo en el cuerpo para que, en definitiva, nos sintamos víctimas de una situación que no tiene remedio, y no hagamos nada. No caigamos ni en lo uno ni en lo otro. Como ya he dicho, nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que va a pasar. Pero algo me dice que, sea lo que sea, también dependerá de nosotros y de cómo cada cual afronte los cambios que, sin duda, ya estamos viviendo.

Se avecinan tiempos de falsos profetas y vamos a recibir –estamos recibiendo ya- todo un aluvión de informaciones falsas y contradictorias para confundirnos y que no podamos distinguir la verdad de la mentira. Y son tantas las mentiras que nos han contado, y sobre las que hemos construído nuestra vida, que habrá que estar muy alerta, utilizando nuestro propio discernimiento. El Poder siempre ha utilizado el miedo para paralizarnos y mantenernos en un estado de sonambulismo, que les ha resultado muy beneficioso en su interés por controlarnos.
Por eso lo peor que podemos hacer es sucumbir a ese miedo y a esa oscuridad que nos van a servir en bandeja. Y la única forma de vencer a la oscuridad es con la Luz. Con nuestra propia Luz… A hacerla más potente y más luminosa, es a lo que tenemos que dedicarnos ahora. Porque esa Luz será la que nos guie, de forma individual y colectiva, en el tránsito hacia los Nuevos Tiempos.

(Diciembre del 2009)


El Salón de los Espejos

Vivimos tiempos convulsos. Se podría decir que todo está patas arriba en nuestro mundo. Estamos sufriendo un cambio climático, a nivel planetario, cuyas consecuencias están empezando a esbozarse, pero todavía no han alcanzado su máxima potencia. El sistema económico mundial se derrumba y la sociedad está inmersa en una crisis en la que, a veces, es difícil establecer qué está bien y qué está mal, porque los valores se han pervertido por completo. La clase política está más desprestigiada que nunca y sumida en una falta de credibilidad, que también arrastra a los medios de comunicación. Nuestra preciada civilización, basada en el materialsmo y el consumismo, está haciendo aguas por todas partes. Y las distintas religiones, tampoco son capaces de dar respuesta a esta situación. Todo ello sin hablar de las guerras, el hambre y la pobreza, como unas de las mayores lacras que asolan nuestro mundo.

No es mi intención pintar un cuadro catastrofista, pero cualquier observador de la realidad sabe que todo lo que he mencionado en el párrafo anterior forma parte de nuestro mundo cotidiano, de la época en la que nos ha tocado vivir: un tiempo convulso. Ante esta realidad, cada persona adopta una postura diferente. Hay quien se siente una víctima de las circunstancias, sin pensar que tiene alguna responsabilidad. Hay quien, aún considerando responsables a otros, cree que puede cambiar esta realidad social con su lucha. Y hay quien, sencillamente, no quiere ver nada que manche su cuadro idílico, su vida “políticamente correcta”, y mira para otro lado con indiferencia.
Con todo lo dicho hasta ahora, me he referido al mundo exterior, pero nada de lo que ocurre fuera de nosotros mismos podría existir, si esa situación no se diera también en nuestro mundo interno. Como ya he señalado en otras ocasiones, el mundo que vivimos en el exterior, es sólo un reflejo de lo que llevamos dentro. Por lo que, si no nos gusta lo que vemos fuera, podemos empezar a cambiarlo modificando nuestro mundo interno. De hecho, no existe otra forma de hacerlo. Y ésta es una de las principales razones por las que han fracasado todas las revoluciones que sólo pretendían modificar las condiciones externas, sin que estos cambios estuvieran avalados por una revolución en nuestro mundo interno.

Mucho se habla en estos días del final de los tiempos y de las profecías mayas, de otros pueblos, del Apocalipsis de San Juan, o de las profecías marianas que oculta la iglesia católica, como las de Fátima, por ejemplo. Los mayas establecen que en el año 2012 nuestro planeta experimentará una serie de modificaciones en su estructura, al igual que nuestro sol, que llevarán a la humanidad a un cambio de consciencia y, con él, se producirá el amanecer de una nueva era luminosa. Esta nueva era, que estaría precedida por cambios climáticos y catástrofes naturales, nada tendría que ver con los oscuros tiempos que estamos viviendo. Pero hasta llegar a ese hipotético despertar de la humanidad, los acontecimientos globales, es decir nuestro exterior, y nuestro acontecer interno, tendrían que vivir necesariamente estos tiempos convulsos que ya estamos atravesando.
La primera de las siete profecías mayas, que nos hablan del final de los tiempos que vivimos, dice que la humanidad deberá entrar en el Gran Salón de los Espejos, donde el hombre tendrá que enfrentarse a sí mismo y a sus creaciones. Según los mayas, la humanidad entró en ese metafórico recinto en el año 1999. Y desde ese momento nos encontramos en el Gran Salón de los Espejos viendo cómo nuestro mundo interno se refleja en el exterior; enfrentándonos a nosotros mismos, y al mundo que hemos creado. No es extraño, por tanto, que con el cambio de milenio se hayan puesto a nuestro alcance multitud de libros, filosofías, cursos, talleres, disciplinas y terapias, que nos han llevado a conocernos mejor y a sanar nuestras múltiples heridas internas, al tiempo que tomábamos conciencia de nuestra responsabilidad con el planeta y todos los seres vivos que habitan en él.

Ciertamente, toda esta actividad de volver la mirada hacia adentro, ha conseguido poner luz en nuestro interior, y esta luminosidad ha tenido su reflejo en el mundo externo. Pero como vivimos en el mundo de la dualidad, una mayor luz ha traído también consigo un incremento de la oscuridad. ¡Así es el mundo en que vivimos, y mientras no trascendamos esa dualidad, y “hagamos del dos uno”, así continuará! Por eso no hay que asombrase de que nuestro mundo esté en crisis y de que haya cada vez más oscuridad. Sólo es así, porque también hay más luz y cada vez son más las personas que están dispuestas a preguntarse y averiguar quiénes son realmente y qué hacen aquí en este tiempo tan convulso, de cambios rápidos y a veces tan dramáticos, que nos ha tocado vivir.

No hay que asustarse, porque todo tiene su razón de ser. También la oscuridad tiene un papel que jugar en este juego. El principal de ellos es el de servirnos como espejo para que podamos ver reflejada nuestra oscuridad interna. Pero no es éste el único papel que desempeña. La oscuridad siempre asusta porque en ella se diluyen los parámetros establecidos y ya no somos capaces de atisbar los puntos de referencia que nos servían para construir nuestro mapa del mundo. Sí, vivimos tiempos en los que la mayoría de las cosas que pensábamos o que considerábamos auténticas, hemos descubierto que son falsas, y ya no nos sirven. Pero eso tampoco es malo. Se diría que tenemos que reinventarnos y para ello debemos derribar todos los materiales caducos y carcomidos por el tiempo, con los que un día construímos nuestra fragil existencia.

La tarea que tenemos por delante, es apasionante. Y aunque a veces sintamos vértigo y miedo cuando la oscuridad nos acecha, hay que mantener la calma y alimentar y cuidar esa pequeña luz que llevamos dentro, hasta convertirla en una hermosa llama y una poderosa hoguera. La época de los maestros ya ha pasado. Tenemos toda la información que necesitamos. Hemos atravesado el Gran Salón de los Espejos y ahora, por fin, somos nuestros propios maestros y hemos recuperado nuestro poder. El uso que hagamos de ese poder, determinará nuestro paso por el final de estos tiempos, que marcarían el comienzo de una nueva y luminosa era.

(Noviembre del 2009)


La muerte como consejera

Decía el chamán yaqui don Juan, protagonista de los libros de Carlos Castaneda, que la muerte es nuestra eterna compañera y la única consejera sabia que tenemos. “Cada vez que sientas que todo te está saliendo mal, y que estás a punto de ser aniquilado –le decía el brujo a su aprendiz- vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tú muerte te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad salvo su toque. Te dirá: “todavía no te he tocado”.
Don Juan instaba a Castaneda a utilizar la muerte como consejera. Le decía que ésta se situaba a la izquierda de cada persona, a la distancia de un brazo extendido, y que si te volvías con rapidez, podías divisar su sombra. “¿Cómo puede darse uno tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando?”, se preguntaba el chamán. Ciertamente, cuando utilizamos a la muerte como consejera, nuestra vida cambia por completo y las cosas que nos parecían importantes, se relativizan y pierden ese aspecto trascendental que le otorgamos. Como decía don Juan nada importa en realidad salvo el toque de la muerte.

La muerte y la vida caminan juntas de la mano. No pueden separarse. La muerte es el apoyo fundamental de la vida. Son las dos caras de la misma moneda. Ninguna de ellas puede existir sin la otra. Desde el punto de vista humano, la muerte es la única certeza que podemos tener a lo largo de nuestra existencia. Antes o después todos vamos a morir. De hecho, estamos muriendo a cada instante. La muerte no es algo que ocurrirá en el futuro, sino que está ocurriendo ya en cada segundo de nuestra vida. Desde el momento en que inhalamos la primera bocanada de aire, al producirse nuestro nacimiento, empezamos a morir y caminamos ya sin pausa hacia eso que llamamos muerte.

Pero habría que preguntarse: ¿qué es la muerte realmente? El diccionario de María Moliner define la muerte como “cesación de la vida”. En el de la Real Academia de la Lengua Española, la definición es muy parecida: “cesación o término de la vida”; aunque añade: “En el pensamiento tradicional, separación del cuerpo y el alma”. De todas, me quedo con esta última definición porque considero que la muerte no existe y que cuando dejamos de vivir en este plano de existencia, nos trasladamos a otro distinto donde la vida y nuestra evolución continúan. Considero, además, que hemos vivido muchas vidas en este planeta, que hemos reencarnado con distintas personalidades. A veces como hombre, a veces como mujer, según haya convenido a nuestra evolución.
Considero que, cuando morimos, abandonamos la personalidad que hemos tenido aquí en la Tierra y volvemos a conectar plenamente con nuestro verdadero yo, o Yo Superior, que es el que realmente saca provecho de todas las experiencias que hemos tenido durante nuestra vida y el que, de alguna manera, ha determinado cual será nuestro destino aquí en la Tierra. Otra cosa es que la personalidad que hemos adoptado, esté dispuesta o no a trabajar según lo establecido por el Yo Superior; que no es algo o alguien ajeno a nosotros mismos, sino nuestro  Ser verdadero.

Pero volvamos a nuestra eterna compañera y consejera: la muerte. Cuando se muere un ser querido, se trastoca toda nuestra existencia y, aunque sólo sea por algún tiempo, nos hacemos conscientes de lo efímero de la vida y de la relatividad de la existencia. Lo que toca la muerte se vuelve trascendente porque nos conecta con lo más profundo de nosotros mismos y con la esencia de nuestra naturaleza. La muerte reduce a la nada a las cosas materiales porque ninguna de ellas podremos llevarlas a la otra vida. Venimos desnudos, y así nos iremos también, por muchas riquezas que hayamos acumulado a lo largo de nuestra existencia.
La imaginería popular representó a la muerte, durante la Edad Media, como un esqueleto que lleva una guadaña y, en ocasiones, con un reloj de arena en su huesuda mano, porque el tiempo es el gran aliado de la muerte. El tiempo, con su paso inexorable, nos recuerda a cada instante que la vida es corta y que hay que aprovecharla. La expresión “Carpe Diem”, nos evoca esto mismo y nos incita a aprovechar y a vivir el momento presente, para acumular esas experiencias que nos brinda la existencia, y que es lo único que nos podremos llevar cuando la muerte venga a por nosotros, nos toque en el hombro y nos diga: “ha llegado el momento”.

Muchas personas han tenido experiencias cercanas a la muerte cuando padecían alguna enfermedad. La gran mayoría de ellas han regresado de ese estado para contarnos lo que han visto y lo que han vivido mientras estaban supuestamente muertas. Los testimonios de estas personas nos ayudan a comprender mejor cómo la muerte no es algo terrible que venga a acabar con nuestras expectativas vitales, sino que es un estado distinto de nuestro Ser. Un Ser que ha venido a este mundo con un propósito definido, que cada uno tenemos que descubrir.
Dentro de unos días, tendremos oportunidad de escuchar muchos de estos testimonios en el Seminario que se llevará a cabo en el paraninfo de la Universidad de Albacete, el 30 de octubre y el 1 de noviembre, sobre “Vida después de la Vida”. Testimonios como los que escucharemos, nos acercarán aún más a comprender los ciclos por los que pasamos todos los seres humanos y quizás nos ofrezcan respuestas a las eternas preguntas que todos nos hacemos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos aquí?.

Me gustaría terminar este artículo resumiendo un cuento tradicional derviche, titulado “Muerte en Samarra”. Dice así: “Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir, que tenía un joven sirviente, Almed, a quien apreciaba mucho. Un día, mientras Almed paseaba por el mercado, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no paró hasta llegar a su casa. Una vez allí, contó a su señor Zaguir lo ocurrido y le pidió un caballo para dirigirse a Samarra, y de este modo escapar de la muerte.
Cuando Almed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y, al poco rato, encontró a la Muerte paseando por los bazares.
- ¿Por qué has asustado a mi sirviente? –preguntó a la Muerte- Tarde o temprano te lo has de llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.
- No era mi intención asustarlo –se excusó la muerte- pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra”.

(Octubre del 2009)


Ciclos vitales

El verano se termina y nos disponemos a vivir la llegada del otoño, marcada por el equinoccio que tendrá lugar el próximo día 22 de septiembre. Aunque en estos tiempos la mayoría de la gente vive muy alejada de los ciclos naturales, éstos siguen marcando nuestra existencia mucho más de lo que se quiera reconocer. La entrada del Sol en el signo de Libra nos habla de un equilibrio entre los días y las noches. Ya ha pasado el tiempo en el que la luz solar ha presidido nuestros días veraniegos, por encima de la oscuridad nocturna. Cuando llegue el solsticio de invierno, serán las tinieblas las que ocuparán la mayor parte de nuestras horas cada día, pero ahora, con la llegada del otoño, se produce un equilibrio entre el día y la noche. Un equilibrio en el exterior, que nos invita a buscar un equilibrio interno.

Entramos así en una época de reflexión, en la que hay que invertir la mirada para dirigirnos desde el exterior, hacia el interior; desde afuera, hacia adentro. Este periodo, marcado por un importante ciclo de la Naturaleza, nos indica que se ha terminado una etapa en nuestra vida, y que nos disponemos a empezar otra. Septiembre es el mes de la cosecha de muchos frutos. Se vendimia la uva, alimento crístico por excelencia, que nos remite a la sangre de Jesucristo. En la última cena, Jesús alimentó a sus discípulos con el zumo de la uva, el mosto divino que se obtiene de este fruto. No en vano, en los capiteles de las iglesias construidas por los Maestros en la Edad Media, vemos con mucha frecuencia racimos de uva que aluden a este alimento sagrado para el espíritu.
Entramos en un tiempo de cosecha en el que nos conviene reflexionar sobre lo que hemos cosechado en nuestras vidas, después de haber experimentado durante los doce meses anteriores, desde el equinoccio del año pasado. Según la Cábala, todo en esta existencia se desarrolla en cuatro tiempos, al igual que lo hace la Naturaleza con sus estaciones: Primavera, verano, otoño e invierno. La Biblia nos dice que el Dios que protegía al Pueblo Elegido se llamaba Jehová. Y basándose en las letras que forman su nombre obtenemos unas determinadas fuerzas, a través de las cuales se instituye todo lo creado. Estas letras hebreas que componen el nombre de Jehová son: Yod, He, Vav y un segundo He.

Si trasladamos esta enseñanza a la vida cotidiana, vemos que el Yod representa la semilla de cualquier cosa que emprendamos. He representa la tierra en la que ha de plantarse esa semilla para interiorizar nuestro propósito. El vav es la fuerza que hace salir al exterior cualquier cosa que hayamos sembrado y fecundado. Por último, el segundo He es el resultado fnal de este ciclo de actividad, es el fruto de lo sembrado que, como todo fruto, lleva dentro una semilla –otro Yod- para iniciar un nuevo ciclo de creaciones que nos lleve a nuevas realizaciones.
Así, como vemos, los ciclos más importantes de nuestra vida están basados en los cuatro tiempos que nos marcan las estaciones de la Naturaleza, y también en las cuatro fases de la luna que integran el mes de 28 días. La vida humana, según los estudiosos de la Cábala, se divide en estos cuatro periodos. El yod abarcaría desde el nacimiento hasta los 21 años. El He, desde ese momento hasta los 42 años. El Vav, desde los 42 a los 63 y el segundo He desde esa edad a los 84 años. A poco que reflexionemos sobre estos datos, nos daremos cuenta de que estos periodos se corresponden realmente con las cuatro fases vitales antes mencionadas, desde la semilla que supone el nacimiento hasta el fruto final obtenido.

En este tiempo del equinoccio que se acerca, entramos en una fase en la que deberíamos replantearnos nuestra existencia, comprobar si los frutos que hemos cosechado en nuestra vida en los últimos doce meses, están en consonancia con las semillas que sembramos. Si no es así, hay que analizar qué está pasando en nuestra existencia, hacia dónde vamos, y qué cosas tenemos que cambiar. A veces plantamos coles y pretendemos recoger melones, y esto es imposible. También en nuestra vida cotidiana, el fruto que obtenemos de nuestras experiencias se corresponde siempre con las semillas que plantamos. Y si ese fruto no está acorde con nuestras aspiraciones, ya sabemos lo que tenemos que hacer: cambiar las semillas.

Antes de que lleguen el frío y la oscuridad del invierno, el otoño nos da la oportunidad de obtener un equilibrio entre la luz y la oscuridad que llevamos dentro y prepararnos para recibir de acuerdo a lo sembrado. Y si esta cosecha no es de nuestro agrado, la vida, con sus ciclos naturales nos da la oportunidad de escoger mejor las semillas que queremos plantar en el futuro. Es pues, tiempo de reflexión y de esa limpieza en profundidad que se hace en casi todos los hogares, una vez al año. Cada uno tiene sus propios ciclos naturales, en función de muchas circunstancias que no vamos a reseñar aquí. Hay a quien le gusta hacer la limpieza en primavera, para iniciar su ciclo vital en esta estación o en el verano. Yo prefiero hacer la limpieza al final del estío para tener todo dispuesto y empezar un nuevo ciclo anual con la llegada del otoño; mi estación favorita porque invita a la introspección, que culmina en el invierno, antes de que se produzca la explosión de vida con una nueva primavera.

Cuando limpiamos nuestras casas, aprovechamos para deshacernos de todo lo que ya no nos sirve o hace tiempo que no usamos. Como dije al principio de este artículo, hay que invertir la mirada y hacer limpieza también en nuestro hogar interno, eliminando todas esas cosas que adornan nuestra vida y que no sirven para nada, sólo para ocupar un lugar de cara a la galería y acumular polvo. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de habilitar un espacio en nuestro corazón, donde podamos contactar con nuestro Maestro interior y tratar con él sobre el propósito de nuestra vida en la Tierra. Y para poder llegar a ese lugar sagrado, a nuestra propia esencia, hay que limpiar el camino y vaciarnos de todo lo superfluo que inunda nuestra existencia cotidiana. Y este, es un buen momento para empezar.

(Septiembre del 2009)


La llamada del Camino

A Isabel, peregrina
del Camino de Santiago

El Camino de Santiago es un camino de transformación. Cada año son miles y miles de personas, de todas partes del mundo, las que se aventuran a andar por el llamado Camino de Santiago; una ruta milenaria que discurre en nuestro país desde la localidad navarra de Roncesvalles, hasta el cabo de Fisterra, pasando por la catedral de Santiago de Compostela, donde supuestamente reposan los restos del apóstol que acompañó a Jesucristo en su andadura por la Tierra.
No voy a entrar aquí en la polémica de si está o no enterrado el apóstol Santiago en esa catedral, porque me parece algo totalmente irrelevante. Lo que está claro es que el lugar donde se emplaza el templo es uno de los puntos energéticos más importantes de la Tierra, y esto es algo que cualquiera puede detectar por sí mismo, si se adentra en esta monumental Catedral con el corazón abierto y dispuesto a escuchar el mensaje de las piedras. Como dijo el autor de “El Principito” en esta obra, y no hablaba en sentido metafórico: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Pero no vayamos tan aprisa, porque el Camino hay que hacerlo al ritmo de nuestros propios pasos y hasta llegar a Santiago, primero, y a Fisterra, después, hay muchas vivencias por delante.
En estos tiempos, y sobre todo durante el verano, es frecuente ver a muchos peregrinos, saliendo a andar todavía de noche, y haciendo kilómetros a toda prisa para llegar al albergue siguiente y tener una litera en la que poder dormir. A cambio de eso, recorren el Camino sin dejar que éste les penetre y les cuente sus secretos. Cuando hace unos meses me aventuré de nuevo por la ruta de las Estrellas, pude ver a un peregrino que cargaba en su mochila con un ordenador portátil. También ví mochilas con ruedas y hasta a una peregrina haciendo sudokus, en el interior de la Catedral de Santiago, mientras esperaba que se iniciase la Misa del Peregrino. ¡Qué desperdicio!
Una de las cosas que descubres la primera vez que vas al Camino de Santiago, es que éste se asemeja a la vida. Para mí, recorrer el Camino es como hacer un curso acelerado sobre ese otro camino mayor, que todos transitamos, que es el camino de la vida. Por eso no resulta extraño que cada cual recorra la Ruta Jacobea con los mismos planteamientos que utiliza en su vida cotidiana. La cuestión es que allí, en el Camino de Santiago, esos planteamientos sobre los que asentamos nuestras creencias y nuestra forma de actuar, no nos sirven. Y quien no se da cuenta de esta circunstancia, regresa del Camino sin haber sido transformado por éste. A pesar de todo, esta mágica ruta no deja indiferente a nadie, y es posible que tengamos que recorrerla en más de una ocasión, para que su espíritu nos penetre y se produzca la transformación.
Se puede ir al Camino porque está de moda, porque supone una forma barata de hacer turismo, por el contacto con la naturaleza, para hacer amigos, para probar la rica gastronomía y los buenos caldos que tienen los pueblos por los que discurre la ruta. Se puede ir al Camino para hacer ejercicio con la intención de adelgazar, para ligar, para contemplar el arte románico, o por cualquier otra razón peregrina que se nos ocurra. No importa, el Camino de Santiago es una poderosísima vía iniciática de transformación, donde se juntan las líneas telúricas de la Tierra y las celestes de la Vía Láctea, para obligar al peregrino a recorrer el auténtico camino que discurre por su interior. Y por mucho que éste se resista, el Camino “obrará” en él produciendo una alquimia interna que le llevará a transmutar sus metales innobles en el oro de la iluminación.
Los alquimistas de la Edad Media llamaban precisamente al proceso de búsqueda de la Piedra Filosofal, “Camino de Santiago”. Tampoco es casualidad que el lugar donde se asienta la Catedral se llame Plaza del Obradoiro, que suena muy parecido a la “Obra de Oro”. Ni que para ver al apóstol, el peregrino que llega a esta plaza tenga que subir un número cabalístico de 33 escalones que lo separan del Pórtico de la Gloria, donde aparece sentado Santiago sobre el Árbol de Jesé, portando su bastón de Maestro constructor en forma de Tau.
Como digo, no importa cual sea nuestra motivación aparente para hacer el Camino de Santiago. En el fondo subyace, quizás de forma subconsciente, una búsqueda de la propia identidad, y un afán de tascendencia que no es capaz de satisfacer nuestra vida cotidiana. También existe una respuesta a la llamada que te hace el Camino. Porque no hay ninguna duda de que el Camino llama. Y lo hace de mil formas distintas. No importa cuales, ni quiénes sean los mensajeros que lo transmitan. Lo importante es que esa llamada resuene en nuestro interior, hasta el punto de obligarnos a dejar todo lo que ocupa habitualmente nuestra existencia, a meter nuestras cosas en una mochila, y a empezar a andar por esos caminos de Dios, sin saber muy bien qué hacemos allí ni qué nos mueve a esa aventura.
Puede parecer de locos… De hecho, lo es. Es esa bendita locura que te arrebata y que te conduce hasta el misterio de tu propia divinidad, enmascarada por las convenciones sociales, culturales, familiares y religiosas. Es la locura que te hace vivir como el ser único y multidimensional que eres en realidad, transitando por una ruta entre la Madre Tierra y el Padre Cielo, donde el tiempo deja de experimentarse de forma líneal, para trasladarte a otros momentos y a otras galaxias, que habitan en tu interior.
En su obra “De profundis”, el escritor Oscar Wilde dijo: “El misterio final es uno mismo. Cuando se ha pesado el Sol en la balanza, medido los pasos de la Luna, y trazado estrella por estrella el mapa de los siete cielos, aún sigue quedando uno mismo. ¿Quién puede calcular la órbita de su propia Alma?”… ¡Buen Camino, peregrinos!

(Agosto del 2009)


El juego de la vida

Hoy en día ya nadie pone en duda que el mundo aparentemente sólido que percibimos, y en el que nos movemos, está compuesto de una misma energía en distintos grados de densidad. La física cuántica ya ha demostrado que la materia como tal no existe y que lo que consideramos sólido es en realidad un campo unificado de energías. Estos no son conceptos nuevos, puesto que ya las tradiciones espirituales orientales nos decían que el mundo es sólo Maya, ilusión. Y que nosotros, con nuestro pensamiento, somos cocreadores e influímos en esa existencia que nos rodea y que vivimos como nuestra realidad cotidiana.
         El concepto de Maya figura en los antiguos Vedas de la India, así como en el budismo, en el zen, el yoga, y otras disciplinas orientales. Los occidentales no hemos estado familiarizados con este término, sinónimo de “ilusión”, hasta que las filosofías de Oriente no se implantaron en Occidente. La mayoría de nosotros hemos sido educados en la religión católica y el mundo que nos ha rodeado y hemos vivido, no sólo nos ha parecido absolutamente real y nada ilusorio, sino que nos hemos visto envueltos en una especie de fatalismo vital, en el que nos decían que existía un Dios– al parecer siempre enfadado- que nos castigaría si no seguíamos sus preceptos. Naturalmente, nadie nos dijo jamás que somos nosotros, con nuestros pensamientos y emociones, los que influimos en nuestra realidad cotidiana.
         Ahora los tiempos están cambiando a una velocidad vertiginosa y cualquier persona que mire en su interior y reflexione mínimamente sobre lo que ocurre en el mundo, se dará cuenta de que la humanidad está entrando en una nueva época. Y en el inicio de estos nuevos tiempos –que también marcan un final- ya no tiene ningún sentido culpar a los demás de lo que nos ocurre. Ahora ya sabemos que somos nosotros, con nuestras proyecciones, los que configuramos el mundo que nos rodea. Y si nos sentimos desgraciados con nuestra vida, es porque nos corresponde a nosotros, y sólo a nosotros, cambiar el guión de la misma.Y para ello, lo primero que hay que empezar a considerar es que nadie nos hace nada y que nuestros “enemigos” somos nosotros mismos; aunque aparezcan con el disfraz de nuestros semejantes.
A este concepto ilusorio de la vida, del que nos hablan las tradiciones espirituales orientales, a mí me gusta más denominarlo con la palabra “juego”. Mi última novela se titula precisamente “El juego de Dios”, porque a través de una historia de ficción lo que pretendo mostrar es la filosofía de que nuestra vida aquí en la Tierra se asemeja a un juego divino en el que cada uno de nosotros, como en una obra de teatro, representa un determinado papel. Y en este juego de la existencia, como ocurre en cualquier otro, necesitamos rivales, contrincantes, para poder jugar. Pero esos rivales que aparecen en nuestro juego, no son nada ajeno a nosotros mismos.
Los que consideramos “enemigos” son sólo una expresión de Dios –al igual que nosotros- cuya personalidad humana es diferente a la nuestra. En realidad así debe ser, puesto que si todos fuéramos iguales el juego de la vida no podría llevarse a cabo ni tendría ningún sentido hacerlo. Partiendo del principio de que todo es UNO en el Universo y sólo Dios existe - o Tao, o Alá, o el Todo, llámese como se quiera- este Dios, para conocerse mejor, inventa un juego en el que lanza a sus jugadores –nosotros- a cosechar experiencias. Para que se entienda, diré que el proceso es el mismo que sigue un escritor cuando escribe una novela.
Cuando yo escribo, ejerzo como creadora de un universo literario en el que invento una historia. En este guión que sale de mi mente, intervienen distintos personajes ficticios, representando cada uno un determinado papel. Las experiencias que tengan, van influyendo y modificando el relato, así como las historias de los propios personajes, cuyas vidas están relacionadas. Pues algo similar es lo que representa el Juego de la Vida. Por eso las filosofías orientales consideraban nuestra existencia como “Maya” y como una simple ilusión, que partía de la mente del Gran Creador. Como nos dice el Kybalión –el libro que recoge los siete principios universales- “Todo es mente”, y “el Universo es mental”. O lo que es lo mismo, que todo lo que existe sale de la mente de Dios.
Ahora bien, el Creador, lo mismo que hago yo con los personajes de mis novelas, nos dota de eso que se denomina “libre albedrío” para que podamos participar en el Juego de la Vida como queramos. No existe ningún Dios que nos castigue porque hagamos trampas o fastidiemos a otro jugador. Lo que deberíamos tener claro es que ese “otro” no existe, porque todos somos UNO. Y cuando le amargamos la vida a alguien, en realidad es como si escupiéramos al cielo, con la seguridad de que el escupitajo nos va a caer encima a nosotros. Así pues no existen enemigos. Sólo “otro yo” que tiene una personalidad diferente y que está pasando por experiencias distintas. Pero siempre relacionadas con mi propia vida, porque todos somos parte de ese apasionante juego de la existencia que, por cierto, pronto cambiará radicalmente... Pero esa es otra historia.

(Julio del 2009)



De la Dualidad a la Unidad

Son muchas las señales que indican que estamos viviendo cambios que afectan a todos los seres humanos. Y no sólo me refiero a los cambios evidentes que se están produciendo en el clima, en el mundo de la comunicación con Internet -esa gran red que nos interrelaciona a todos- en la economía y en tantos otros aspectos que afectan a nuestra vida cotidiana. A los cambios a los que me refiero son los que implican una transformación de la conciencia, que conlleva mirarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea de una forma distinta.
         Se podría decir que estamos viviendo el amanecer de un nuevo ciclo evolutivo, y como todo amanecer, va precedido de un periodo que marca el ocaso, el final del ciclo anterior. En este sentido, estamos viviendo con un pie en lo nuevo, y con otro en lo viejo. Esta circunstancia está produciendo momentos convulsos en nuestra vida cotidiana, que afectan –en mayor o menor medida- a todos los aspectos de nuestra existencia.
         Son muchos los parámetros que ya no nos sirven en nuestra vida. Pero quizás el principal de todos ellos sea el concepto de dualidad que ha presidido nuestra existencia hasta ahora. Nos han enseñado y llevamos grabado a fuego el concepto de la dualidad. Siempre se nos ha dicho que teníamos que escoger entre un polo o su contrario. Así, el mundo se ha organizado a nuestro alrededor en base a una permamente lucha. Un combate entre la luz y la oscuridad, el día y la noche, el frío y el calor, el bien y el mal, los amigos y los enemigos, la salud y la enfermedad…etc.
         Esa dualidad que ha marcado nuestra existencia nos ha obligado siempre a vivir divididos, tanto interna como externamente. Hay que tener en cuenta que lo que vivimos en el exterior es sólo un reflejo de nuestro mundo interno. Cuando internamente estamos divididos y desequilibrados, cuando no integramos en nosotros todas las cualidades humanas posibles, esa “guerra” interna que padecemos se refleja en el exterior y creamos una sociedad dividida y excluyente.
Las cualidades humanas que han sido definidas como “buenas” por nuestra religión, por la educación que hemos recibido, y que se consideran socialmente admitidas, son las que procuramos potenciar en nosotros y mostrar a los demás. Mientras que otras cualidades humanas, no admitidas socialmente y consideradas “malas”, las encondemos bajo la alfombra de nuestra personalidad y las mantenemos en esa zona de oscuridad que todos llevamos dentro y que Jung denominaba como “la sombra”.
La cuestión es que esas otras cualidades, que también forman parte de nuestra personalidad, al sentirse rechazadas y ocultadas por nosotros, buscan la forma de salir a la luz. Y lo hacen a través de la proyección en los otros. Aparecen proyectadas en las personas más cercanas, y también aparecen proyectadas en la sociedad. Por eso si detectamos que el mundo nos hiere, nos rechaza, que está en nuestra contra, lo primero que tenemos que hacer es mirarnos a nosotros mismos y ver qué cualidades estamos rechazando en nuestro interior, que para salir a la luz se proyectan en los demás y en la sociedad.
El cambio al que me refería al principio de este artículo, el que ya se está produciendo, es la transformación que se está operando en nuestro interior y que marca el camino desde la Dualidad a la Unidad. Ese, y no otro, es el cambio que marca el final de una época y el amanecer de otra nueva etapa evolutiva para el ser humano. Porque somos muchos los que nos hemos dado cuenta de que la finalidad de la vida en este Planeta no es la perfección, ni siquiera la bondad, sino la de integrar en nosotros todas las cualidad y superar ese concepto de dualidad que ha marcado nuestra existencia humana durante miles de siglos.
A lo largo de la historia hemos combatido en nuestro interior y, por consiguiente, hemos combatido unos contra otros para imponer nuestros particulares criterios y puntos de vista. Hemos visto una y mil veces cómo los que combatían a favor de una ideología determinada, han terminado actuando de la misma manera que tanto criticaban. Los nazis machacaron a los judíos, ahora los judíos machacan a los palestinos. Los romanos, que adoraban a muchos dioses, torturaron a los primitivos cristianos por adorar a un solo Dios. Pero la Inquisición mandó a la hoguera a todo aquel que no se sometía a los postulados marcados por la iglesia Católica.
¡Son tantos y tantos los ejemplos a lo largo de la historia! ¿Cómo no nos damos cuenta de que llevamos miles de años repitiendo las mismas experiencias de “buenos” y “malos” –según el criterio de quien tenga el poder en ese momento- en ese tortuoso camino que nos marca la dualidad? El cambio de ciclo que estamos viviendo establece la posibilidad de salir y abandonar para siempre ese círculo vicioso, que los antiguos representaban con el Uroboros, la serpiente que se muerde la cola, y que nos aprisiona y nos impide evolucionar como seres humanos. Y para salir de ese círculo sólo existe un camino: regresar a la Unidad y considerar, más allá de la teoría, integrándolo en nuestras vidas, que realmente Todos somos UNO.
Hasta el momento, todas las revoluciones han fracasado a la hora de mejorar el mundo en que vivimos. Y ha sido así porque continuábamos transitando la senda de la Dualidad. Pero hay una revolución que todavía no hemos llevado a cabo, y que ya es hora de poner en práctica. Me refiero a la “revolución de la conciencia”. Esa que comienza en nuestro interior y que se proyectará al exterior cambiando los viejos parámetros por otros nuevos.
El Evangelio de Tomás nos trae unas palabras de Jesús, totalmente clarificadoras, que dicen así: “Cuando hagáis de dos uno y cuando hagáis lo que está dentro como lo que está fuera y lo que está fuera como lo que está dentro, y lo que está arriba como lo que está abajo, y cuando hagáis el macho con la hembra una sola cosa, de modo que el macho no sea macho ni la hembra sea hembra… entraréis en el Reino”.
En definitiva, cuando seamos capaces de integrar los opuestos y caminar de la Dualidad hasta la Unidad.

(Junio del 2009)