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Correo de Rosa Villada: rosavillada@ono.com

Camino a la Utopía

Lunáticos

Vamos a elevarnos un poco, a ser un poco lunáticos, y a dirigir nuestra mirada hacia el cielo. No en vano, la Luna ha sido protagonista indiscutible de la semana que está acabando y al celebrarse hoy la festividad del patrón de España, no puedo evitar que me venga a la memoria el Camino de Santiago; esa mágica y milenaria ruta de las estrellas, que nos marca en la tierra el sendero que se corresponde con la Vía Láctea del firmamento.
Desde la antigüedad, los seres humanos siempre hemos mirado al cielo, buscando quizás una explicación a nuestro destino aquí en la Tierra. Según se ha conmemorado ahora, hace cuarenta años -un número cabalístico- los habitantes de este querido planeta nos vimos obligados a mirar con ojos nuevos a nuestro satélite, porque por primera vez en la historia conocida el hombre iba a posar sus pies en la Luna.
De esta efemérides nos han informado hasta la saciedad los medios de comunicación, quizás para recordarnos -aunque sea inconscientemente- que formamos parte de un extraordinario universo y que nuestra amada Tierra, al fin y al cabo, no es el ombligo del cosmos… A excepción de la presidencia de la Unión Europea por parte de Zapatero, claro, que, como todo el mundo sabe, será un acontecimiento «planetario».

Bromas aparte, creo que este énfasis informativo sobre la llegada del hombre a la Luna, nos puede estar sugiriendo que nos elevemos un poco de la tediosa actualidad política y los problemas cotidianos, y contemplemos nuestra vida con más altura y perspectiva, dentro de una existencia mayor de la que también forma parte el cielo que vemos sobre nuestras cabezas.
Y no sólo han sido los cuarenta años de la llegada del hombre a la Luna lo que nos ha obligado a elevar nuestra mirada, sino que se ha producido un eclipse de Sol -calificado como el más largo del siglo- en el que nuestro satélite plateado ha ocultado al astro rey. Quizás haya querido recordarnos que la imaginación, el subconsciente, la fertilidad, los sueños, los ciclos naturales, la oscuridad, la feminidad, y todo lo que representa la Luna, tiene también un lugar en nuestra existencia y hasta el Sol, con toda su luminosidad, se rinde de vez en cuando ella.
Por otra parte, las estrellas están llamando nuestra atención. Nos obligarán a mirar al cielo dentro de unos días, cuando se produzca la tradicional lluvia de estrellas fugaces conocidas como las «lágrimas de San Lorenzo». Y hoy, festividad del apóstol Santiago, nos recuerdan esa ruta iniciática que discurre en España desde Roncesvalles a Fisterra, y que tiene la capacidad de transformar a los peregrinos que la recorren con los pies, firmemente anclados en la tierra, pero con la mirada puesta en el cielo.

Y no, el Camino de Santiago no es patrimonio de ninguna iglesia ni de ninguna religión. Es patrimonio de la humanidad. No importa las creencias que tengas, ni la ausencia de éstas. No importa la raza, ni el color, ni la edad, ni la nacionalidad, ni los estudios que hayas cursado. En el Camino no existen las fronteras, más allá de las que cada uno se impone, y todos somos lo que realmente somos: peregrinos de paso en esta vida.
El Camino de Santiago es una ruta universal que discurre por el exterior, en contacto con la naturaleza, y también por nuestro paisaje interno. Este Camino nos obliga a enfrentarnos con la oscuridad de nuestros bosques y a recorrer nuestros valles y montañas interiores, en busca de la auténtica identidad. Durante el viaje, cada cual debe cargar con su propia mochila, la que uno mismo ha ido llenando… Hasta que te das cuenta de que está saturada de cosas innecesarias y empiezas a desprenderte de ellas, porque se camina mejor «ligero de equipaje».

Siempre he pensado que sería una idea excelente que nuestros políticos hicieran, todos juntos, el Camino de Santiago. Eso sí, sin coche de apoyo, sin visa, sin asesores, sin escoltas, sin cámaras grabando sus pasos, sin privilegios, sin regalos y pernoctando en los albergues. Estoy completamente segura de que, después de recorrer la ruta de las estrellas, su comportamiento sería totalmente distinto. ¡Voy a proponerlo a ver si me hacen caso! Y si no, ellos se lo pierden. ¡Buen Camino!

(25 de julio del 2009)


Pelillos a la mar

La actualidad política amodorra como una tarde de verano. Produce somnolencia y una extraña sensación de bochorno. Debe ser este calor sofocante que nos atrofia el cerebro y nos sumerge en la inactividad física y mental, debido a las neuronas recalentadas. Quizás sea por eso, por el calor, por lo que las obras que se están haciendo en la ciudad van tan despacio. Si te fijas un poco, casi se pueden contar el número de adoquines que se colocan, muy despacito, durante todo un día. El único consuelo que nos queda es pensar que a los operarios se les alargará el periodo de paro y que, cuando llegue la Feria, las calles volverán a estar en su sitio.
         Como digo, el calor nos hace ver las cosas de distinta manera, aunque básicamente no hayan cambiado. Es como si todo importase menos, como si no tuviéramos ganas o fuerzas para enfrentarnos a la dura realidad. En verano, todos aplicamos un poco el dicho de “pelillos a la mar”, aunque a la vuelta del otoño los problemas no hayan desaparecido junto con el estío. Esto lo sabe el Gobierno. Por eso Hacienda se apresura a devolvernos la renta que nos retuvo, con el fin de que las playas se llenen, se favorezca el consumo y la vida parezca plácida y feliz. ¿Acaso hay una imagen más estimulante para la moral que ver a la gente tumbada al sol, bañándose en el mar, o tomando una jarra de cerveza fría en alguna terraza?

En verano, no sólo vemos el vaso medio lleno, sino que incluso, ante la perspectiva de no acudir al trabajo y tomarse unas vacaciones, hay quien lo ve rebosante por primera vez en todo el año. Tanto es así que, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondiente al mes de junio, la preocupación fundamental de los españoles sigue siendo el paro y la situación económica… Pero menos. Incluso los hay tan optimistas, que creen que el año que viene va a mejorar la economía. Y son menos los que consideran que la cosa irá a peor.
Zapatero también ha dejado para septiembre su anunciada comparecencia en el Congreso para hablar de economía y de la evolución del desempleo. Aunque se comprometió a acudir a la Cámara antes de que terminase el presente mes de julio, ha aplicado el “pelillos a la mar” y, como los malos estudiantes, se ha dejado esta importante asignatura pendiente para septiembre.

Quizás con la esperanza de que entonces tenga más posibilidades de aprobarla. Tampoco comparecerá Chaves para informar sobre la subvención de más de diez millones que concedió la Junta de Andalucía, cuando él la presidía, a la empresa que apoderaba su hija. Y no escucharemos a Chacón hablar de la situación del CNI, ni conoceremos la opinión de Gabilondo, tras la aprobación de la Ley de Educación de Cataluña. Tampoco comparecerá Rubalcaba para referirse a las redadas de inmigrantes… Y, total, qué más da. ¡Pelillos a la mar!

Eso sí, el ministro de Industria se ha ofrecido voluntariamente para explicarnos por qué van a cerrar la central nuclear de Garoña ¡dentro de cuatro años! y de paso intentar convencernos de lo necesario que era  subirnos dos veces las tarifas eléctricas, en un solo año. Por cierto ¿han recogido ya la bombilla que nos regala el Gobierno? ¡Qué majos, cómo nos iluminan! Miguel Sebastián debe creer que, con una luz de bajo consumo, veremos de forma más luminosa la situación del país. Lo lleva claro.

Y hablando de visiones, hace unas semanas titulé mi artículo “El País de las Maravillas” y ahora me he enterado de que existe una enfermedad con ese mismo nombre, que se denomina: “Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas”. Esta patología, poco conocida, produce una alteración en la percepción visual del paciente, que ve cómo su propia imagen corporal se distorsiona, así como los objetos que le rodean. ¡Qué fuerte!

A ver si ahora va a resultar que la distorsionada percepción de la realidad que tiene ZP y su gobierno, se debe a que padecen el “Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas”. Podría ser… Aunque, no, no creo, porque la información que he leído sobre esta enfermedad, dice que los pacientes que la padecen “son conscientes en todo momento de la naturaleza ilusoria de sus percepciones”. Y a mí me parece que estos se creen sus propias fantasías.

(17 de julio del 2009)


Regalos

El regalo entre personas es algo habitual. Regalamos cosas a nuestros seres queridos cuando llega un cumpleaños o en cualquier otra fecha digna de celebrar; pero cuando el regalo se le hace a un político, fuera de su círculo familiar o de amistades, se convierte en algo sospechoso. Y si no, que se lo pregunten al presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, al que el supuesto regalo de unos trajes –que él asegura que pagó- podría sentarle en el banquillo. Claro que no hay que dejar que los árboles nos impidan ver el bosque. La cuestión está en saber si detrás de esos “inocentes” regalos hay trato de favor hacia alguna empresa o particular. Porque, en mi opinión, los regalos a los políticos que ostentan el poder no tienen nada de inocentes.

De cualquier manera, como todo se mezcla, al final no hay manera de que la opinión pública conozca con claridad si existe algo más que el regalo de unos trajes. Si detrás de estos supuestos regalos hay una trama corrupta, lo de los trajes puede ser sólo el chocolate del loro. Si sólo se trata de tener “un detalle” con el dirigente valenciano, la cosa es distinta. Pero que sea distinta, y hasta habitual, no quiere decir que sea menos criticable. Recuerdo que un dirigente político de esta región, presumía de que no se gastaba un duro en zapatos, porque siempre se los regalaba un empresario de Almansa. Lo que, teóricamente, vendría a ser lo mismo que los trajes de Camps y, en mi opinión, igual de preocupante.

No sé si todavía es práctica habitual, pero antes, a los médicos, determinados laboratorios farmaceúticos les regalaban electrodomésticos, viajes pagados y otro tipo de presentes, para que recetasen el medicamento que ellos elaboraban, y no otro. Por lo que yo sé, en otros sectores profesionales también son frecuentes este tipo de regalos. Pero, insisto, no me parecen regalos “inocentes”, sino que se ofrecen a cambio de obtener un beneficio de ello. Lo que tira por tierra la definición de  regalo, que consiste, según el diccionario, en “dar alguna cosa a alguien sin recibir nada a cambio”. Más claro, agua.

Me consta que es algo habitual que los políticos que ostentan el poder –sean del signo que sean- reciban constantemente regalos. Y, lo que es peor, los acepten. Francamente, no veo la necesidad. Cualquiera de ellos dispone de recursos económicos suficientes para comprarse lo que necesite, y aún para permitirse los caprichos que quiera –cosa que no nos ocurre al resto de los ciudadanos- sin necesidad de que nadie le regale nada. Por tanto, lo que me parece es que los que regalan trajes, o zapatos, o viajes, pretenden obtener un trato de favor, que el político de turno está dispuesto a ofrecer.

En muchas ocasiones, estos supuestos regalos no se “pagan” en el momento de recibirlos, sino en otra ocasión; cuando llega la hora de una adjudicación, de obtener algún “enchufe” o recomendación para un determinado puesto, o en cualquier otro momento oportuno. Pero lo que está claro es que siempre hay una contraprestación, por parte del político  que ha aceptado el obsequio.

Se está hablando estos días de dónde hay que poner el límite. Si es lo mismo regalar anchoas, que trajes o piruletas. Si lo que importante es la cuantía económica del supuesto regalo, o es la intención... Todas estas cuestiones no hacen más que marear la perdiz y nos quieren llevar a pensar que, cuando un comportamiento es frecuente, o hasta habitual, y está aceptado socialmente, ya no es criticable y, por tanto, está bien.

Pues no. Creo que los políticos no deberían aceptar regalos de nadie. Si están al frente de una institución, el regalo se queda en la vitrinas de la institución y no pertenece al político, que sólo ocupa provisionalmente ese determinado cargo. Aunque claro, aquí nos tropezamos con otro problema. Cuando los políticos llevan tantos años en el poder, se consideran los reyes del mambo y confunden lo público con lo privado. Siendo así, deberían irse y, si no lo hacen, al menos deberían recibir regalos sólo de familiares y amigos, y no de empresas. Porque eso no son regalos. Tienen otro nombre.

(10 de julio del 2009)


La política del despiste

¿Se han enterado de que ha muerto Michael Jackson? Sí, es difícil no enterarse con la movida mediática que se ha montado y que se repite sin cesar, día tras día, aunque no haya ninguna novedad a la hora de esclarecer su muerte que, por otra parte, está muy clara. Lo que no me explico es cómo, en esas condiciones, este hombre ha vivido tanto tiempo. En realidad, a mí siempre me pareció una caricatura de sí mismo. Era una persona que, al margen de sus cualidades artísticas –que sin duda tenía- no despertaba muchas simpatías. Aunque eso era antes de morir, claro. ¡Hay que ver lo maravillosos que nos volvemos cuando nos morimos!
Al traspasar esa fina línea que separa la vida de la muerte dejamos de ser unos impresentables, y nos hacemos acreedores de un derroche de virtudes de las que, en la mayoría de las ocasiones, el muerto no ha hecho gala mientras vivía. ¡Hasta en el supermercado donde compro habitualmente pusieron en el hilo musical canciones de Michael Jackson, al día siguiente de su muerte! Y eso que habitualmente sólo utilizan la megafonía para contar a los clientes las ofertas, o para pedir al encargado que coja el teléfono. En fin, el rey de pop, como lo llaman, es un claro ejemplo de filosofía marxista. La que enarbolaba Groucho Marx cuando decía que, desde la nada, se podían alcanzar las más altas cotas de la miseria. ¡Pobre hombre! Descanse en Paz.
También ha pasado a mejor vida –es un decir, porque para él será peor- el jefe de los espías españoles al que, por fin, se han decidido a largar, aunque nos hayan revestido el despido como una “dimisión”. Desde luego, el hombre no tenía desperdicio –vaya fichaje hizo Bono- y en lugar de irse él, que era el problema, pretendía solucionarlo con el despido de 60 agentes del CNI, que le resultaban incómodos. Eso sí, Saiz ha tenido el detalle de decir que dimite para no perjudicar la imagen del Gobierno de España. ¡Ay hijo mío, eso sí que ya no tiene apaño! La imagen de nuestro Gobierno está tan “perjudicada” por tantas cosas, que tendrían que dimitir todos en cadena para que se arreglara. Está tan mal que, cada vez que sale un anuncio en la tele diciendo que hagamos algo y termina con la coletilla de: “Gobierno de España”, nos dan ganas de no hacerlo, aunque sea por nuestro bien, sólo para llevar la contraria. ¡A esos extremos nos han llevado!
Claro que es difícil llevar la contraria al Gobierno cuando pone en práctica su política de “chocotajá”. La de sí, pero no; ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Ellos creerán que así no se equivocan nunca y contentan a todo el mundo. Lo que no saben es que ésa es la peor política de todas, la del despiste y el desconcierto. Porque así se equivocan siempre y no contentan a nadie. Y si no remitámonos a las pruebas sobre el cierre de la central nuclear de Garoña.
Para empezar, ZP no cierra la central, aunque anuncia el cierre para el futuro, concretamente para el año 2013… Muy largo me lo fiais, teniendo en cuenta que para entonces ya se habrán celebrado elecciones generales, y existe la posibilidad de que él ya no sea presidente. De hecho, Rajoy se ha apresurado a anunciar que si gana PP, Garoña continuará abierta. Por otro lado, al no cerrar ahora la central nuclear, Zapatero ha incumplido el programa electoral con el que se presentó a los últimos comicios; aunque claro, que no cumpla el programa tampoco es noticia. Y, por último, ha conseguido cabrear a todo el mundo. A los ecologistas porque no cierra, a los de la Central porque va a cerrar y a los obispos… ¡Mira, no, esta vez no ha cabreado a los obispos!

En fin, nunca llueve a gusto de todos. Lo mismo ha pasado con las concesiones de Televisión Digital Terrestre en Castilla-La Mancha, que ya han sido adjudicadas por el Gobierno regional. Las mejores se las han quedado los de siempre y, total, para qué. Me pregunto para qué quieren más emisoras de radio y más teles, si luego no hacen más que despedir a gente. Más vale que no tuvieran tantos medios y se preocupasen por dotar de unas buenas condiciones laborales a sus trabajadores.

(3 de julio del 2009)


El País de las Maravillas

    Zapatero no pudo despegar en el avión que le trasladaba desde Togo a España, porque una bandada de mosquitos se lo impidieron. He aquí otra prueba más de que el presidente del Gobierno español no tiene nada que ver con su homólogo de EE UU. Mientras Obama mata moscas en un programa de televisión, los mosquitos le hace la guerra a Zapatero y le impiden elevarse a las alturas. Yo interpreto esta anécdota como una señal que indica que ZP, no sólo no despega -como nuestra economía- sino que haría bien en mantenerse con los pies el suelo.

     Tal vez si se mantuviera apegado a la realidad, en lugar de volar por la estratosfera del universo virtual, no diría cosas como las que dijo en el Congreso, asegurando que «el Gobierno considera que lo más duro de la crisis ha pasado ya». Hace falta estar en otra dimensión -tal vez planetaria- para decir semejante estupidez, con la que está cayendo. Pero vamos a ver, me pregunto, ¿en qué mundo vive este hombre, en los mundos de Yupi? Quizás viva en un País de las Maravillas en el que existen aviones del Ejécito para viajar, se habita en un palacio, el médico te visita en tus aposentos, sin pasar por los servicios de urgencias de ningún hospital, te trasladan en un coche oficial, blindado y con aire acondicionado, y no hay que coger el metro ni hacer cuentas para llegar a final de mes.

     Cuando se vive en esas condiciones, rodeado de una corte de aduladores, es fácil hacer un discurso grandilocuente. Pero como la realidad es tozuda y se empeña en llevar la contraria al más pintado, mientras ZP nos dice que lo peor ya ha pasasdo nos llega la noticia de que la morosidad hipotecaria se ha triplicado en un año. Y desde Cáritas se advierte de que se ha disparado el número de personas que solicitan «ayuda básica para subsistir», para comprar alimentos o para evitar perder sus casas. Lo más curioso del caso es que el 52% de estas personas que llegan a Cáritas las envían desde las administraciones públicas, «que no pueden hacer frente a la avalancha de peticiones». De todas formas, no todos tienen estos mismos problemas. Los diputados europeos salidos de las urnas en los comicios de mayo, y cuyo parlamento se constituye en Estrasburgo el 14 de julio, percibirán entre sueldos y dietas, más de 13.000 euros al mes. ¡Es un alivio, de verdad, al menos ellos no tendrán que acudir a los comedores de Cáritas!

     Y no, no se trata de que el presidente del Gobierno viaje en metro; aunque no le vendría mal bajar al subsuelo y compartir la vida normal con la gente que no tiene escaño. No se trata de eso. Se trata, por lo menos, de que no insulten a nuestra inteligencia contándonos mentiras que sólo contribuyen a que la credibilidad en los políticos se vea cada vez más mermada.
¿Y cómo podría ser de otra manera? Hay un abismo entre la vida que llevan la mayoría de los ciudadanos y el País de las Maravillas en el que habitan nuestros representantes políticos, que habrán sido elegidos democráticamente y todo lo que tú quieras, pero sólo se representan a ellos mismos y a sus partidos. Yo no me siento representada por nadie, no creo que defiendan mis intereses, sino los suyos. Unos por mantenerse en el poder, otros por pillarlo, otros por tener continuidad como partido, otros por utilizar sus votos en el parlamento como chantaje puro y duro. Chantaje democrático, eso sí, pero chantaje al fin y al cabo.

     Y así hemos pasado el invierno y así nos hemos metido en los calores del verano, sin que haya «nada nuevo bajo el sol». Es la misma música con la misma letra de una canción archiconocida que, de tanto escucharla, se me antoja un disco rayado. Mientras, la vida sigue. La de verdad, la de la cruda realidad, la de las familias hipotecadas y la de los parados. ¿Hasta cuando? Lo mejor que pueden hacer nuestros gobernantes es irse de vacaciones -ellos no tendrán problemas para elegir destino- y callarse. Así, al menos, ya que no resuelven nada importante, no tendremos que escucharlos decir tonterías, ni plantear un rato una cosa, y al siguiente lo contrario. Mejor que sigan de vacaciones en su País de las Maravillas y nos dejen tranquilos.

(27 de junio del 2009)


Las buenas personas

No resultan muy edificantes las informaciones que se están publicando sobre el jefe de los espías españoles. En realidad, que “pinche” el teléfono de la casa de un amigo, para comprobar si la asistenta hablaba mucho con su novio, me resulta más que preocupante y me hace exclamar, una vez más: ¡Dios mío, en manos de quién estamos! Si a esto le sumamos que supuestamente ha utilizado medios públicos en beneficio propio, que ha ordenado a varios agentes de buceo que le limpien su piscina privada, que se hayan manipulado unas fotografías para no ser él el que aparezca de pesca en un barco, y otra serie de lindezas más, propongo que el CNI deje de llamarse Centro Nacional de Inteligencia, y pase a denominarse Centro de Chapuzas y Corruptelas Nacionales. Así no engañamos a nadie.
         La cosa, aunque parezca de chiste, no es ninguna broma. Se supone que este señor, Alberto Saiz –que trabajó en la delegación de Agricultura de Albacete- es el que controla todo el servicio de espionaje  y tiene acceso a secretos de Estado, incluso antes que el propio Rey. Y no sé si se acordarán, pero Saiz fue nombrado director del CNI por nuestro paisano José Bono, cuando éste ocupaba la cartera de Defensa. Recuerdo que el nombramiento tuvo críticas desde algunos ámbitos políticos, por considerar que este señor no reunía las cualidades exigidas para ocupar este cargo. En su defensa el entonces ministro Bono dijo que Saiz era una buena persona. No sabemos si con eso quiso indicar que iba a misa todos los domingos, daba limosna a los pobres o cedía su asiento en el autobús a las ancianitas. Pero, visto lo visto, quizás habría que revisar el calificativo de “buena persona” como mérito a la hora de ocupar un cargo público.
         Otra “buena persona” era El Pocero, creador de empleos y constructor buen samaritano en Seseña (Toledo) que está imputado por sobornos al ex alcalde socialista de esa localidad. Pues bien, Francisco Hermando, más conocido como “Paco el Pocero”, modelo de empresario altruista, ha anunciado que va a dejar sin terminar las obras de urbanización y construcción de viviendas de su macro residencial en medio de la nada. Con lo que deja un “regalo” valorado en 18 millones de euros a ese Ayuntamiento, para que termine lo que él comenzó. ¡Qué buen corazón!
         Y seguimos con las “buenas personas”. Según recoge la prensa nacional, los consejeros con funciones directivas en CCM se repartieron el pasado año 2,21 millones de euros; dinero que invirtieron en incrementar sus salarios en el 13,9%, además de destinar otros 290.000 euros a conceptos como pensiones y seguros de vida. A todo esto hay que sumar las subidas por participar en los consejos de administración y, como guinda, “abrieron el grifo” de la concesión de préstamos, créditos y avales para ellos mismos y sus familiares. ¿Eran o no eran buenas personas?
         Por cierto, y hablando de la Caja de Castilla-La Mancha, este periódico ha desvelado que los partidos políticos PSOE, PP e IU, adeudan a esta entidad bancaria más de un millón de euros. Que deban –como cada hijo de vecino- no me parece preocupante, siempre que vayan pagando; cosa que, según esta misma información, hacen los dos partidos mayoritarios. Lo que me parece preocupante es el caso de Izquierda Unida, cuyos créditos –por importe de más de 340.000 euros- estaban vencidos e impagados a fecha 31 de diciembre.
         Lo penoso no es la deuda en sí, sino que esta formación política haya criticado a los que deben dinero a CCM y no pagan, cuando ellos han estado haciendo exactamente lo mismo. El día que Cayo Lara denunció y criticó la situación de esta entidad bancaria en Albacete, se le “olvidó” mencionar el pequeño detalle de que también su partido, IU, era moroso… Luego se quejan de que los políticos tengan cada vez menos credibilidad y de que se les recriminen sus numerosas contradicciones.
         Pero bueno, no se preocupen, mañana celebramos el solsticio de verano, que es sinónimo de vacaciones y, con un par de numeritos mediáticos más, nuestros abnegados padres –y madres- de la Patria colgarán los babys y podrán descansar y relajarse tras los duros debates del curso político. Y hasta es posible que sigan fichando a “buenas personas” para que nos arreglen el país. ¡Cómo nos quieren!

(20 de junio del 2009)


Todos ganan

¡Qué contentos están todos! Da gusto que haya elecciones para verlos después tan satisfechos de sí mismos. Como en otras ocasiones, todos han ganado. Unos, como el PP, porque son los que han sacado un mayor número de diputados, y realmente son los ganadores de los comicios. Otros, como el PSOE, porque no han perdido tanto como esperaban y la diferencia con sus rivales populares es más bien escasa. Los del partido de Rosa Díez, porque obtienen representación en el Parlamento Europeo. Y los de Izquierda Unida, porque han conseguido quedarse como estaban ¡Virgencica, que me quede como esté! Como digo, todos contentos.
         El análisis es más bien simple, pero les funciona. Todo es relativo y cada uno ve sólo lo que quiere ver. ¿Qué necesidad hay de hacer ningún tipo de autocrítica cuando todos, en mayor o menor medida, se sienten ganadores? Cabría pensar que la procesión va por dentro, y que no es oro todo lo que reluce. Que, aunque sea en la intimidad de las propias sedes, lejos de las falsas sonrisas y de las cámaras de televisión, cada partido tiene la capacidad de asomarse a la otra cara de la moneda y ver que son muchos los motivos para no estar tan satisfechos. Pero no parece que esa sea la tónica general.
         Aunque es obvio que los resultados no son extrapolables a futuras citas electorales, porque la participación ni siquiera ha llegado al 50%, merece la pena reseñar algunos datos significativos, que podrían servir a los partidos para una reflexión más profunda. Por cierto, que con tanta llamada a la participación como hicieron antes de los comicios ¿no les parece preocupante que ésta haya sido tan baja? ¿Eso no les dice nada? Parece que lo que antes era fundamental, ahora ya no importa porque, después de las votaciones, no he escuchado a ningún líder hacer referencia a este dato tan poco positivo.
         Pero centrémonos en nuestro territorio. Tanto en la capital como en la región existe una clara tendencia en alza por parte del Partido Popular. Según publicó La Verdad de Albacete, el PP obtendría 28 diputados en las Cortes de Castilla-La Mancha, frente a los 21 del PSOE. Lo que demuestra claramente que el voto del miedo esgrimido por los socialistas, no ha funcionado. En el Ayuntamiento de Albacete, el PP se alzaría con la victoria con 17 concejales, mientras que el PSOE perdería la alcaldía y se quedaría con 10. Izquierda Unida no obtendría representación municipal y UpyD no lograría entrar en la Casa Consistorial.
         Soy consciente de que esto es política-ficción, como la que ellos hacen a diario, por otra parte, pero los que no son ficticios son los votos que cada formación política ha recibido. Por obra y gracia del sorteo para establecer qué ciudadanos forman parte de las mesas electorales, me tocó presidir una mesa en el colegio de Villacerrada. Si mal no recuerdo, de los 290 votos emitidos, 190 fueron a parar al PP, 32 al PSOE, 18 al partido de Rosa Díez y sólo 5 a Izquierda Unida. El resto de los votos se repartió entre otros formaciones políticas más minoritarias.
Sí, ya sé que esta zona se considera feudo de los populares, pero también sé que, hasta ahora, nunca se había producido una diferencia tan abismal entre el PP y los socialistas. Yo creo que estos resultados –reales- serían motivo más que suficiente para la reflexión, pero no me gustaría estropearles la alegría. ¡Se les ve tan felices! Tampoco quisiera pecar de “aguafiestas” si me refiero al hecho poco alentador de que, donde más acusaciones de corrupción ha habido, más votos ha obtenido el partido en el que militaban los acusados. Y no sólo en España… ¡Viva la democracia!
En fin. Una vez más se ha celebrado la fiesta de las urnas en la que, gracias a los votos de los ciudadanos, todo ha cambiado un poco para que en el fondo todo permanezca igual. Porque esa es la cuestión, que los mismos problemas que teníamos hace una semana, siguen sin resolver. Eso sí, ahora tenemos a los políticos mucho más contentos. Ven mejor la paja en el ojo ajeno y siguen sin vislubrar la viga en el suyo… Y, al fin y al cabo, ¿por qué van a estar pendientes de pequeñeces? Todos han jugado el juego de la democracia y, ¡todos han vuelto a ganar!

(13 de junio del 2009)


Reflexionemos

Hoy es día de reflexión: reflexionemos. Según la Ley Electoral, la jornada de hoy está dedicada a que los electores reflexionemos sobre el sentido de nuestro voto en los comicios europeos que se celebran mañana. Como me imagino que a estas alturas cada hijo de vecino habrá decidido ya si votar o no votar, y a quién hacerlo, propongo que este día lo aprovechen los partidos políticos para reflexionar ellos. ¡Porque vaya campaña nos han dado! Con esto no quiero decir que los ciudadanos estemos exentos de reflexionar, ni mucho menos. También deberíamos hacerlo los periodistas, los medios de comunicación y cualquiera que esté implicado en este complejo entramado político y social que determina quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Porque todos vamos en el mismo barco; aunque unos viajen en las bodegas, y otros en camarotes de lujo.
         En esta sucia campaña electoral que hemos vivido, hay varios responsables, aunque con grados distintos de responsabilidad. Hace poco releí que “cada nación es la suma de los estados de conciencia de todos sus ciudadanos, por eso Montesquieu decía que cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Estoy completamente de acuerdo con esta reflexión y eso me lleva a pensar que las cosas tienen que cambiar porque, en estos tiempos que corren, –nunca mejor dicho- somos ya muchos los que pensamos que no nos merecemos los políticos que tenemos porque no están a la altura de las circunstancias.
Por eso creo que los partidos son los primeros que deberían reflexionar sobre la campaña que nos han ofrecido, y los medios de comunicación sobre lo que nos han mostrado. Se han sobrevalorado las descalificaciones y los aburridos debates que marcaban los dos grupos mayoritarios, en detrimento de lo planteado por otras formaciones políticas, a las que apenas se les ha hecho caso, cuando no han sido ignoradas directamente. Este planteamiento, que se repite contínuamente, fomenta la dualidad y nos presenta un país dividido, incapaz de desterrar las pautas “guerracivilistas” que aún imperan en nuestra sociedad. Y así no vamos a ninguna parte ni avanzamos. Da igual que la convocatoria electoral sea para las europeas, nacionales, autonómicas o locales, lo que prima es la estupidez disfrazada de discurso grandilocuente. Como muestra, un botón.
Cuando escuché a Leire Pajín decir que estuviéramos atentos al próximo acontecimiento histórico que se iba a producir en nuestro planeta, creí que la dirigente socialista se refería a la alineación del Sol con el centro de la Vía Láctea, prevista para el año 2012. Pero no, cual no sería mi sorpresa al comprobar que hablaba de la coincidencia de que Obama presida EE UU y Zapatero la UE. Me pregunto si esta muchacha ¿estaba “colocada” o de verdad se lo creía? El último supuesto me parece el más preocupante de todos. ¡Vaya delirios de grandeza cósmicos para quien no puede solucionar ni lo que tiene delante de sus narices!
Y es que una de las características de esta campaña electoral, ha sido la obsesión del partido del Gobierno por equiparar a ZP con Obama. Su primer vídeo ya hacía referencia a esta fijación. Proponía que, como no pudimos votar en las elecciones de EE UU, votemos ahora por los socialistas. ¡Una lógica aplastante! En fin, qué quieren que les diga. Ni Zapatero es negro, ni se parece una pizca al presidente americano. Para empezar, Obama se está esforzando, desde que llegó al poder, por acercar posturas encontradas dentro de su país, y fuera de sus fronteras. Justo lo contrario de lo que hace Zapatero.
No hay más que ver los vídeos de campaña y su actitud durante los años que lleva al frente del Gobierno, para darse cuenta de que son muchas las actuaciones de ZP que lo único que consiguen es ahondar todavía más en la brecha que divide a los españoles. Y, con todos mis respetos, no van por ahí los nuevos tiempos que se avecinan. El camino es el de superar enfrentamientos y unirse para tratar de solucionar los problemas. Lo que no pase por ese planteamiento, está abocado al fracaso. La famosa frase de Julio César: “divide y vencerás” es de la época de los romanos, y está pasada de moda.

(6 de junio del 2009)


Fútbol y política

Es una lástima que no me guste el fútbol. De verdad, me gustaría haber disfrutado de la emoción y la euforia de la que han participado tantos millones de personas con las reiteradas victorias del Barcelona. Pero no, no estoy llamada por ese camino. Es más, siempre que veo esta extraordinaria movilización que se produce cuando algún equipo de fútbol consigue la victoria, me siento totalmente extraterrestre y fuera de lugar, porque ni me motiva lo más mínimo, ni me interesa para nada. Y digo esto siendo consciente de que, manifestar algo así hoy en día, es poco menos que confesarse en pecado mortal; lo que me podría suponer un viaje de cabeza al infierno. Menos mal que tampoco creo en el infierno, más allá del que puedan vivir algunas personas en su propio interior.
         A pesar de que no termine de entender muy bien a qué viene tanta euforia, y siempre me pregunte por qué no somos capaces de movilizarnos con la misma pasión por otras cosas que yo considero más importantes, reconozco que esa alegría desbordante que se desata tras la victoria de un equipo de fútbol, no deja de ser también una salida de escape, y una pequeña satisfacción que se permite la gente; sobre todo en momentos en los que la actualidad política no se muestra pródiga en darnos muchas alegrías. No hay que extrañarse demasiado de que, entre la guerra de los partidos políticos y la que desarrollan los equipos rivales en los partidos de fútbol, la gente prefiera la segunda. Al menos esta última tiene muchas menos consecuencias nefastas para nuestras vidas.
         Sinceramente, ¿no existen sobrados motivos para que al personal le interese más el fútbol que las elecciones europeas? Hagamos un repaso de cómo está ese patio de recreo que es la política nacional en estos momentos. Entre los trajes de Camps, las subvenciones de Chaves a una empresa en la que trabajaba su hija, las broncas en el Parlamento -siempre arrojándose el argumento de “y tú más”- la orden del Supremo para investigar una presunta prevaricación del juez Garzón, y el uso de un avión del ejército, por parte del presidente del Gobierno, para asistir a un acto electoral de su partido, la cosa no está para tirar cohetes, y no es raro que la gente quiera darse alguna alegría, a costa de la victoria del Barcelona.
         Por cierto, me parece mentira que a estas alturas de la película, y después de haber vivido ya tantos años de democracia en este país, estemos aún debatiendo sobre la diferencia entre lo público y lo privado. Y me parece aún más increíble que nos quieran manipular y hacer ver lo blanco negro, justificando la injustificable actuación de Zapatero, aludiendo a la seguridad del presidente. La cosa está clara. Si un líder político –sea quien sea- se tiene que trasladar para un acto de su partido o para cualquier actividad privada, no puede utilizar ni dinero ni medios que sean públicos. Me da lo mismo que lo haga pelé, melé o el palo de la escoba. Y si todavía estamos en el nivel de no diferenciar o de confundir lo público con lo privado, andamos todavía peor de lo que yo me imaginaba.
         Y es en esa “confusión” entre lo privado y lo público, en la que hay que enmarcar el anuncio de cierre y despidos en varios medios de comunicación en las empresas a las que pertenecen El Día y La Tribuna, que dejarán en la calle a muchos trabajadores en esta región. ¿Hay que culpar a la crisis económica? No exactamente. La crisis económica afecta a todos los medios del país, pero a estos en concreto lo que les está afectando es la intervención del Banco de España de Caja Castilla-La Mancha, y el no poder ya disponer, como antes, del dinero que provenía de esta entidad. No en vano, dos de los empresarios de estos medios de comunicación, Méndez Pozo y Díaz de Mera, pertenecen al sector inmobiliario que más dinero deben a CCM.  Y es que, cuando los medios de comunicación se montan con distintos intereses a los de informar verazmente, pasa lo que pasa.
         Con este panorama, hasta a mí me dan ganas de salir a la calle gritando: ¡Visca el Barça!

(29 de mayo del 2009)


Se busca candidato

Ante la apatía, el cansancio y el escepticismo de la mayoría de los ciudadanos, se ha iniciado la campaña para los comicios europeos del 7 de junio. El CIS ya se ha apresurado a anunciar un “empate técnico” entre los dos eternos rivales, PSOE y PP, en una cita electoral en la que se prevé una altísima abstención. Y con este panorama, en el que nuestros distintos representantes y sus partidarios se encuentran al borde de un ataque de nervios, surge una insólita oferta de empleo por parte de un partido que quiere resucitar: el Centro Democrático y Social (CDS).
         Sí, han leído bien, la formación política que liderara Adolfo Suárez en la transición, y que desapareció por falta de apoyo en las urnas, ha puesto anuncios en la prensa nacional buscando candidatos. Pero no quiere unos candidatos cualquiera. Lo que busca, según su anuncio, son “políticos moderados para dignificar la forma de hacer política; eliminar la corrupción, independizar la justicia del poder político y volver a equilibrar el sistema político actual”. ¡Pues no piden nada!
         Aunque repasando el vídeo electoral de los socialistas europeos, parece que nuestro sistema político está ya perfectamente equilibrado, al menos en España. Por un lado están los buenos y por otro los malos. Los buenos son ellos y los que los votan. Los malos están representados por lo que los socialistas llaman “la derecha”, y los que los apoyan en las urnas.
Según este ingenioso vídeo -ejemplo de estereotipos y topicazos que nada tienen que ver con el espíritu de la unión europea- los que votan a la “derecha” son violentos y xenófobos, están a favor de la pena de muerte, no admiten más que una religión, y quieren que la sanidad pública se privatice…Me pregunto qué tiene que ver esta propaganda electoral, ramplona y simplista, con la “Alianza de Civilizaciones” que luego predica Zapatero. Y me pregunto ¿cómo es que en el País Vasco el PSOE se entiende y gobierna gracias a esta perversa “derecha” que tanto critican?
Y hablando de perversiones, el diario El Mundo publicaba esta semana que, a pesar de la intervención por el Banco de España de CCM, los gestores de esta Caja siguen “disfrutando de coche oficial con chófer y Visa oro, a cargo de la entidad bancaria”. Según este periódico, como CCM sólo posee dos coches, suelen alquilar otros diez vehículos diarios,  por el módico precio de unos 300 euros. Lo que supone unos 60.000 euros mensuales, en alquiler de coches. A este gasto hay que sumar las comidas y cenas, en restaurantes de lujo, que los directivos de esta Caja “cargan” a la entidad con sus tarjetas Visa oro. ¡Creo que sobran los comentarios!
Luego se extrañarán de que la gente, cansada ya de tanto mamoneo, no vaya a votar cuando llega una cita electoral. Y entonces surgirán los predicadores de cada partido, diciéndonos eso de que, si nos abstenemos, luego no tenemos derecho a quejarnos. ¡Lo que faltaba! Según ellos, si votamos a los socialistas, o a la autodenominada “izquierda”, nos situamos al lado de los buenos –que es tanto como decir que gozaremos del cielo político- si votamos a “la derecha”, nos situamos al lado de los malos –que es como si nos condenásemos al infierno político- y si nos abstenemos o votamos en blanco, somos despreciados por los unos y por los otros y no tenenos derecho a existir -aunque seamos seres vivos- ni a quejarnos porque nos situamos en una especie de limbo político. ¡Fascinante!

Pues todo eso, y más, va a formar parte del discurso electoral de los candidatos en los próximos días. Tendremos que ser compasivos con ellos. Al fin y al cabo, muchos se están jugando su puesto de trabajo.Y no sólo eso, sino también su dorada jubilación, ya que, tras dos legislaturas, los parlamentarios europeos gozan de sueldo vitalicio. ¡Cómo no van a poner empeño en esta campaña! Tiene razón el CDS cuando dice que hay que “dignificar la política”. Pero no creo que sea posible con los políticos que tenemos ahora, tan pasados como la propaganda panfletaria que intentan vendernos. Estos ya no nos sirven y además, como dice Cayo Lara, son unos “cansaalmas”.

(22 de mayo del 2009)


Melchor-ZP

Andreu Buenafuente dijo en su programa televisivo que los Reyes Magos van a denunciar a Zapatero por competencia desleal. No me extraña. El presidente del Gobierno aprovechó el debate sobre el Estado de la Nación para sacarse de la chistera una serie de medidas que, más que incentivar la economía, me sugieren operaciones de maquillaje para disfrazar la gravedad de la situación, en lugar de enfrentarse a ella.
No termino de entender cómo regalando ordenadores portátiles a todos los chavales, con ayudas de 2000 euros para comprar un coche, suprimiendo la desgravación fiscal por compra de viviendas, y reduciendo las tasas aeroportuarias, vamos a salir de la crisis económica. ¿No se da cuenta el Gobierno de que mucha gente ya no tiene dinero para comprar un coche nuevo, una vivienda o para hacer turismo en avión?
Es obvio que nuestros gobernantes no saben por dónde meterle mano a la situación y, como malos aprendices de brujos, se dedican a hacer experimentos de laboratorio, utilizándonos como conejillos de indias. Y lo más gracioso del caso es que están encantados de haberse conocido y, tras el discurso de Zapatero, había un ambiente de verdadera euforia en la bancada socialista. ¿Por qué estaban tan contentos? me pregunto.
El mal llamado debate sobre el Estado de la Nación, debía llamarse debate sobre el Estado de los políticos. Porque eso es lo que pudimos ver y comprobar una vez más, el pésimo Estado de nuestros políticos. Sobre el Estado de la Nación no se debatió nada. Tampoco hacía falta. Los ciudadanos tenemos una idea muy clara del Estado lamentable en que se encuentra la Nación. Y ellos, los políticos, no tienen ni idea porque viven en su mundo, cada vez más alejado de la realidad de la gente.
Viven cegados por los flases de las cámaras de fotos, pendientes de la imagen y de los titulares de los periódicos, de las valoraciones y de las encuestas sobre inminentes citas electorales. No pisan el suelo de la calle, porque sus pies caminan desde la moqueta de sus despachos al estribo de los coches oficiales. Me pregunto si, tras el debate, ¿estarán igual de eufóricos que el Gobierno los más de cuatro millones de parados?
Eso sí, cada día somos más “progres” y como guinda de este souflé que se desinfla, el Ejecutivo de Zapatero ha dado luz verde al anteproyecto de Ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo, que permite abortar a jóvenes de 16 años sin el permiso de sus padres. Aún recuerdo el día en que acompañé a mi hija pequeña –entonces menor de edad- para que pudieran ponerle un piercing en la ceja, porque sin mi autorización no se lo hacían. Se me ponen los pelos de punta al pensar que a esa edad se pueda abortar sin el permiso de los padres. ¡Qué disparate, no me cabe en la cabeza!
Sin embargo, a una amiga mía –que tiene más de 50 años- su médica de cabecera se ha negado esta semana a hacerle la receta de un antibiótico, -que le había mandado otro médico, un especialista de su compañía- porque este medicamento era “muy fuerte”. Me gustaría que alguien me explicara por qué se ponen trabas para recetar un antibiótico y, sin embargo, la píldora del día después podrá ser adquirida por adolescentes en las farmacias, sin receta. Tampoco me cabe en la cabeza.
Y ese es el problema que tiene este Gobierno: la falta de cabeza, la falta de criterio razonable, la desorientación que les lleva a confundir la velocidad con el tocino, lo “progre” con la pura aberración. Me da la impresión de que, ante la soledad parlamentaria de Zapatero, y la falta de credibilidad –cada vez mayor- ante los ciudadanos, están promoviendo medidas a la desesperada para recabar el apoyo que necesitan de esa llamada “izquierda”, que nadie sabe lo que es ni lo que representa.
Y así nos va. O puede que lo hagan porque como nuestros jóvenes van a tener muchas dificultades para encontrar trabajo, así al menos podrán dedicarse de lleno a los placeres del sexo, contando con barra libre para abortar. Por lo visto la educación sexual, los métodos anticonceptivos y el sentido común, están ya pasados de moda para este Gobierno. ¡Qué le vamos a hacer! No todos somos tan “progres” y modernos como ellos.

(15 de mayo del 2009)


El problema de los políticos

En el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), figura como uno de los principales problemas que tiene el país, “la clase política, los partidos y los políticos”. Ocupando el séptimo lugar, después del paro, la economía, el terrorismo de ETA, la inmigración, la inseguridad ciudadana y la vivienda, las personas encuestadas consideran “un problema” la clase política que tenemos. No deja de ser ésta una apreciación dramática, si tenemos en cuenta que los políticos deberían ser una solución, y no sólo no lo son, sino que han conseguido –ganándoselo a pulso- que la gente los identifique como un “problema”.
         Se da la circunstancia de que, con arreglo a lo que los encuestados votaron en las últimas elecciones, el mayor porcentaje que considera a los partidos y a los políticos como un problema, son los ciudadanos que votaron en blanco. Mientras que los votantes socialistas suponen el porcentaje más bajo con relación a este asunto, siempre según los datos del CIS. De cualquier forma, que la clase política sea vista por los ciudadanos como “uno de los principales problemas que existen en España”, debería hacernos reflexionar a todos, y especialmente a nuestros políticos.
         Yo sé que hablar de políticos en general siempre es injusto, porque no todos son iguales, pero está claro que nuestros representantes están cada vez más desprestigiados ante los ciudadanos. Y no sólo por la incompetencia que puedan demostrar a la hora de hacer su trabajo y resolver numerosos problemas. No, no sólo por eso, sino por el penoso espectáculo que ofrecen para defender sus intereses, en lugar de los nuestros. Y todo ello sin hablar de las muchas corruptelas en las que algunos están implicados, de sus privilegios, o de saltarse la ley a la torera.
         Cuando estuvo en Albacete el coordinador general de IU, Cayo Lara, se refirió en un acto público a las numerosas irregularidades –probadas en sentencias judicales y por el Tribunal de Cuentas- que había cometido José Manuel Martínez Cenzano, durante sus mandatos como alcalde de Cuenca. Pues bien, este señor fue nombrado Defensor del Pueblo en Castilla-La Mancha. Y yo me pregunto ¿por su buena gestión en el Ayuntamiento conquense, como premio, por su fidelidad al PSOE? ¡Misterio!
Pero no crean que éste es un caso aislado, que afecta sólo a un partido. Los ciudadanos estamos acostumbrados a que los partidos premien a los que peor lo hacen –siempre y cuando sean fieles súbditos, claro- y cuando alguien demuestra ser un inútil en un puesto, eso le debe dar puntos para que enseguida le “coloquen” en otro. Porque el INEM no encuentra trabajo a los parados, pero los partidos… ¡Esos sí que son oficinas de empleo eficaces para sus afiliados! Claro que para eso tienen que ganar, porque cuando pierden, sobre todo si llevan muchos años en el poder, son todos sus asesores y enchufados los que pasan a engrosar las listas del paro.
Aunque también tenemos el caso contrario. Cuanto más “chorizo” es un político, más votos saca en su pueblo. Nuestra reciente historia democrática nos habla de dirigentes implicados en casos de corrupción, que han levantado fervor entre sus votantes y han obtenido todavía más respaldo popular que cuando no eran sospechosos de ilegalidades. Y esto, ¡qué quieren que les diga, todavía lo entiendo menos!
Es evidente que existe como una especie de admiración oculta hacia todo aquel que no obra bien, que incumple la ley, o se aprovecha de ella. En infinidad de ocasiones he escuchado a personas que elogiaban a destacados políticos, cuya honestidad dejaba mucho que desear. Y aún reconociendo que no eran trigo limpio, se les caía la baba mientras decían, totalmente encandilados: “¡pero qué listo es!”.
Quizás se deba a ese lado oscuro que todos tenemos, y que no nos dejan desarrollar, el que estos personajes de la política tengan tanto éxito. Y quizás también por eso, en la encuesta del CIS antes mencionada, la “crisis de valores” ocupa un puesto tan insignificante entre lo que los españoles consideran un problema…Y a mí que me parece que éste es el problema principal. ¡Qué cosas se me ocurren!

(8 de mayo del 2009)


Entre el glamour y la pandemia

No nos falta de nada. ¡Vaya semanita! Por si teníamos pocos motivos de alarma a causa de la economía, ahora nos endosan una oportuna pandemia, sin comerlo ni beberlo. Se trata de la ya famosa “gripe porcina”, a la que enseguida se han apresurado a cambiarle el nombre, porque lo de “porcina” no queda políticamente correcto. La han bautizado como “nueva gripe”, que suena menos cutre, y está mucho más acorde con los modernos tiempos que vivimos. La palabra “porcina”, se asocia con el cerdo. Pero si la gripe es “nueva”, la cosa cambia mucho… aunque sea igual.
El espectáculo de bocas tapadas con mascarilla, que nos han transmitido hasta la saciedad los medios de comunicación, nos ha ofrecido una imagen un tanto apocalíptica y, desde luego, nada tranquilizadora. Y eso que los que siembran el miedo son los mismos que nos quieren convencer de que no hay motivo de alarma ¿En qué quedamos? El hecho de que las mascarillas y los antivíricos se hayan agotado en las farmacias, además de que es una exageración de la gente, demuestra también que no se fían un pelo de lo que les dicen.
Y mientras la pandemia se extiende, en el teatrillo de la alta política se ha desarrollado una puesta en escena, digna de análisis freudiano: la visita oficial de Carla Bruni y su marido a España. En ese escenario de charanga nos hemos olvidado por unos momentos de los virus para adentrarnos en el glamour de las primeras damas. Que una foto de gran tamaño, mostrando a Carla Bruni y a la princesa Letizia de espaldas, haya sido portada a nivel nacional, da mucho que pensar. La cuestión era dilucidar cual de las dos tenía mejor culo. Eso sí, se trataba de reales posaderas cubiertas por sendos modelitos de diseño. ¡Vaya país!
Al margen del glamour de carton piedra y un tanto empalagoso de las damas, yo destacaría el sonado romance que se produjo entre el marido de Carla y Zapatero. Debió influir la primavera que, como todo el mundo sabe, la sangre altera, porque si no, no me lo explico. Sobre todo teniendo en cuenta que, hasta hace unos días, al presidente de la República francesa, ZP le parecía poco inteligente. Pero ya sabemos que el amor es ciego y quizás no haya sido la inteligencia de Zapatero lo que ha cautivado al marido de la Bruni. Quizás ha sido su verbo florido, su gracil forma de moverse y la maestría para manejar la crisis. O, quién sabe, tal vez ese sinuoso baile de cejas picudas sobre los párpados.
¡Ah, l´amour! qué bonito sentimiento… pero efímero. También en  primavera se deshacen romances de toda la vida, que parecían consolidados. Como el de Rosa Aguilar con su Izquierda Unida. ¡Hombre, bien está que la ex alcaldesa de Córdoba estuviera hasta el gorro de serle fiel al amor de su juventud, después de tantos años, pero de ahí a que le comunicase su infidelidad a Cayo Lara dejándole un mensaje en el móvil, va un largo trecho! Por cierto, que el coordinador de IU confesó en Albacete que el día que se entrevistó en Moncloa con ZP, el presidente ya sabía de la fuga de Rosa Aguilar, y no le dijo nada. ¿Esperaba sinceridad?
De todas maneras, no sé cómo se extrañan en IU de que sus cargos públicos se echen en los brazos del PSOE, cuando esa es precisamente la política que ha practicado la coalición con Llamazares, desde que se fue Anguita. El problema que tienen no es que se vaya Rosa Aguilar, sino que la política de apoyo a los socialistas pueda ser el motivo de su próxima liquidación como proyecto. Porque ya no creo que estén en condiciones de remontar el vuelo, a pesar de que Cayo Lara sea ahora más crítico con el PSOE. No obstante, IU mantiene el lastre de seguir gobernando con los socialistas, como en nuestro Ayuntamiento. Obras son amores…

Y entre el glamour y la pandemia, lo que más sigue preocupando son los cuatro millones de parados y el dato de que España ha generado en un año la mitad del paro de toda Europa. ¡Qué dudoso honor! Y aquí en la ciudad circula un chiste, sobre Caja Castilla-La Mancha, que coloca a sus directivos al nivel de modernos Robin Hood… pero al revés. Porque han quitado el dinero a los pobres para dárselo a los ricos. Humor no falta. Aunque sea humor negro. El color de cierto dinero.

(1 de mayo del 2009)


Máscaras

“Susan Boyle ya es más popular que Obama”. Así rezaba un titular del diario La Verdad, refiriéndose a la mujer que se ha hecho famosa tras su actuación cantando en un programa de la televisión inglesa, dedicado a la búsqueda de talentos. Boyle ha protagonizado un fenómeno mediático digno de estudio, ya que ha recibido en el portal de vídeos YouTube, más de cien millones de visitas. Se dice pronto.
         ¿Qué tiene esta mujer de 47 años para que todo el mundo quiera verla y escucharla? ¿Es porque canta muy bien? No, no es sólo por eso por lo que millones de personas en todo el mundo hemos visto y vibrado con el video de su actuación. Susan Boyle canta como los ángeles y sabe utilizar su voz para transmitir emociones. Pero estas cualidades no son suficientes para justificar la extrordinaria atención que ha despertado en todo el planeta. ¿Cuál es el ingrediente fundamental de su éxito?
         Yo diría que su naturalidad sin artificios. Creo que su mayor mérito fue mostrarse ante los demás tal cual era, sin máscaras, siendo ella misma. Hay quien dice que todo fue un montaje, que Susan Boyle es una actriz contratada para representar ese papel. Yo no lo creo pero, en última instancia, me da lo mismo. El efecto que ha causado ha sido impactante, y esto supone que ha tocado alguna tecla en nuestro interior. En el mundo en  que vivimos, con tanta gente obsesionada por la imagen, esta mujer sencilla y espontánea ha sabido conectar con esas cualidades que todos llevamos dentro, pero que quizás hemos olvidado.
En el idioma Griego, la palabra máscara se traduce como persona. Y así es, a lo largo de nuestra vida, todos vamos añadiendo máscaras a nuestro verdadero rostro. A veces tantas, que se nos llega a olvidar nuestra propia fisonomía y no nos reconocemos.  Son máscaras tejidas de normas sociales, de condicionamientos educativos, culturales y religiosos, de presiones familiares, de nuestro deseo de quedar bien con todo el mundo, de sentirnos queridos y aceptados por los demás. ¡Qué gran error!
Susan Boyle se presentó al programa televisivo como si fuera al supermercado frente a su casa. Su aspecto exterior era el de cualquier mujer entrada en años, entrada en carnes, que no va vestida por ningún modisto famoso, ni peinada por ningún experto estilista. Llenos de prejuicios, cuando los miembros del jurado y el público la vieron, se rieron de ella. Más de uno pensaría “¿de dónde se ha escapado!?” Pero cuando esta mujer empezó a cantar, nadie daba crédito a lo que escuchaba y las sonrisas burlonas se trastocaron en auténtica admiración y en aplausos.
Para mí, el mayor éxito de Susan Boyle fue el de atraverse a hacer realidad su sueño como cantante. El de mostrar ese tesoro interior que llevaba dentro, sin renunciar a ser ella misma. Porque ser uno mismo, sin que nos condicionen los demás, es una de las cosas más difíciles de conseguir. Sin embargo –paradojas de la vida- es a lo único a lo que podemos aspirar. Nadie puede ser lo que no es. Y por mucho que se empeñen en convencernos de lo contrario, los olmos nunca darán peras.
Si esta mujer con aspecto pueblerino se ha convertido en sólo unos días en un auténtico fenómeno mediático, es porque millones de personas se sienten identificadas con ella. Porque en el fondo de todos nosotros existe una gran demanda interior de despojarnos de las máscaras que aprisionan y deforman nuestros rostros, y existe un anhelo generalizado de construir un mundo más sincero y más acorde con los nuevos tiempos.

Esa malsana obsesión por la imagen, que proyectamos a diario en la vida cotidiana, en la política, en la vida social, en la cultura, en las relaciones personales, sólo conduce al sufrimiento y nos lleva a desviarnos de nuestro camino evolutivo como seres humanos. Esa fijación por aparentar lo que no somos, y por querer ser aceptados, a costa de nosotros mismos, sólo refuerza una capa de vacío y de superficialidad, que nos oprime y nos envuelve hasta asfixiarnos. Y es esa necesidad de quitarnos las máscaras lo que ha propiciado que Susan Boyle sea ya más popular que Obama. Ha sido una sencilla mujer sin empleo, con una voz sublime, la que nos ha recordado que la belleza y la esencia están en el interior.

(25 de abril del 2009)


Las Seiscientas

Pues no, no consta que los directivos de CCM hayan hecho penitencia, ni que se hayan flagelado en alguna procesión de Semana Santa. Lo que sí consta, según publicó el periódico El Mundo,  es que el ex vicepresidente de esta entidad, Federico Rodríguez Morata “fue visto llevándose apresuradamente de madrugada unos cuantos documentos de su despacho, tras haber sido destituído”. Me pregunto qué papeles serían esos que el ex concejal socialista de “Asuntos Europeos” –¡toma ya!- en el Ayuntamiento de Albacete, no quería dejar en la sede de CCM. Supongo que ése será uno de los grandes misterios sin resolver que nunca sabremos.
         Lo que ha quedado resuelto durante las vacaciones de Semana Santa son los cambios en el Gobierno Zapatero. Al ver la cantidad de savia nueva que adorna el Ejecutivo, me vino a la memoria la frase esa que dice: cambia algo para que todo permanezca igual. De momento ya nos han mostrado hasta la saciedad, con la complicidad de los telediarios, lo mucho que se han reunido con ellos mismos durante las vacaciones. Aunque a alguno, como a Chaves, le sacasen en los papeles “trabajando” en la playa. Habrá que ver lo que son capaces de dar de sí. Aunque, sinceramente, yo no tengo ninguna fe. Es más, cada vez estoy más convencida de que, tal y como está el patio, Zapatero no va a llegar al final de la legislatura. Vislumbro en el horizonte elecciones anticipadas.
         De todas maneras, lo que más me ha impactado en estas últimas dos semanas es el espacio televisivo que “Callejeros” dedicó a las Seiscientas. Confieso que es la primera vez que veía este programa y me quedé flipando al ver en qué situación de deterioro se encuentra este barrio albaceteño. Ni por asomo me podía imaginar que estuviera en tan pésimas condiciones, lleno de basura, hecho un auténtico estercolero, con pisos destrozados sirviendo de perreras, personas conviviendo con la mugre y confesando abiertamente que venden droga, que roban y que amenazan, hasta conseguir que se vaya de allí, a quien no quieran tener en el barrio.
         No, no me acabo de caer del guindo, de sobra sé que existen este tipo de situaciones y que hay barrios marginales en todas las ciudades, pero eso no me consuela. Sobre todo porque hace algunos años, las Seiscientas era un barrio mimado para el Ayuntamiento. Existieron el llamado “Plan 600” y numerosos programas para evitar que pasase lo que, precisamente, ha pasado. No sé en qué momento el gobierno municipal dio por perdido este barrio, dando lugar a que la basura, la miseria y la podredumbre campeen por sus respetos, y sus calles se conviertan en una especie de ciudad sin ley.
         Me sentí avergonzada al ver “Callejeros”. Pero no por la mala imagen que estábamos dando, que al parecer es lo único que preocupa a los políticos, sino al comprobar cómo se ha podido llegar a esa situación de deterioro y desatención en las Seiscientas. Un barrio que también forma parte de ese Albacete de la modernidad que nos venden desde las instituciones. Aunque es obvio que no se enfrenta convenientemente el problema, y nos creemos que al mirar para otro lado éste va a desaparecer.
Seguramente el Ayuntamiento está haciendo allí muchas cosas. Vale, pues está claro que son insuficientes y que no hay derecho a que, en pleno siglo XXI, la gente viva en medio de tanta inmundicia; aún sabiendo que algunos de los que viven allí son responsables directos de la situación tan deplorable que existe en el barrio.
         Tampoco entiendo por qué el Ayuntamiento no ha puesto todavía una línea de autobús que comunique las Seiscientas con la cárcel; dado que muchas mujeres tienen que recorrer a pie varios kilómetros, con sus hijos pequeños, para visitar en La Torrecica a sus familiares. Estoy segura de que si se tratase de un nuevo centro comercial en las afueras, ya se habrían puesto varios autobuses para que tuviéramos una buena comunicación.
         Sé que el Ayuntamiento quiere acometer la remodelación del barrio en un futuro, pero eso no justifica lo más mínimo que las personas que viven allí tengan que hacerlo en el actual estado de miseria e insalubridad. No sé por qué pero me imagino que el actual deterioro de las Seiscientas, tiene que ver con el absentismo electoral de sus habitantes. Penoso.

(18 de abril del 2009)


Responsabilidades por la CCM

Hay que valer. Para todo hay que valer en esta vida. Hay que estar hecho de una pasta especial para seguir manteniendo a estas alturas que el problema en Caja Castilla-La Mancha se ha generado por culpa de la “campaña de descrédito, acoso y derribo” del PP contra esta entidad bancaria. Esto fue lo que dijo el presidente de la región y éste es el discurso que hoy en día mantienen los socialistas, además de repetirnos que “no pasa nada” y que la situación es de “normalidad”. Cuando los políticos insisten con esa contundencia en hacernos ver lo blanco negro, siempre me hago la misma pregunta: ¿de verdad se creerán que somos tan tontos?... Y, por lo visto sí, se creen que abrumándonos con desinformaciones y declaraciones interesadas van a desviar la atención del cáncer fundamental.
         Caja Castilla-La Mancha no vive una situación de “normalidad” y sí, tiene un problema gordísimo. Un problema que no se limita a lo financiero, sino que tiene trascendencia política y unos responsables políticos que son los socialistas en esta región. El PP también tiene muchos problemas por resolver. Pero éste, el de CCM, no lo han generado ellos. Y, si es verdad que Hernández Moltó engañó a todos con las cuentas de la entidad, ni siquiera se puede considerar a los populares cómplices del desaguisado. Sí son cómplices en aceptar esas escandolosas subidas de retribuciones de la cúpula regional de la Caja. Pero quienes han mentido y malgobernado han sido los socialistas, con imprudencia e incompetencia, como ha dicho el gobernador del Banco de España en el Congreso.
         El chivo expiatorio del desaguisado es Juan Pedro Hernández Moltó, pero ¿es el único responsable? Yo diría que no, que hay políticos y empresarios afines al PSOE que tienen su parte de responsabilidad. ¿O es que ahora no van a tener ninguna culpa los que no pagan los créditos que les concedió la Caja? ¿Y los proyectos políticos que se gestionaron con ellos? ¿Todas estas pérdidas se deben sólo al aeropuerto de Ciudad Real o hay mucho más detrás? Afortunadamente estamos viviendo una época de crisis que propicia que se destapen muchas cosas que estaban ocultas. Y ojalá que salga a flote toda la inmundicia que circula por las alcantarillas y que cada palo aguante su vela, porque habrá para todos, ya lo verán.
         Mientras, basta ya de tomarnos por imbéciles, de decirnos que aquí no pasa nada y de querer salvar la cara a fuerza de mentiras. El que quiera seguir ciego y sordo, allá él, pero creo que somos muchos los que ya estamos hartos de que nos cuenten tantos cuentos como si fuéramos niños pequeños. Y basta ya de proyectarse en el de enfrente y de no querer reconocer las propias faltas. Yo espero que se asuman responsabilidades, sean del tipo que sean. Penales, si así corresponde, y también políticas, que éstas están ya muy claras, aunque se pretenda desviar la atención.
         Y, por favor, que dejen de decir tontunas que sólo incitan a la risa. Como la de acusar de no ser “patriota”, al que hace la más mínima crítica hacia cualquier decisión del poder. ¡Vaya una estupidez! ¿Qué es ser patriota, beneficiarse del cargo, cobrar retribuciones disparatadas, beneficiar a los amiguetes y decir a los demás que tienen que “arrimar el hombro” para salir de la crisis? ¡Pues vaya forma de hacer patria! Y, además, esto de utilizar ese lenguaje infantil y patriotero de pandereta y de “manden firmes”, ¡está ya tan pasado, que suena ridículo!
         Creo que conceptos como los nacionalismos y patriotismos, aunque muchos se sigan agarrando a ellos, pertenecen a un pasado totalmente obsoleto. Ahora estamos ya todos mezclados, y a pesar de que las naciones mantengan sus fronteras, los ciudadanos las saltamos hace ya mucho tiempo. Internet nos conecta a todos y cada día se extiende más esa red anónima y solidaria que nos une como seres humanos. Somos muchos los que consideramos que el mundo entero es nuestra patria y que somos habitantes del cosmos. ¡Despierten, patriotas! bajen de sus coches oficiales, y hagan algo útil para proporcionar un trabajo digno a los más de tres millones y medio de parados que tienen en su querida y cacareada patria.

(4 de abril del 2009)


 

Treinta años

La semana próxima se cumplen 30 años de las primeras elecciones municipales en la actual etapa democrática. En Albacete, estos comicios se saldaron con un gobierno socialista en el Ayuntamiento, que presidió Salvador Jiménez. Aunque fue la UCD la que obtuvo más votos, la corporación quedó constituída por 11 representates del PSOE, 11 de la coalición centrista y 5 del Partido Comunista de España, que respaldó al gobierno municipal socialista. Y tanto lo respaldó, que en las elecciones siguientes, cuatro años después, el PCE obtuvo un solo concejal, mientras que el PSOE pasó de los 11 a los 16 ediles.
         Aunque un tango podría decir que 30 años no son nada, a mí me parece que sí lo son y que éste es un buen momento para reflexionar sobre la ilusión, las ganas de trabajar y el empuje que se tenía en aquellos momentos, y a lo que en realidad hemos llegado. No soy de las que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, pues la vida siempre está en movimiento y cada época responde a unas necesidades y prioridades distintas. A pesar de eso, y salvando las distancias, sí echo mucho de menos el espíritu que presidió en aquella primera Corporación.
         Tuve la suerte de ser un privilegiado testigo de todo el acontencer municipal desde el desaparecido periódico La Voz de Albacete. Y tuve la inmensa fortuna de vivir en primera línea aquella época apasionante de nuestra historia que se caracterizó, entre otras cosas, por la pasión, la dedicación y el interés que ponían los políticos de entonces para construir un Albacete mejor. Es cierto que había mucho por hacer, y eso facilitaba la tarea, pero esta circunstancia no resta ningún mérito, desde mi punto de vista, al espíritu que guió esa primera corporación, y que después se hizo extensivo en la segunda, presidida por otro socialista, José Jerez.
         Varios años después de esta época, un concejal me dijo en una ocasión que estaba en el Ayuntamiento para pagarse el coche nuevo que se había comprado y cuyas letras se prolongarían durante cuatro años; justo el tiempo que duraba ese mandato. Este comentario, que me dejó bastante perpleja en su día, era impensable que lo hiciera ninguno de los ediles que formaron esa primera Corporación municipal. Por desgracia, este criterio  mercantilista del cargo -un poco ingenuo- del edil aludido, no es nada en comparación con los intereses personales y políticos y actitudes, más que sospechosas, que he visto después.
         Como he dicho, no se trata de mitificar aquellos tiempos ni a aquellos concejales, pero sí decir que trabajaban al unísono, y ponían su esfuerzo común por mejorar esta ciudad, por encima de sus diferencias partidistas. Y a veces, hasta tenían que poner dinero de sus propios bolsillos. Eso no quiere decir que lo hicieran todo bien. Había muchas carencias, metían la pata como cada hijo de vecino, y se les criticaba por ello. Cosa que, aunque no les gustase, asumían con naturalidad.
También se montaban broncas y los ediles de UCD –con un partido sumido en una permanente crisis interna- a veces hacían “la espantá” y abandonaban el Pleno como protesta por algún asunto, que casi siempre afectaba a la política nacional. Todo ello formaba parte del juego democrático, pero a nivel personal existía una gran camaradería entre toda la Corporación y las carencias se suplían con una ilusión compartida.
Y es precisamente ese espíritu de colaboración el que muchas veces echo de menos. Sé que es difícil mantener la misma ilusión que hace 30 años, porque han pasado muchas cosas y la sombra de la corrupción no ha dejado de enturbiar la vida pública. Pero sería más fácil si los partidos se decidieran, de una vez por todas, a hacer reformas para promover listas abiertas, limitar los mandatos de los cargos y favorecer la transparencia en la vida pública. Pero de verdad y no sólo en los discursos. Quizás algunos deberían seguir el ejemplo del primer alcalde, Salvador Jiménez, que dijo que sólo estaría un mandato frente el Ayuntamiento, ¡y lo cumplió! Este detalle parece impensable hoy en día que casi nadie se quiere ir, ni aunque haya pagado ya las letras del coche.

(28 de marzo del 2009)


Privilegios escandalosos

En pleno puente de San José  y con la mirada puesta ya en las vacaciones de Semana Santa, la actualidad política sigue salpicada de enfrentamientos y escándalos, con el dramático telón de fondo de las cifras del paro. Hay quien me dice que la tan cacareada crisis no se nota, que la gente sigue aprovechando cualquier resquicio para viajar y que hoteles y restaurantes están llenos. Yo siempre contesto que aún no nos ha llegado, que existe una amplia capa de la sociedad que conserva sus trabajos y sus sueldos, y que aún no hemos vivido la crisis. Todo se andará.
Pero hay otros, los más débiles, los que no tienen trabajo ni ahorros que les sirvan de colchón, los que no tienen varias casas, los que no tienen planes de pensiones, los que viven al día, con lo puesto, los que malviven con una pensión ridícula, a esos sí que les ha llegado ya la época de las vacas flacas y están sufriendo las consecuencias. Me puedo imaginar cómo tienen que ver todas estas personas el despilfarro que existe en la vida pública y los privilegios que disfrutan muchos de nuestros políticos.
Porque sí, no nos engañemos, la mayoría de los políticos gozan de unos privilegios que no tienen el resto de los ciudadanos. Salvando las distancias, a veces me parece que seguimos viviendo en la época feudal donde los poderosos campaban a sus anchas, mientras el pueblo se moría de hambre. Las diferencias sociales ya no están tan acentuadas, tampoco se practica el “derecho de pernada”, pero los que mandan siguen gozando de unos privilegios, que ellos mismos se han otorgado en las distintas instituciones públicas, con la complicidad de la democracia.
La prensa nacional publicó el pasado domingo que entre los 17 gobiernos autonómicos se reparten más de 1.200 coches oficiales destinados a los altos cargos. Y no voy a entrar en el tema de las marcas –aunque es obvio que se trata de coches de lujo- porque eso ya me parece lo de menos. Más escandalosos todavía me resultan otros privilegios. Como la acumulación de sueldos –algunos vitalicios- que tienen muchos de nuestros políticos, en función de los cargos públicos que han ido ocupando.
Cualquiera que deje un puesto de trabajo y ocupe otro, sólo cobra por el trabajo que desarrolla, no por el que dejó atrás. Bueno, cualquiera no, porque los ex ministros, los ex altos cargos del Estado y también de algunas autonomías, perciben desde el año 1980, más de cinco mil euros al mes –sí, sí, han leído bien- por el cargo que ocuparon. Eso sin contar los escoltas, el coche oficial y el despacho a los que también tienen derecho por ser quiénes fueron en el pasado. Si a ello le sumamos lo que cobran por el puesto que ocupan ahora, pueden imaginar los miles y miles de euros que perciben estos políticos. ¡Y que no me vengan con el rollo ese de que en la empresa privada ganarían más y se están sacrificando por nosotros!
Me pregunto por qué un miembro del Parlamento Europeo –cuyas elecciones se celebrarán en junio- tiene que gozar de un sueldo vitalicio, sólo porque haya sido diputado en Estrasburgo durante dos legislaturas. Vayan sumando la cantidad de ex parlamentarios que disfrutan de ese privilegio. Y lo peor de estas situaciones es que, como afectan a todos los partidos, y todos se benefician de ellas, nadie está dispuesto a cambiar estos privilegios. Eso sí, luego nos piden austeridad, sacrificios y que “arrimemos el hombro”. ¿Más? Si ya nos duele de tanto empujar el carro en el que ellos llevan subidos años y años sin bajarse.
Todas estas cuestiones son conocidas, pero mi pregunta es: ¿Tenemos que seguir aceptando como normales estos escandalosos privilegios de los que disfrutan nuestros políticos? A mí no me parecen aceptables. La casta política debería regenerarse a fondo y predicar con el ejemplo porque es evidente que la gente normal, de la calle, está cada vez más alejada de sus representantes. Claro que a ellos les da igual, al fin y al cabo no buscan nuestro cariño, ni siquiera nuestro respeto. Lo único que quieren es perpetuarse en los cargos y seguir subidos al carro de los privilegios. Y mientras se lo consintamos, así será.

(21 de marzo del 2009)


Aniversario

El Ejecutivo, tan aficionado a fastos, festejos y a publicitar sus logros, ha decidido no celebrar su primer año al frente de la nación, tras las últimas elecciones generales. Ha hecho bien porque no hay nada que celebrar y el país no está para tirar cohetes. Y tampoco conviene provocar a las miles de personas que cada día pierden su puesto de trabajo. Se habla del primer año de Zapatero, como si no hubieran existido los cuatro anteriores, pero en realidad lo que se cumplen son cinco años de socialismo en el poder. Un año podría considerarse poco tiempo para resolver ciertos problemas acuciantes, pero cinco es ya más que suficiente como para que el Gobierno afronte la tormenta, en lugar de esperar a que escampe.
Puede que nuestro presidente sea un secreto seguidor de Gandhi y piense que las cosas se van a solucionar practicando la resistencia pasiva. Concedámosle, incluso, el beneficio de la duda y pensemos que su política de negar lo evidente en la anterior legislatura, era auténtica. Que estaba tan en la inopia, depilándose la ceja, sonriendo y mirándose el ombligo, que no se daba cuenta de lo que pasaba en su país. Pero ahora, con casi cuatro millones de parados, ya no tiene excusa y debería ejercer como presidente de Gobierno, y por tanto responsable de la situación, en lugar de seguir actuando como si estuviera en la oposición.
Porque una de las cosas que me ha llamado siempre la atención es la capacidad que tiene el Gobierno socialista para responsabilizar a los demás -la oposición, la crisis económica, la iglesia, las fases de la luna...- de los males de este país; aunque ellos lleven ya cinco años ocupando la Moncloa. Y digo ocupando con toda intención, porque para mí los políticos son sólo unos okupas circunstanciales, que se instalan provisionalmente en las instituciones -eso sí, con toda la legalidad de su parte- hasta que nosotros, los ciudadanos, los que realmente tenemos el poder, los desalojamos a través de las urnas.
La verdad es que el balance de este último año no puede ser más nefasto para los socialistas. Sólo las cifras del paro serían suficientes como para que el Gobierno se pusiera las pilas de verdad. Pero no, ahí siguen mareando la perdiz con su política de imagen y de gestos, con sus abortos y sus tontunas, esperando que el chaparrón sea sólo una nubecilla de verano, que el cosmos vuelva a su orden natural y Zapatero siga sonriendo por toda la eternidad, mientras los palmeros y mariachis que tiene alrededor, le siguen riendo las gracias.
Pero la vida sigue, y aunque el Gobierno no ha celebrado su aniversario, una empresa de juegos de ordenador acaba de sacar al mercado un videojuego llamado Yo Presidente: Crisis Global. Gracias a este espacio virtual, el jugador puede adoptar el rol de Zapatero, o de cualquier otro presidente, y buscar soluciones para la crisis, el terrorismo, el paro, el deterioro del medio ambiente, o cualquier otro problema que afecte al país. Hombre, no está mal el invento, quizás así algún chaval de secundaria pueda encontrar remedios que, según parece, el Gobierno no encuentra para solucionar los conflictos que nos afectan.
Pero no crean que el videojuego está elaborado sólo para ofrecer la posibilidad de resolver problemas importantes, no. Yo presidente plantea situaciones menos trascendentes, en las que el político elegido tiene un romance con alguien que milita en el partido de la oposición. ¡Cielos, esto sí que me parece una propuesta interesante! Quizás fuera la solución para que las dos fuerzas políticas más votadas se pusieran a trabajar en la misma dirección.
No sé lo que pensarán ustedes, pero desde que me he enterado de esta posibilidad no dejo de hacer cábalas sobre posibles candidatos a estos supuestos romances. Vamos a ver… Zapatero con Esperanza Aguirre. No, no, no se pegan - se pegan, pero no en el sentido que a mí se me ocurre- Rajoy con la vicepresidenta De la Vega… No, no, menos todavía… ¡Ya sé, Garzón con Soraya Sáenz de Santamaría! ¡Ah, no, si Garzón no es del PSOE!... En qué estaría yo pensando.

(14 de marzo del 2009)


Discursos

La anécdota ha dado la vuelta al mundo. Me refiero al lapsus lingüístico que tuvo el otro día el Presidente del Gobierno, al hablar del acuerdo firmado para “estimular, favorecer, follar y apoyar” el turismo de españoles en Rusia. No sabemos si Zapatero se estaba refiriendo al llamado “turismo sexual”; cosa que podría tener cierta lógica si el acuerdo se hubiera suscrito con el gobierno de algún lugar “cálido” como las islas del Caribe, pero con el frío que hace en Rusia, no parece que éste sea el país más adecuado para este tipo de turismo.
         Puede que el hombre estuviera pensando en sus cosas y se le fuera un poco la pinza. O quizás tenga a algún asesor “gracioso” que le escribió el discurso, para vengarse de alguna afrenta, y el presidente se limitó a leerlo en voz alta, sin saber muy bien lo que estaba diciendo. La cosa no tiene mayor importancia, sólo es una anécdota y hasta resulta graciosa. Como muy bien sabemos todos los que escribimos, hay erratas que mejoran el original, y ésta sería una de ellas, pero no puedo evitar que este lapsus lingüístico me haya llevado a reflexionar sobre los discursos que pronuncian algunos de nuestros políticos.
         En las elecciones del 82, siendo candidato a la presidencia del Gobierno Felipe González, tuve ocasión de viajar como periodista en el autobús del entonces líder de la oposición, durante un día de campaña. Todo auguraba el triunfo histórico de González, y había una expectación y una ilusión tremenda, que yo compartía. Pues bien, ese día le escuché intervenir en tres mítines en distintos lugares –uno de ellos en Hellín- y el resultado fue demoledor para mí.
         Los tres mítines fueron tres calcos. En todos dijo lo mismo, con las mismas palabras, haciendo las mismas pausas y contando los mismos chistes, que eran acogidos con las mismas risas del público en los mismos momentos. Como digo, fue demoledor porque parecía el personaje de una obra teatral, repitiendo una y otra vez el mismo papel, ante un público que se asemejaba demasiado al que había asistido a la función anterior.
         La misma sensación de puesta en escena que tuve entonces, he vuelto a experimentarla esta semana en Albacete, durante la inauguración de la Casa de la Cultura José Saramago. Hacía muchos años, desde que dejé el periodismo activo, que no había asistido a este tipo de actos –pues bastantes me tragué cuando estaba obligada a ir- y al escuchar alguno de los discursos que allí se pronunciaron, me dio la impresión de que el tiempo se había detenido porque se dijeron las mismas frases –exactamente las mismas- que se vienen diciendo desde hace más de dos décadas.
         Frases vacias como: “hay que arrimar el hombro”, “no hay que poner palos en la rueda”, “es de bien nacidos ser agradecidos”, y cosas por el estilo, que estamos cansados de oír, sólo contribuyen a que muchos ciudadanos tengamos la sensación de estar asistiendo, una y otra vez, a un espectáculo repetido, con un mismo guión, que a estas alturas ya huele a rancio, casposo y obsoleto. ¡Qué falta de imaginación!
         El hecho de que sigamos viendo a los mismos políticos que veíamos hace más de veinte años no contribuye precisamente a darle frescura a sus mensajes. Pero ya que ellos no cambian, al menos deberían cambiar su discurso. Porque de verdad, queda fatal que repitan siempre las mismas frases huecas que, a fuerza de decirlas, han perdido su significado; si es que alguna vez lo tuvieron más allá de quedar bien con la galería.
         Está claro que ninguno de nuestros actuales políticos va a pasar a la posteridad por sus discursos. Y digo yo, si ellos no saben ¿para qué tienen tantos gabinetes y tantos asesores y llevan esa nube de séquito a su alrededor? ¡Porque hay que ver la parafernalia que montan en cada sarao! ¿Es que no son capaces entre todos de tejer un discurso coherente, sincero y creible, más allá de las consignas y las frases comunes? Claro que para eso, los primeros que tendrían que creérselo serían ellos, y me parece que no es así. Porque si se lo creyeran, las palabras saldrían de dentro, y no tendrían que recurrir a discursos artificiales y pasados de moda.

(7 de marzo del 2009)


Actualidad de chiste

Me ha llegado un chiste por el correo electrónico en el que se cuenta que está Garzón en la soledad de su despacho, redactando una providencia de 400 folios, cuando escucha que alguien le está chistando. El juez levanta la vista pero no ve a nadie. Al cabo de unos segundos le vuelven a chistar. Perplejo, inspecciona su despacho y, nada. Por tercera vez se repite el episodio y entonces Garzón se percata de que es el Cristo del crucifijo que preside su despacho el que le está llamando y le dice: ¿Y de lo mío, qué? ¿Cuándo procesamos a Pilatos?
         Uno de los ingredientes fundamentales de la vida es el sentido del humor. Me encanta el “talante” que tiene la gente para sacarle punta a cualquier situación y hacer un chiste de los sucesos aparentemente serios que vivimos todos los días. Si en lugar de cabrearnos con los políticos viendo los informativos por televisión, escuchando la radio, o leyendo el periódico, nos los tomásemos a broma, la vida sería mucho más divertida.
         Puede que los chistes no sean más que una forma de soltar la tensión acumulada y desdramatizar hechos aparentemente dramáticos, pero está visto y comprobado que quien encara la existencia con sentido del humor, y es capaz de reirse de sí mismo y de los demás, lleva mucho camino andado en esta escuela de la vida. Entre tomarse las cosas a la tremenda y verle su lado gracioso –pues todo tiene su parte cómica- hay una gran diferencia a la hora de encarar el mundo.
         Tenemos la suerte, además, de que la actualidad política nos sirve todos los días en bandeja múltiples ocasiones para reirnos, y cada telediario nos puede servir, si nos lo proponemos, para hacer un curso de risoterapia, de esos que ahora están tan de moda. Tengo que confesar que no termino de entender que alguien tenga que pagar por reír, y necesite un monitor para que le enseñe a hacerlo, siendo ésta una facultad innata en el ser humano. Sobre todo porque, como digo, la actualidad nos sirve todos los días un gran escenario y muchísimos actores, que bien podrían formar parte del Club de la Comedia.
         Les aconsejo que lo intenten y verán como da resultado. Cada vez que escuchen alguna sesuda declaración sobre el final de la crisis económica, o vean a los diputados aplaudiendo y llamando “torero” a algún ministro, que dice que no va a dimitir aunque le queden dos telediarios, ríanse. Tómenselo con sentido del humor y contemplen la noticia como si se tratara de la escenificación de un chiste… Porque eso es en realidad: un chiste.
         Claro que los chistes pueden ser buenos y malos. Los malos no hacen reír a nadie, y hasta para contarlos hay que tener cierta gracia; virtud que no adorna precisamente a todos nuestros chistosos políticos. A veces, aún sabiendo que lo que nos están diciendo parece una broma, no hay manera de que podamos aceptarlo como tal. Pero, insisto, todo es cuestión de práctica y de empezar a ver con otros ojos y a “disfrutar” el patético panorama político que tenemos y que, al menos por el momento, no veo con posibilidades de cambio.
         Y si ellos no cambian, tendremos que hacerlo nosotros; aunque sólo sea por nuestra salud psíquica y mental. Para ello viene muy bien, de vez en cuando, hacer un ayuno de actualidad. Sobre todo después de un periodo de empacho de tontuna política, como el que estamos viviendo últimamente. Sí, ya sé que cuesta. Ya sé que para los adictos a la información y a enterarse de todo lo que se cuece no resulta fácil. Pero no hay más remedio. Hay que ser fuertes y, aunque sea sólo por veinticuatro horas, apagar la tele, dejar de escuchar la radio y no leer el periódico.
         Y, por supuesto, no husmear todo el día Internet. ¡Ah, la Red, cómo vivir sin conectarse a ella! Claro que mirar el correo electrónico tampoco está tan mal. Uno puede encontrarse con chistes como el que encabeza este artículo, o incluso con una frase como ésta que ví el otro día: “Probablemente, Zapatero no existe. Deja de preocuparte y disfruta la crisis”. Pues eso, “a vivir que son días”, con permiso de la Ser. Al fin y al cabo, de eso se trata. ¡Ser o no ser, esa es la cuestión!

(28 de febrero del 2009


Bajo sospecha

Tenemos el patio del recreo muy alborotado. Por todas partes empiezan a aparecer supuestas irregularidades y corrupciones que están poniendo bajo sospecha a la clase política de este país. Se diría que los que ocupan unos pupitres en el parvulario de la Carrera de San Jerónimo, y los que se sientan enfrente, han decidido poner el ventilador en marcha hasta que la inmundicia salpique a todos.
La generalización siempre es injusta, no todo el que se dedica a la política es corrupto, pero si los escándalos salpican a todos –justos y pecadores- es porque navegan en el mismo barco y a todos corresponde enderezar el rumbo. En los tiempos que corren no vale mirar para otro lado, cuando es toda la clase política la que está bajo sospecha.
Y hablando de sospechas, vamos a quedarnos en Castilla-La Mancha y en Andalucía; dos comunidades autónomas que confunde Bermejo, el ministro cazador, quien creía que la finca de Jaén, en la que cazó con el juez Garzón, estaba al lado de Puertollano; razón que ha esgrimido para justificar que en la famosa cacería, persiguió a los pobres bichos sin la licencia correspondiente. ¡Hombre, despistes aparte, que el ministro de Justicia se salte la ley tan alegremente me parece bastante preocupante!
Por otro lado, ¿recuerdan cuando los dirigentes socialistas utilizaban en su discurso contra los populares, que éstos sólo venían a Castilla-La Mancha a cazar? Esa frase la habré oído más de mil veces en los mítines electorales. Pues bien, parece que las cosas no han cambiado mucho y que nuestra región sigue siendo coto de caza para los políticos. La diferencia es que ahora, los que antaño criticaban estos comportamientos, son los que nos visitan con las escopetas.
Pero sigamos en el Territorio donde se encuentra bajo sospecha la Caja de Castilla-La Mancha que, según parece, negocia, o le negocian, una fusión –o absorción, o abdución- con la andaluza Unicaja, gracias a la “sugerencia” del dirigente socialista Pepe Blanco, según una información periodística publicada. Claro, estando Jaén al lado de Puertollano, es lógica esta operación financiera, que podría llevarse a cabo siempre que el Gobierno ponga sobre la mesa una sabrosa cantidad de millones –de nuestros impuestos- que Unicaja pide para compensar las pérdidas de  CCM.
Pero no hay de qué alarmarse. Según dijo el presidente de Caja Castilla-La Mancha –en una rueda de prensa en la que no se admitieron preguntas, por cierto- toda esta movida es fruto de “una campaña contra la imagen de CCM, que dura ya más de un año”. ¡Qué manía les ha entrado a todos con las campañas! Ellos, tan cumplidores, tan sacrificados y tienen que aguantar que la mala gente se invente campañas de imagen en su contra… ¡Por favor, un poco de respeto para el personal!
Y puestos a recordar, ¿se acuerdan del actual presidente de CCM, Juan Pedro Hernández Moltó, cuando era diputado socialista y protagonizó con Mariano Rubio –entonces presidente del Banco de España- esa idílica escena en la que le pedía que le mirase a los ojos para ver si mentía? ¡Cómo cambian los tiempos! Ahora habría que pedir a Hernández Moltó que nos mirase a los ojos para ver si miente… Aunque para qué, en realidad no hace falta, lo tenemos claro.
A estas alturas de la película todos sabemos que las cajas son instrumentos en manos de los partidos políticos que las controlan. Y me pregunto, ¿qué tendrá la política que todo lo que toca lo convierte en podredumbre, hace que deje de funcionar y de cumplir su cometido? Lo mismo ocurre con los medios de comunicación, con la justicia, con los sindicatos, y con todas esas asociaciones que son subvencionadas por las instituciones para que actúen como mera comparsa del poder.
Este es uno de los dramas de nuestra democracia: la instrumentalización política que sufren todas las organizaciones en las que se sustenta el sistema. Por eso es el propio sistema el que está en crisis, por eso toda la clase política está bajo sospecha y por eso –insisto- todos debemos reflexionar sobre nuestro cometido en este barco que se hunde.

(21 de febrero del 2009


Cacería

¡Qué poco evolucionamos! Yo creía que esto de aprovechar las cacerías para las conspiraciones políticas y los negocios era algo que pertenecía al pasado. Sinceramente, pensaba que cuando llegaron los nuevos ricos al poder las “gestiones” habían cambiado de escenario, trasladándose a los campos de golf. Y francamente me alegraba porque entre darle golpes a una pelotita y liarse a tiros contra ciervos y jabalíes, prefiero lo primero. Sobre todo pensando en los pobres bichos. En los de cuatro patas, me refiero.
         Pero no, mira tú por dónde la actualidad política de la semana nos ha retrotraído a la época de Franco, aunque cambiando los bigotillos por un look más “progre”, más acorde con estos tiempos. A poco que dejemos volar la imaginación podemos encontrarnos con un escenario similar al que retrató Berlanga en “La escopeta nacional”. A pesar de que a la cacería de marras no asistiera José Luís López Vázquez ni ningún cura con sotana. Aunque la ausencia del clero tampoco puedo confirmarla con seguridad, dadas las imágenes de idilio entre el gobierno y el poder eclesiástico que vimos hace unos días.
         Lo dicho, qué poco evolucionamos, y qué tufillo a rancio y a podrido se desprende de toda esta movida entre los dos grandes partidos, que acaparan la mayoría de votos en nuestro país, con el telón de fondo de las elecciones gallegas y vascas. Todo ello sin echar en saco roto los datos del último sondeo del CIS, según el cual socialistas y populares, empatarían en el caso de que hoy se celebrasen elecciones generales. ¡Pues lo llevamos claro, si la alternativa está entre “Málaga y Malagón”!
Y en este escenario de escopetas, “charanga y pandereta”, no hay que olvidar el papel desempeñado por el juez-estrella al que, entre sus muchos méritos, que sin duda tiene, hay que reconocerle el don de la oportunidad. Ya resultó muy oportuno cuando hace años destapó la trama de los Gal, justo después de formar parte de la candidatura socialista por Madrid, para el Congreso de los Diputados. Así que no debe extrañar a nadie que en otras ocasiones posteriores, y también en estos momentos, siga ejerciendo su preciado don de la oportunidad.
Pero no dejemos que los árboles nos impidan ver el bosque. Y el bosque, mal que nos pese, es más de lo mismo: tramas de corrupción política, soborno a funcionarios y cargos públicos, con regalos y dinero,  para obtener contratos; defraudación fiscal…etc. ¿No les suena la música y la letra? Yo diría que esta canción ya la conocemos, la hemos escuchado en el pasado y seguimos escuchándola ahora. Puede que los intérpretes cambien, pero la banda sonora es la misma y el guión de la película ya nos resulta familiar.
Y esto es lo más preocupante, que no evolucionamos, que no aprendemos. Parece como si viviéramos eternamente el Día de la Marmota; como en esa película en la que los actores están condenados a repetir una y otra vez el mismo día, hasta que aprendan de su errores y puedan pasar a vivir una nueva jornada. Lo que me pregunto es ¿cómo se hace eso? ¿Qué tenemos que hacer para que se acaben ya de una vez las cacerías, porque no haya nadie a quien cazar… Ni siquiera a los pobres bichos.
Rosa Díez –que cada día tiene más adeptos- le dijo el otro día a Zapatero en el Congreso que, si no era capaz de solucionar la crisis económica, que se fuera y convocase elecciones generales. Bien, ¿y qué ganamos con eso, si se van a presentar los mismos, con su misma forma de hacer política, con sus mismos criterios y con idénticos intereses? De poco nos sirven otras elecciones, si no realizamos todos cambios profundos.
Y no me refiero sólo a los políticos y a los partidos que concurren a los comicios –y que tienen mucho que cambiar- sino también a los ciudadanos que los elegimos. Todos deberíamos reflexionar sobre nuestro papel en este teatrillo que vivimos cada día, si no queremos seguir repitiendo siempre el mismo guión, en el mismo escenario; aunque de vez en cuando cambie el decorado.

(14 de febrero del 2009)


Listas negras

Las listas negras han existido desde hace siglos, en cualquier ámbito relacionado con los distintos poderes. Y lo peor es que este manía de calificar a los demás según sus afinidades políticas, sus creencias religiosas o incluso sus tendencias sexuales,  no es algo que pertenezca al pasado; son comportamientos que hoy en día, metidos ya en el siglo XXI, aún se siguen practicando.
La última muestra nos ha llegado a través de una lista negra de periodistas de esta región, concretamente de Toledo, que ha sido elaborada –supuestamente- desde el Partido Popular y filtrada a los propios medios de comunicación regionales por alguien que dice ser militante del PP.
Haya hecho quien haya hecho la lista, la cuestión es que ésta existe y ha sido distribuida. Desde el PP niegan ser los autores, pero teniendo en cuenta la habilidad que tiene este partido para hacerse la oposición a sí mismo –en vez de al gobierno- no me extrañaría nada que la famosa lista proceda de sus filas; algo que, obviamente, no van a confesar.
En esta lista negra se nombra a los periodistas toledanos de prensa escrita, radio y periódico digital con nombres y apellidos. Sólo como muestra, reseñaré alguna de las frases que los califican, omitiendo sus nombres. Dicen cosas como éstas: “Es amigo nuestro”. “No publica nada interesante, va a su puta bola”. “Claramente de los nuestros; siempre podemos recurrir a él cuando necesitemos saber los pasos que van a dar los…” “Hoy es de nosotros pero mañana es de ellos. Estará al lado de quien mejor le pague”. “Manipuladora de cuantos periodistas tiene Toledo. Es nuestra enemiga y siempre que puede va a por nosotros”. “Ni pincha ni corta, aunque sabemos que es la voz de su amo…”
Creo que es suficiente. Como muestra basta un botón y en estas frases hay todo un racimo de botones que viene a demostrarnos en qué ocupan su tiempo algunos de los que elegimos y pagamos para que resuelvan nuestros problemas. Porque no vayan a pensar que éste es un caso único o una excepción en la vida política de nuestro país. No, por desgracia las listas negras son muy frecuentes en muchísimos ámbitos de la vida pública –y lo digo con conocimiento de causa-; aunque no es habitual que se filtren a la prensa.
Ahora les ha tocado a los periodistas de Toledo, mañana les tocará a otros colectivos. Puede que desde otra formación política, o desde cualquier institución, o desde cualquier medio de comunicación, o desde cualquier empresa… Desde donde sea, contra cualquiera que no sea considerado “claramente de los nuestros”. Y si es abiertamente contrario, menos quemarlo por hereje –que ya no está de moda- se moverán todos los engranajes del poder para “aniquilar”  y desprestigiar al sujeto en cuestión.
Y mientras seguimos jugando a este juego tan antiguo de quiénes son los buenos y quiénes los malos, de quién es mi amigo y quién mi enemigo, mientras sacamos de las entrañas nuestra propia dualidad, para proyectarla en los otros, el chiringuito que tenemos montado se va viniendo abajo sin remedio, y las colas del paro son cada vez más largas.
Menos mal que el gobierno ya ha identificado al enemigo: los bancos. A los que el ministro de Industria amenaza diciendo que la paciencia del Ejecutivo se está agotando. ¡Qué hombre más iluso! Ha tenido que salir Pepe Blanco a poner las cosas en su sitio, declarando que “la paciencia del Partido Socialista –con los bancos- es ilimitada”.
Y tanto. La paciencia del PSOE es ilimitada, y directamente proporcional a la paciencia que tienen los bancos con el partido del Gobierno –y con otros- a la hora de cobrarle los millones de euros que les adeudan por las campañas electorales.

La que no es ilimitada es la paciencia de los ciudadanos que, por cierto, no salen de su asombro al comprobar cómo un gobierno tan “progre” demoniza un día a los creyentes, y otro se arrodilla y se viste de púrpura para hacer juego con el poder eclesiástico. ¡Jesús, qué cosas!

(7 de febrero del 2009)


Preguntas incómodas

El presidente del gobierno tiene un problema de credibilidad ante los ciudadanos. Y esa falta de credibilidad es la que se escenificó en el espacio televisivo Tengo una pregunta para usted. ¡Hay que ver qué diferencia entre el programa que se emitió el pasado lunes, y el que Zapatero protagonizó en marzo de 2007! Han pasado casi dos años desde entonces y las cosas, no sólo no han mejorado en este país, sino que han empeorado considerablemente.
En mi opinión, para constatar en qué situación se encuentra el país no hay que fijarse en las respuestas del presidente, sino en las preguntas de los ciudadanos… Y en las caras. Las caras de los que preguntaban y la de Zapatero, que no podía disimular la poca gracia que le hacía aquel aluvión de críticas. Quizás ésta sea la razón por la que el programa finalizó veinticinco minutos antes de lo previsto.
Tampoco los ciudadanos estaban para bromas. Vimos rostros serios, gestos de escepticismo, sonrisitas, negativas con la cabeza ante las respuestas del presidente, réplicas -hasta donde dejó el moderador, claro- y algún bostezo mientras Zapatero intentaba convencer a la audiencia, con poco éxito, me parece, de que no había mentido con relación a la crisis.
Casi todas las preguntas se centraron en lo que más afecta a los ciudadanos en estos momentos: el paro, la falta de perspectiva de trabajo a partir de ciertas edades, la escasez de recursos económicos… Curiosamente, no se mencionaron ni el terrorismo, ni la inmigración, ni la vivienda, ni la inseguridad ciudadana, citados por el CIS entre los seis principales problemas de España.
De todas las preguntas que hicieron a Zapatero voy a destacar una porque creo que tiene una gran importancia, y se refiere a un tema del que casi nadie quiere hablar. Me refiero a la pregunta de un joven traductor, sobre la venta de armas a Israel, que el presidente no pudo negar, a pesar de que quedó patente en su rostro lo que le molestó el asunto.
Aunque Zapatero fijó en un millón de euros el comercio de armas de España con Israel, durante el pasado año, lo cierto es que, según el último informe del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio al Congreso de los diputados, durante el primer semestre de 2008 nuestro país exportó a Israel material de defensa por un valor de 1.551.933 euros. Una parte de este material incluía fusiles, pistolas, ametralladoras, silenciadores, cargadores y visores. En el 2007 se exportaron también carabinas, revólveres, torpedos, bombas, misiles cohetes y explosivos. Siempre según los datos oficiales de este ministerio.
En fin, qué quieren que les diga, no me parece que este material sea apropiado para la jardinería ni para construir la paz. Me alegro muchísimo de que alguien le hiciera esta pregunta a Zapatero, ante una audiencia televisiva de casi siete millones de espectadores. No porque yo crea que ahora el partido del Gobierno va a ser más coherente entre lo que predica y lo que hace, no. Me conformo con que, cuando aparezcan como los abanderados de la paz, los ciudadanos reflexionen y determinen si realmente es así, o si nos están engañando. Me conformo con que, cuando el PSOE movilice a la gente de buena fe para manifestarse contra la guerra, ésta se pregunte por qué están gritando a favor de la paz, mientras favorecen los conflictos. No se puede hacer bandera del «no a la guerra» y vender armas al mismo tiempo. Y me gustaría también que, no sólo el partido que gobierna, sino el que los sostiene en el poder - me refiero a Izquierda Unida- reflexionase sobre la incoherencia de su propio pacifismo, del que hace gala.
No se puede servir a dos amos a la vez. Si Zapatero quiere, como dijo, que la industria armamentística española prospere, me parece lógico, desde ese punto de vista, que venda armas a Israel y a cualquier otro país que esté en guerra. Pero que suelte ya la bandera de la paz, y no diga que las armas que vendemos no son para matar. ¿Es que son de juguete?

(31 de enero del 2009)


Esperanza

         Mucho se ha dicho a estas alturas sobre el discurso que pronunció Barack Obama, tras su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos. Elogiándolo o criticándolo, a favor o en contra, resaltando las luces o las sombras. A mí me ha parecido un buen discurso porque ha sabido combinar aspectos duros y apegados a la realidad, propios de la época difícil que vive su país –al igual que el nuestro- pero sin olvidar los ideales que deben presidir toda acción política.
         No ha sido un discurso autocomplaciente ni para satisfacer a la galería. En ningún momento ha ocultado Obama que los problemas a los que se enfrentan son graves y numerosos, que no será fácil resolverlos, ni se podrá hacer en poco tiempo. Sin embargo, con la misma rotundidad, ha asegurado tajantemente que los resolverán, y se ha comprometido a ello. ¡Cuánto me gustaría escuchar un discurso similar por estos lares!
         Son muchos los aspectos que yo destacaría de la declaración de intenciones de Obama, pero me voy a quedar con lo que me parece más importante. Para mí, lo más destacable es que sus palabras, a pesar de reseñar las dificultades, dejan lugar para la esperanza.
En un momento de su intervención, Obama dijo: “hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia”. Y añadió: “Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados, que durante mucho tiempo han sofocado nuestra política”… Y no sólo la suya -añadiría yo- sino que estos males que Obama reseñó, también sofocan nuestra política.
Como he dicho antes, el discurso del nuevo presidente de Estados Unidos nos ha transmitido esperanza. Pero, ¿qué es la esperanza? Yo diría que es un alimento para el alma, una medicina para el espíritu. Definiría la esperanza como una certeza interior, una confianza en nosotros mismos y en los demás, que nos lleva a sentir y a pensar que seremos capaces de seguir adelante y de superar todas las condiciones adversas que se nos puedan presentar en la vida.
Desde que Obama ganó las elecciones, he oído decir con frecuencia que se habían puesto en él muchas expectativas. Seguramente es verdad, pero la esperanza no tiene nada que ver con las expectativas. Cuando ponemos expectativas en alguien –algún líder político, religioso o de cualquier otro tipo- esperamos que sea esa persona la que cambie las cosas, y si no lo hace, nos sentimos defraudados. La esperanza es otra cosa. Nos devuelve la confianza en nosotros mismos y gracias a ella nos sentimos capaces de enfrentar las dificultades. No siguiendo a ningún líder, sino caminando juntos, con un propósito común, en la misma dirección.
Por eso siempre se dice que la esperanza es lo último que se pierde. Y es verdad, porque cuando no confiamos en nuestras posibilidades, todo se desmorona y no hay nada que hacer. También se dice que el color de la esperanza es el verde. Verde esperanza, decimos. ¿Por qué la vestimos con este color? Muy sencillo, porque éste es el color de la sanación, de la curación. Y no tiene nada de extraño que se relacionen ambas cosas, porque la esperanza es sanadora. Nuestras almas y nuestros espíritus, necesitan sanarse y alimentarse con la esperanza.
En mi opinión, el discurso de Barak Obama ha actuado como un bálsamo que cura nuestras maltrechas ilusiones y nos devuelve la esperanza de que podemos conseguir, con el esfuerzo de todos, que se haga realidad nuestro sueño de lograr un mundo mejor. Ojalá que esa luz verde, ese rayo de esperanza que ha encendido Obama en Estados Unidos, se traslade al resto del planeta y nos ilumine cuando las demás luces se apaguen.

(23 de enero del 2009)


El parlamento interno

Continuamente escuchamos críticas hacia los políticos, o somos nosotros mismos los que, indignados ante las guerras, las injusticias sociales o ante la incompetencia que nos rodea, proferimos esas críticas. Obviamente, no es que los políticos sean los únicos responsables de los males que aquejan a nuestra democracia, pero está claro que los que ocupan puestos de poder son más responsables que los ciudadanos de a pie. Y, en última instancia, son ellos los que nos sirven de reflejo a los demás para que veamos nuestros propios errores de actuación y los corrijamos.
     Se puede decir que todos llevamos dentro tendencias que nos gobiernan mal, y que resultan incompetentes para resolver nuestros problemas vitales. Todos tenemos también tendencias que actúan como oposición a las que nos gobiernan, y que tampoco nos resultan muy útiles a la hora de encarar nuestra vida con cierto equilibrio y serenidad. En definitiva, que casi todos mantenemos una guerra interna contra nosotros mismos. Y esa lucha de tendencias es la que cada día contemplamos en el exterior, representada por los políticos.
     Pero vayamos afuera, donde nos resulta más fácil ver las cosas que nos afectan. Empecemos por el partido que gobierna, el PSOE. Ahí nos encontramos con políticos fuera de la realidad, que viven en una burbuja elaborada a base de saraos y campañas de imagen, donde lo que cuenta no es decir la verdad, sino lo que sus votantes quieren escuchar. Nos encontramos el engaño permanente y los delirios de grandeza para mantenerse en el poder, a costa de lo que sea. Con estos planteamientos, no es extraño que predomine la prepotencia, la incompetencia y la falta de soluciones a los problemas reales, en lugar de crear otros ficticios.
     En la oposición –sin contar los nacionalismos, que son la guinda de un suflé que se desinfla por momentos- tenemos a los llamados de izquierdas y de derechas; términos obsoletos, que no significan nada en el siglo XXI, pero a los que se sigue recurriendo a falta de otras alternativas. En la llamada izquierda está IU, un partido reducido a la mínima expresión y al que los votantes han dado de lado debido, entre otras cosas, a su comportamiento esquizofrénico de querer ser a la vez gobierno y oposición. IU, ni es izquierda –con respecto a antiguos parámetros- ni está unida, ni en estos momentos sabe cual es su identidad, si es que tiene alguna.
En la llamada derecha tenemos al PP, que quiere arrebatar el gobierno a la otra tendencia dominante y que también acusa una tremenda falta de identidad y un extraordinario complejo de inferioridad. Por una parte quiere seguir teniendo el apoyo de los más retrógrados y reaccionarios. Pero conscientes de que este apoyo no es suficiente, además quiere ser modernos –sea lo que sea eso-. Y mientras deciden si representan al pasado o al futuro, se les va escapando de las manos el presente.
A este terrible dilema hay que sumar el complejo de inferioridad de los populares. El origen está motivado porque desde el otro lado, las tendencias gobernantes se encargan de minarle la autoestima, diciéndole la estupidez esa de que el patrimonio de la cultura, de la honestidad, de la paz, de la libertad… etc, es de la autodenominada izquierda. Y ellos, los llamados de derechas, no tienen derecho ni a existir.
A grandes rasgos este es el desolador panorama político que todos los días vivimos y sufrimos en el exterior. La buena noticia, como he dicho al principio, es que el mundo externo no es más que un espejo, un reflejo de lo que cada ser humano vive internamente, y estas tendencias representadas por nuestros partidos políticos, las llevamos todos dentro.
Siendo así, el panorama es mucho más esperanzador. En lugar de esperar que cambien ellos de motu propio –cosa que no va a ocurrir- quizás seamos capaces de poner un poco de orden y de paz en nuestro parlamento interno, de forma que ese nuevo mundo más justo, más libre y más fraternal que todos queremos se vaya creando en cada uno de nosotros, y empiece a reflejarse en el exterior. Porque como no cambiemos… lo llevamos claro.

(17 de enero del 2009)


Sólo palabras

Me gustaría que alguien me explicara por qué el Gobierno mete una inyección de millones de euros a las entidades financieras, para paliar la crisis económica, y una de estas entidades paga, por el último anuncio del año a Televisión Española, la friolera de 10.700 euros el segundo. Traducido a pesetas –para los que, como yo, seguimos pensando según la antigua moneda- esta cifra supone un millón setecientas ochenta mil trescientas treinta pesetas por cada segundo publicitario emitido.
No sé cuántos segundos duró el anuncio protagonizado por la Caixa, -en el momento de emitirse tenía yo la cabeza en otras cosas, ya ves tú que despistada-  pero me da la impresión de que, con lo que invirtió la entidad financiera en este spot publicitario, una familia media podría comprarse un piso, y nada barato, por cierto.
Tampoco sé si los millones de espectadores que conectaron con Televisión Española en la Nochevieja, para ver la retransmisión de las campanadas desde la Puerta del Sol de Madrid, habrán elegido a la Caixa como su entidad financiera para el 2009, influídos por el anuncio de marras. Lo que sí está claro es que la cadena pública se llevó un buen pellizco económico al emitir el anuncio más caro de la historia.
Me pregunto qué pensarán de esta inversión publicitaria los más de tres millones de parados reconocidos por el Inem, que los medios de comunicación nos han mostrado haciendo horas y horas de colas ante las oficinas de empleo, en los últimos días.
Cuando he visto en la tele a estas personas anónimas, que seguramente esconden dramas personales y que no sólo han perdido el trabajo, sino que se han visto privados de algo más importante todavía, la esperanza de encontrar otro a corto plazo, no he podido evitar que me vengan a la cabeza las recientes palabras de Zapatero, quien dijo algo así como que el Gobierno no iba a dejar a ningún desempleado abandonado a su suerte.
Todo ello sin contar con que en el debate televisivo electoral que protagonizó con Rajoy, el presidente concluyó diciendo que en esta legislatura se alcanzaría el “pleno empleo”. Eso sí, hay que dar gracias a que los más de tres millones de parados se hayan alcanzado con un gobierno socialista. Si esto mismo llega a pasar con uno del PP, algunos habían vuelto ya a las barricadas. Pero tratándose del PSOE… Hay que ser comprensivos, un error de cálculo lo tiene cualquiera. Del pleno empleo a las peores cifras del paro, total sólo hay unas palabras de diferencia.
Porque de eso se trata, de palabras, palabras, palabras… sólo palabras que no se creen ni los que las pronuncian. Y con palabras –aunque sean buenas- no se soluciona el problema del paro. Ni tampoco con discursos vacíos, ni con estadísticas maquilladas, ni con maniobras de imagen para distraer la atención de lo que realmente nos preocupa.
Porque mientras continúa aumentando el número de parados y la desesperanza se acomoda en el interior de muchas personas, hay quien se empeña en debatir sobre el atuendo y el maquillaje de la ministra de Defensa. ¿De verdad hay alguien a quien le importe cómo se vista o se peine esta señora?
Y si no la otra polémica inútil que esta semana nos han ofrecido los telediarios. La de la creación de dos bandos irreconciliables: –otros más, por si no teníamos bastantes- el de los ateos y el de los creyentes. Ambos han lanzado a las calles autobuses con sus consignas publicitarias para que tomemos partido sobre si Dios existe o no existe.
Lo más gracioso es que los ateos no deben estar totalmente convencidos de lo que propugnan, porque su slogan dice: “Probablemente Dios no existe”. Sólo “probablemente”. Si no tienen ninguna certeza, ¡cómo van a convencer a los demás! Y añaden: “Deja de preocuparte y disfruta de tu vida”... Bueno, yo propondría una tercera vía de síntesis entre las dos posturas irreconciliables. Sería ésta: “Dios existe, deja de preocuparte y disfruta de tu vida”. Así, todos contentos.

(10 de enero del 2009)


Creer en los Reyes Magos

El otro día escuché en la estación de Renfe cómo un empleado le preguntaba a una señora: “¿Qué te van a traer los Reyes?” y ésta respondía sabiamente: “¿Traer? No quiero que me traigan nada; lo que quiero es que se lleven. Preocupaciones, por ejemplo”. Este diálogo, aparentemente sin importancia, me hizo reflexionar en lo razonables que eran las palabras de esta mujer.
En realidad todos tenemos tantas cosas, que en lugar de pedirle a los Reyes Magos que nos trajeran más, deberíamos rogarles que se llevaran, que nos vaciaran los armarios y las estanterías de cosas viejas, para crear espacios donde pudiera entrar lo nuevo. Pero la señora del comentario no se refería sólo a los objetos materiales, sino a esos otras cosas que ocupan nuestra mente y que ella calificó como “preocupaciones”.
Aunque la cuestión en estos momentos no es ya si pedimos que nos traigan o que se lleven. La pregunta es, en esta época de escepticismo que vivimos, si creemos o no en los Reyes Magos. Los niños pequeños, aunque la sociedad y el mundo ha cambiado mucho desde mi época infantil, aún siguen creyendo en los sabios Magos de Oriente. Aún les escriben sus cartas pidiendo regalos… aunque sea a través de Internet.
A mí me confesaron que los Reyes Magos no existían –después de insistirme durante años en sentido contrario- cuando tenía 9 años. Es una experiencia, similar a la que habrán tenido todos los lectores, de esas que no se olvidan nunca. Una niña de mi clase, algo mayor que yo, me agarró un día y, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, sin previo aviso y sin que yo le preguntara nada, me dijo en el recreo: “Te voy a contar los misterios de la vida: a los niños no los trae la cigüeña y los Reyes Magos son los padres”.
Sin decir ni una palabra más, se fue y me dejó allí con la boca abierta, mientras sentía un nudo en el estómago y notaba cómo la tierra se abría a mis pies. La verdad es que lo de la cigüeña me dejó un poco indiferente en esos momentos, ¡pero lo de los Reyes! ¡Cómo iban a ser los padres! Pensé que a la colega le faltaba un tornillo y me indigné profundamente con ella por difundir una mentira tan increible. Era tan grande mi cabreo que, esa misma tarde, le comenté a mi madre lo que me habían dicho en el cole.
Naturalmente, yo esperaba que ella pusiera el grito en el cielo y se encolerizase ante semejante barbaridad. En lugar de eso, me confesó abiertamente que sí, que era verdad, y que los Reyes eran los padres. Como a pesar de todo yo seguía sin creérmelo –pensaba que aquello debía ser una epidemia, puesto que mi propia madre también se había vuelto loca- mi madre me llevó a casa de una vecina para que viera la bicicleta, que tenía allí escondida, y que los Reyes me iban a traer unos días después.
Con el cuerpo del delito –la bicicleta- allí presente, no tuve más remedio que darme por vencida y aceptar lo inaceptable, sin dejar por ello de sentirme totalmente engañada y estafada por mis padres, por el resto de la familia y por el mundo en general. Han pasado muchos años desde entonces y ya he vuelto a recuperar mi fe en la humanidad. Y lo que es más importante, aún sigo creyendo en los Reyes Magos.
Ya no son esos Reyes de mis horas infantiles que traían juguetes y que podían ser sustituidos por los padres. Mis Reyes Magos, los de ahora, son esas tendencias internas que siempre están ahí, en nuestro Oriente interior, y que te hacen el regalo de devolverte la confianza en ti mismo, en la vida y en los demás, aún cuando todo parezca derrumbarse a tu alrededor, y el clima imperante sea de desánimo.

Esos son los Reyes en los que sigo creyendo, a los que escribo puntualmente y a los que pido que me traigan muchos regalos de los que no ocupan lugar ni en la mente ni en los armarios… En cuanto a hacer hueco y limpieza, para que cuando lleguen con sus presentes encuentren espacios donde depositarlos, de eso ya me encargo yo a lo largo de todo el año.

(3 de enero del 2009)


Dulce Navidad

Si ha sido capaz de sobrevivir a la cena de Nochebuena y a la comida de Navidad, ¡enhorabuena! Tengo un conocido que felicita las Pascuas de la siguiente manera: “Te deseo que pases una feliz navidad… o con la familia”. Y es que las entrañables fiestas navideñas, con sus saraos familiares y con esa manía de que todos tenenos que ser muy felices, comer perdices, y llevarnos bien, suponen un cúmulo de tensiones y conflictos; la mayoría sin resolver desde hace muchos años y que, como el turrón ese del anuncio, “vuelven a casa por Navidad”.
         Por eso le digo que, si ha llegado hasta aquí, mi más sincera felicitación. Piense que ya queda menos. Si ha sido capaz de superar, no sólo las reuniones familiares, sino el estrés de las cenas de empresa –con el agobio añadido del “amigo invisible” –perverso jueguecito en el que siempre te toca regalar a quien peor te cae – y a los mensajes de buenos deseos que recibe en el móvil, puede estar seguro de que lo peor ya ha pasado.
         Lo que más me gusta de los mensajes en el móvil, es que casi nadie los firma y no sabes quién te los ha mandado. Se supone que todos los que se acuerdan de nosotros – y de nuestras familias, con perdón- el día de Nochebuena, tienen que figurar en nuestra agenda; a pesar de que no vuelvan a enviarnos ni un solo mensaje hasta las navidades del año siguiente. Así, recibimos un montón de sms, sin saber de quién, deseándonos las cosas más peregrinas. Algunos son muy ingeniosos, en verso y todo, y si no los contestamos, nos crean mala conciencia.
         Para no tener esa mala conciencia en fechas tan señaladas, nos vemos obligados a dar respuesta a los buenos deseos que hemos recibido de toda una oleada de gente anónima y desconocida, aunque, a juzgar por la familiaridad con que se dirigen a nosotros, se diría que para ellos somos íntimos. Algunos, angelicos, incluso nos ponen: “a ver si quedamos”. Y tú piensas: “pues lo llevas claro… como no me digas quién eres…”
         Y no hablemos ya del tema regalos. Si usted tiene niños pequeños o, sencillamente, ha decidido sustituir la tradición de los Reyes Magos por la de Papá Noel -que como no es la nuestra parece mejor- a la presión de las abundantes y ruidosas cenas familiares hay que añadir la de hacer regalos sin fuste, por obra y gracia de san consumo bendito. Un santo muy venerado en nuestros días. Y si encima no te ha tocado la lotería, ¡qué les voy a decir que no sepan!
         Y luego está el mensaje navideño del Rey, un clásico. Una perorata, a la que nadie le hace caso- ¡a quién se le ocurre hablar a esas horas de la Nochebuena, con el follón que hay en todas las casas!- pero que los medios de comunicación se encargan de repetirnos el día de Navidad para que, lo queramos o no, terminemos enterándonos de lo que ha dicho el monarca.
         De entre todas las mismas cosas de siempre que ha dicho este año, el mensaje más repetido por los Medios es que “hay que tirar del carro”. ¡Genial! Yo estoy totalmente de acuerdo con estas palabras. Lo que pasa es que, para que los de siempre pudiéramos tirar mejor, estaría bien que todos los que llevan muchos años “subidos al carro”, se bajaran y empujasen un poquito.
         Pero no nos pongamos rebeldes, que eso ya está pasado de moda, y seamos “asertivos” que es lo que se lleva ahora. Así que, lo dicho: ¡enhorabuena por haber atravesado la Navidad sin demasiados daños colaterales! Ya sólo queda la Nochevieja. Los inocentes no hace falta que los celebremos porque ya representamos ese papel todo el año.
         Total, que no queda nada. Un poquito de balance anual y toneladas de buenos propósitos; los mismos que el año pasado, pero envueltos con papel de celofán nuevo. Para mí, de todas maneras, las Nocheviejas son especiales porque fue ese día, hace ahora 20 años, cuando di a luz a mi querida y preciosa hija Violeta.
         ¡Venga; ánimo valientes, que ya falta menos!

(27 de diciembre del 2008)


La Verdad

El periódico La Verdad de Albacete publicaba hace unos días -con motivo del 35 aniversario de su implantación en esta provincia- una entrevista con Victorio Oliver Domingo, el que fuera obispo de la Diócesis de Albacete. Este hombre, muy querido y que dejó una profunda huella de su paso aquí, rememora su vinculación con la ciudad y su admiración por la profesión periodística.
         En la entrevista declara que admira la herramienta que usamos: “la palabra”. Y añade que “los periodistas son personas de una responsabilidad muy grande”. Aludiendo a la cabecera de este periódico, La Verdad, afirma que “es muy expresiva, de mucha luz y compromiso” y concluye diciendo que “hay que salir a decir la verdad todos los días”.
         Ciertamente, es una responsabilidad enorme la que nos atribuye Victorio Oliver: nada menos que decir la verdad todos los días. Pero, ¿a qué verdad se refiere? ¿A la que tantas veces nos cuentan y sabemos que es mentira? ¿A la verdad que responde a intereses partidistas, o a la que permanece oculta porque no interesa que se sepa?
Poncio Pilatos preguntó a un reo, que el poder religioso de aquélla época quería matar porque hablaba de una Verdad Universal que no les interesaba difundir: “¿Qué es la verdad?”. Jesucristo, el reo, no dio ninguna respuesta. O mejor dicho, sí la hubo. La respuesta fue el silencio.
Hemos oído decir: “Y conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres”. Y aquí estamos todavía, intentando conocerla y, mientras, bregando con  verdades mucho más relativas, que son a las que tenemos acceso los periodistas. Eso sí, siempre que sepamos y queramos separar el trigo de la paja de entre toda la maraña de mentiras, informaciones interesadas y manipuladas que nos cuentan diariamente, para que las difundamos.
Para complicarlo más todavía, hay que decir que estas verdades relativas, maquilladas y adornadas, no son igual para todo el mundo. Cada uno se elabora su propia verdad, la que más le conviene en cada momento. Hoy puede ser una y mañana otra, incluso la contraria, dependiendo del lugar donde se encuentre el que nos la cuenta y del punto de vista que adopte en ese determinado momento.
La verdad no es la misma para un político que está en el gobierno, que para otro que está en la oposición. Y la verdad de ambos no tiene nada que ver con la de una persona que acaba de quedarse sin trabajo y ve cómo un enorme agujero negro amenaza con engullir su mundo. La verdad no es igual para el que se encuentra enfermo en la cama de un hospital, con la única perspectiva ante sus ojos del techo de su habitación, que para otra persona sana, dispuesta a emborracharse hasta perder el sentido con la excusa de celebrar la Navidad.
La verdad no es la misma para aquéllos que pasan estas fiestas sin privaciones, rodeados de su familia, que para esos otros que tienen sus casas y a su gente muy lejos de aquí, y vinieron a nuestro país buscando unas condiciones de vida y un  paraíso que no han encontrado.
En este mundo y en esta sociedad, que está pidendo a gritos un cambio radical porque las viejas estructuras ya no nos sirven, hay demasiadas verdades que difícilmente  pueden conciliarse. Y todos los que ostentan los privilegios, los que tienen la sartén por el mango, van a seguir intentando vendernos sus falsas verdades.
Quizás haya llegado ya el momento de hacer oídos sordos a tanta algarabía externa. Quizás tengamos que aprender a distinguir las “voces de los ecos” tal y como nos recomendaba el poeta Antonio Machado, y  volver a preguntarnos sinceramente ¿Qué es la verdad?
Después, sólo nos queda escuchar en nuestro interior para ver si podemos oír esa voz que nos habla en el silencio y pedirle que nos explique de una vez por todas, cual es esa Verdad Universal que nos hará libres, por encima de nuestras pequeñas, relativas y falsas verdades particulares.

Mis mejores deseos para que la luz de esa Verdad ilumine nuestros caminos. Falta nos va a hacer.

(20 de diciembre del 2008)


Parvulario

Últimamente no están muy finos los padres de la patria con esto del lenguaje. Y teniendo en cuenta que las palabras son la manifestación de las ideas, es de suponer que tampoco se encuentran muy lúcidos en cuanto a los pensamientos. Y no digamos ya nada si nos referimos a los ideales en los que deben basarse sus expresiones.
Viendo los informativos que nos ofrece la televisión y leyendo los periódicos, tengo la impresión de que las declaraciones políticas en este país se parecen, cada vez más, a la cháchara de un patio de colegio. Y que sus protagonistas, más que miembros del Parlamento, parecen alumnos de un parvulario. Eso sí, un parvulario cuyo mantenimiento nos sale carísimo, y que con demasiada frecuencia se encuentra vacío porque sus señorías hacen novillos.
Cuando escucho que un nacionalista pide en un mítin, para festejar la Constitución, la muerte del jefe del Estado, un socialista insulta a voz en grito a los que votan “a la derecha”, y otro más insulta, por lo bajines, a los de su propio partido -todos ellos dignos representantes electos de nuestra clase política- me cuesta trabajo creer que estoy oyendo a personas adultas, maduras, en posesión plena de sus facultades mentales, y no viendo un episodio de los Teleñecos.
Cuando compruebo que el mayor argumento político, que se lanzan unos a otros en el fragor del debate político es, “y tú más”, no necesito recurrir a mi  imaginación para que sus señorías aparezcan en mi mente vestidos con el baby a rayas o cuadritos del cole, hurgándose la nariz y con el bocadillo de nocilla entre las manos.
Dicen que cada país tiene los políticos que se merece. Y seguramente será verdad, puesto que hemos sido nosotros, los ciudadanos, los que los hemos elegido. Pero también es cierto que, en el mejor de los casos, sólo podemos elegir entre lo que se nos ofrece. Y si no nos ofrecen algo mejor, es imposible que podamos elegir algo distinto a lo que nos han ofrecido. Por eso no es extraño que la gente esté tan desencantada con la política, y que los que ejercen este noble oficio, tengan tan poca credibilidad.
Hombre, también están los forofos de los partidos. Del propio, naturalmente. Son los militantes adscritos al “sí buana” y a comulgar con ruedas de molino, y también los fieles votantes que, hagan lo que hagan los suyos está bien, y hagan lo que hagan los otros, está mal. O lo que es lo mismo, “al enemigo, ni agua”.
Con este patético panorama, que ya de tan sabido aburre, me pregunto: ¿Será verdad que los ciudadanos de a pie nos merecemos los políticos que tenemos? Yo diría que no. Yo no me los merezco. Me merezco algo mucho mejor, y entiendo que el resto de la humanidad tampoco se merece este “nivelazo” de nuestros representantes.
Creo que merecemos que nos representen personas adultas que no se comporten como niños en un parvulario. Personas con criterio, que no hagan del insulto al contrario su mejor argumento, y que sean coherentes. Que no digan una cosa, piensen otra y hagan lo contrario. Y, sobre todo, que utilicen el cargo público para servir, y no para servirse de él. ¿Es pedir demasiado?
Estos días me ha venido machaconamente a la memoria una frase: “¡Qué buen vasallo sería, si tuviera buen señor!”. La frase figura en el Cantar del Mío Cid, de autor anónimo, cuando Rodrígo Díaz parte cabizbajo hacia el destierro, expulsado de Castilla por el Rey Alfonso. Es la gente del pueblo, que lo ve partir, la que lanza esta exclamación.

Pues bien, han pasado más de 800 años desde que se escribió esta gesta, y aún hoy podemos decir, con plena actualidad: ¡Qué buenos vasallos seríamos, si tuviéramos buenos señores!

(13 de diciembre del 2008)


Víctimas

Hace unos días leí un curioso titular en este periódico, decía: “Ver a la Virgen no es delito”. Naturalmente, el llamativo titular estaba tan bien puesto que atrajo mi atención, y provocó que leyera el texto que se correspondía con esta información. Se trataba del archivo de una querella contra los promotores de un entramado, creado en El Escorial, alrededor de supuestas apariciones marianas.
         Además de constatar con sorpresa que la artífice de todo el tinglado –que incluye residencias de ancianos y un importante patrimonio- es de Albacete, lo que más me llamó la atención es que se había creado una asociación denominada: “Asociación Víctimas de las Supuestas Apariciones de El Escorial”. No, no es broma. La mencionada asociación existe, y fue la promotora de la querella que el juez ha archivado.
         De un tiempo a esta parte, la palabra “víctima” se pronuncia en los medios de comunicación casi tanto como la palabra “crisis”. El diccionario de la Real Academia considera a la víctima como una “persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita”. Y también como una “persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio”.
         Confieso que no me gusta nada esta palabra. Creo, sinceramente, que las asociaciones que la utilizan deberían cambiarla. Cuando se produjeron los tristemente famosos envenenamientos por el aceite de colza, los que con todo el derecho del mundo denunciaron y reclamaron indemnizaciones, no se consideraron “víctimas”, sino “afectados” o “perjudicados”. Hoy ya no se escuchan estos términos. Hoy, cualquiera que se siente dañado por otro o por causas fortuitas, de la manera que sea, se autocalifica como “víctima”.
         Alguien podría pensar que se trata de una simple cuestión semántica, pero no es verdad. Las palabras tienen poder y, de alguna manera, configuran nuestra realidad, ya que las cosas existen al nombrarlas. Es evidente que a veces sufrimos daños, por parte de otros, que no podemos evitar, como en el caso del terrorismo indiscriminado. Y tampoco podemos evitar que nos afecten las catástrofes naturales, pero seguir considerándose eternamente “víctimas” de estos males, no creo que sea bueno para nadie. Sobre todo para los propios afectados.
         Al fin y al cabo, una “víctima” es alguien a quien le suceden determinadas cosas desagradables, sin que lo pueda evitar. Y esto no siempre es así. Muchas más veces de las que pensamos- no siempre- somos nosotros los que tenemos el control de las situaciones, pero no hacemos nada para evitarlas. ¿Por qué? Porque resulta mucho más fácil echarle la culpa a los demás de nuestras desgracias, que asumir nuestra parte de responsabilidad.
         Si quisiéramos, todos podríamos integrar asociaciones de víctimas, como los de las “Supuestas Apariciones de El Escorial”. Podríamos considerarnos víctimas de infinidad de situaciones. De la subida del petróleo, del cambio climático, de nuestros padres, de nuestros hijos, de los vecinos que fuman en el ascensor, de la sociedad, de la educación que hemos recibido, de las religiones, del paso de Plutón por nuestro signo zodiacal… ¡Qué sé yo, la lista podría ser infinita!
         Pero con tanto victimismo, no vamos a ninguna parte. O mejor dicho, a donde vamos es a perpetuar situaciones, en el mejor de los casos, o a sacar algún tipo de provecho o rentabilidad, en el peor. Pues de todo hay en la viña del Señor y no resulta nada difícil aprovecharse en determinados supuestos.

Si queremos considerarnos de esa manera, todos somos víctimas de la Vida y de la Muerte. Pero si reflexionamos un poco, nos daremos cuenta de que, aunque hay cosas que no se pueden evitar, en la mayoría de las ocasiones somos responsables de lo que nos pasa.

(6 de diciembre, 2008)


Símbolos

Estamos rodeados de símbolos. Puede que nos resulten tan cotidianos que no nos demos cuenta de la cantidad de símbolos que manejamos en nuestra vida. El diccionario María Moliner define el símbolo como una «cosa que representa a otra», y pone como ejemplo, entre otros, el olivo como símbolo de la paz y el dinero como símbolo del valor de las cosas.
Utizamos los símbolos desde la noche de los tiempos. Las pinturas rupestres y los petroglifos de las rocas eran símbolos que aún muchos se empeñan en descifrar. Pero no hace falta irse tan lejos. Hoy mismo, además del dinero antes mencionado, estamos inmersos en un mundo de simbolismo.
Desde las marcas comerciales de bebidas, pasando por los relojes y la etiqueta de los pantalones vaqueros que vestimos, hasta las colonias, todos los productos están representados por símbolos. Los creativos de la publicidad lo saben muy bien, y por eso cuando quieren vendernos un coche, en realidad no es el vehículo lo que nos venden - aunque es lo único que nosotros compramos- sino el símbolo de un determinado estatus social.
Esta semana se ha vuelto a organizar un agrio debate mediático, entre los partidos políticos y las jerarquías de la iglesia católica, a costa de la presencia de un crucifijo en una escuela pública de Valladolid. Como todo el mundo sabe, un juez ha ordenado la retirada de este símbolo religioso, por considerar que vulnera los derechos fundamentales de igualdad, libertad religiosa y aconfesionalidad del Estado, recogidos en la Constitución.
Sinceramente, no entiendo muy bien el objeto de la polémica. Este magistrado se ha limitado, con su sentencia, a hacer que se cumpla lo estipulado en la Carta Magna.
Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a que la Constitución sea papel mojado, que cuando alguien alude a la norma que regula la convivencia de los españoles, siempre hay quien se rasga las vestiduras. Dentro de una semana se cumplirán treinta años de la aprobación de nuestra Carta Magna en referendum y ya debería llegar el tiempo de que la mejor forma de celebrarla sea cumpliéndola, en lugar de limitarnos a la lectura más o menos folklórica de su articulado, como si de una obra de ficción se tratase. Al igual que se hace con El Quijote, cuando celebramos el Día del Libro.
La cruz, por cierto, es un símbolo infinitamente anterior al nacimiento de la iglesia católica. Así como la esvástica era muy anterior a la utilización que hizo de ella el nazismo. De hecho, el símbolo de los primeros cristianos era el pez, y no la cruz, al encarnar Jesús al avatar de la Era de Piscis.
Pero volviendo a la polémica, lo más curioso es la manipulación y la hipocresía que existe en torno a ella. ¿Qué tendrá que ver que haya un crucifijo en una escuela pública, para que los alumnos sean mejores personas o seres humanos más íntegros? Esto, en cuanto a la jerarquía eclesial. En cuanto a la jerarquía política, tampoco se andan a la zaga.
El partido que gobierna pide, contundentemente, que sean retirados los símbolos religiosos de los colegio públicos. Pero sólo lo hace en las comunidades autónomas donde ellos no gobiernan. En las que sí gobiernan, y tienen la oportunidad de hacerlo, no piden nada de eso. Sin contar que a la hora de prometer sus cargos, lo hacen ante un crucifijo.
El partido de la oposición, por su parte, se limita a decir que ¿a quién le molesta que haya un crucifijo? Hombre, personalmente no me molesta lo más mínimo la presencia de un crucifijo. ni de un buda, ni de un poster del Ché; otro símbolo, por cierto.
Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que España es un Estado aconfesional y la Constitución está para cumplirla siempre, no sólo cuando les convenga a los poderes establecidos. Además, estoy segura de que si le preguntasen al crucificado, volvería a repetir lo que ya dijo: «Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

(29 de noviembre, 2008)


Reconciliación

Mi hijo me envió por Internet una ecografía, en tres dimensiones, de un ser muy pequeñito que, cuando nazca, será mi nieta. La ecografía me llegó hace dos días, en la misma fecha en la que se cumplían 33 años de la muerte de Franco. Al verla, dejándome llevar por el aluvión de informaciones y opiniones que se están produciendo sobre el franquismo y la guerra civil, no pude evitar que me vinieran a la cabeza los famosos versos de Antonio Machado: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón».
Cuando murió Franco, mi hijo -el padre de esta criatura que va a nacer- sólo tenía dos años. Mis otras dos hijas nacieron ya cuando en este país estaba instaurada la democracia. Los tres tienen conocimiento de esa parte tan sombría y dramática de nuestra historia que fue la guerra civil, y también del que fuera llamado Caudillo. Pero esos años en los que nos matábamos entre nosotros, no forman parte de su vida. Afortunadamente.
Recuerdo que cuando murió Franco y se inició el periodo denominado de transición política la palabra que más se repetía entonces era reconciliación. En un momento determinado se hablaba de dos vías para afrontar el futuro: la reforma y la ruptura. La mayoría de las fuerzas políticas optaron por la primera de ellas y, siendo sincera, he de decir que yo no estaba de acuerdo con pasar página sin haberle hecho pagar al régimen todo el mal que había causado.
Hoy, 33 años más vieja que entonces, contemplo el mundo de distinta manera. La vida ya no me parece una historia de buenos y malos y, más que nunca, creo que habría que recuperar ese espíritu de reconciliación que ahora, según parece, brilla por su ausencia. Desde luego, no voy a justificar ninguna de las atrocidades que se cometieron durante la guerra civil. Pero es que la guerra es pura atrocidad. Todas la guerras -también las que se están desarrollando en el mundo en estos momentos- encarnan la más terrible oscuridad. Todas son injustas y ninguna causa justifica la matanza de otros seres humanos. En momentos de conflicto bélico estamos poseídos por lo peor que llevamos dentro; y cualquier cosa que hagamos desde ese estado de irracionalidad y animalidad profunda, es digna de rechazo.
No estoy en contra de la memoria histórica. Al contrario. Creo que hay que tenerla muy presente, pero sólo para no volver a caer en los mismos errores que caímos hace ya más de 70 años. Esa memoria debe servir para aprender, y no para revivir las mismas causas -internas y externas- que nos llevaron a la guerra civil.
Creo que le debemos este esfuerzo de reconciliación a las nuevas generaciones. ¿Hasta cuándo los españolitos que sigan naciendo van a tener que hacerlo en un país dividido por ideologías obsoletas que ya nada tienen que ver con el presente? Soy consciente de que todavía existen heridas muy profundas en algunas familias y de que las cicatrices que penetran en el cuerpo de la humanidad, son visibles durante varias generaciones.
Pero algún día habrá que poner fin a todo ese sufrimiento. El dolor es algo connatural con el ser humano. Es imposible vivir y no sentir dolor alguna vez en la vida. Pero el sufrimiento no es connatural. El sufrimiento se produce sólo cuando el dolor se prolonga innecesariamente en el tiempo.
La guerra civil causó inmenso dolor. Pero la gran mayoría de las personas que la vivieron siendo adultas, están muertas. Mi generación no participó en ella, nuestros hijos y nuestros nietos han nacido en otra época ¿Cuánto tiempo tiene que transcurrir todavía para que consideremos la guerra y el franquismo como parte de la historia pasada -y no presente- de este país?
En el albor de estos nuevos tiempos que empezamos a vivir, los esfuerzos tienen que estar al servicio de la paz y de la fraternidad universal. El otro camino, el de la guerra y el enfrentamiento, llevamos recorriéndolo desde hace miles de años. Y ya sabemos a dónde nos conduce. No hace falta repetirlo. Es suficiente.

(22 de noviembre, 2008)


Oportunidad

La palabra crisis en chino significa oportunidad. En realidad este vocablo se compone de dos ideogramas wei, que se traduce como peligro y ji, que significa suerte y oportunidad. No es éste el único idioma que tiene significados aparentemente contradictorios para una misma palabra. La Kábala, que utiliza el alfabeto hebreo, está llena de ejemplos de palabras que significan una cosa, y también su contrario. En nuestro idioma, crisis deriva del griego y es sinónimo de decisión y de cambio muy marcado, según el diccionario María Moliner.

Crisis en su acepción más nefasta y sombría es, en estos momentos, la palabra más repetida en los medios de comunicación, en las esferas del poder, en los despachos de las empresas, y también en la calle. Pareciera como si todo lo malo venido y por venir fuera achacable a estas seis letras. Eso sí, como si ningún ser humano hubiera tenido nada que ver para llegar a la situación en la que nos encontramos. Una situación que nos venden como inesperada, llovida del cielo o aparecida por arte de magia. Cuando se veía venir y todos sabemos que lleva muchos años gestándose.

Tal día como hoy los dirigentes mundiales están reunidos para tomar medidas contra la crisis; o eso se supone. Pero la verdad es que no confiamos demasiado en que las decisiones que se tomen en Washington puedan, con unas pocas vendas y tiritas, curar un cáncer que cada vez afecta a más órganos del cuerpo de la humanidad. Porque si hay una cosa clara en estos momentos, es que todos estamos interconectados, y lo que suceda en una parte del mundo, afecta a todos los demás.

La crisis es planetaria y no sólo afecta a la economía, sino a los valores más profundos del ser humano. Tampoco hay que ser ningún experto para darse cuenta de que la situación es insostenible. No se puede sostener que la mitad del mundo se muera de hambre, mientras que la otra mitad acude a las clínicas de cirugía estética para que le hagan una liposucción y le quiten la barriguita.

Pero claro, hasta que no se han visto afectados los bolsillos -ese lugar de nuestra anatomía que no figura en la acupuntura china, pero que cuando nos tocan nos vuelve especialmente sensibles- no nos hemos dado por enterados. Y ahora los gobiernos y los que controlan el poder económico, que ya no pueden mantener sus generosos beneficios, nos dan la voz de alarma y se rasgan las vestiduras como si fueran ajenos a la situación. Hay quien dice, literalmente, que se acabó la fiesta y alguien tiene que pagar las copas. ¡Vale, pero estaría bien que las pagasen los que se las han bebido! Sabemos que eso no va a ocurrir. Nos tocará pagarlas a todos; aunque todavía no nos han dicho a qué precio. Y esta es la parte peligrosa que, según el idioma chino, nos va a afectar a la hora de encarar la tan cacareada crisis. Pero ya he dicho que la palabreja se componía de dos ideogramas, y es a ese otro significado al que me quiero referir.

Dice un refrán que no hay mal que por bien no venga. Y así es porque esta crisis representa una suerte y una oportunidad para que entre todos tomemos la decisión de cambiar el rumbo y empezar a0 construir un mundo mejor, más acorde con los nuevos tiempos. No digo que sea fácil: para que nazca lo nuevo tiene que morir lo viejo. Y tendremos que empezar por lo más cercano: nosotros mismos. Habrá que liquidar nuestras viejas formas de concebir la vida, tan arraigadas en nuestro interior, y empezar a comportarnos de una forma más humana y solidaria con los demás, desterrando para siempre de nuestro vocabulario conceptos obsoletos como "tanto tienes, tanto vales".

Henry Ford dijo: «Si piensas que puedes hacer algo o piensas que no puedes hacerlo, en ambos casos tienes razón». Pues bien, no nos dejemos llevar por los malos augurios y el desánimo. Concentrémonos en pensar que podemos utilizar la crisis como una oportunidad para mejorarnos a nosotros mismos y al mundo en que vivimos. Dos cosas que van unidas y no se pueden separar.

(15 de noviembre de 2008)


Sueños

Cuando en abril de 1964 asesinaron a Martin Luther King yo tenía 13 años. Recuerdo los conflictos raciales que se produjeron en EE UU y cómo el telediario -entonces sólo había uno- nos ofrecía diariamente imágenes de enfrentamientos entre los negros y la policía. Me vienen a la memoria las escenas en las que las «fuerzas del orden» pretendían reducir a los manifestantes a chorros, utilizando enormes mangueras de agua, y golpeándolos con porras.

Aquellas imágenes me provocaban una enorme tristeza, indignación, y un profundo rechazo; y fue precisamente para rebelarme ante el trato injusto e inhumano que recibían los negros en EE UU cuando escribí mi primer artículo para una especie de periódico estudiantil.

En la madrugada del día 5, siguiendo por televisión el triunfo electoral de Barack Obama, esas imágenes que tanto me habían impactado antaño volvieron a ocupar con fuerza mi memoria. ¿Quién iba a pensar entonces que un negro ocuparía la Casa Blanca? Esa posibilidad era un sueño irrealizable, una utopía inalcanzable. Martin Luther King lo sabía perfectamente, pero eso no le impidió luchar por lo que era justo y soñar. Y no sólo soñar, sino expresar públicamente su sueño; algo que le costó la vida.

Todos los medios de comunicación han recordado estos días, tras el triunfo electoral de Obama, ese sueño visionario que tuvo el dirigente negro y que ahora, cuarenta años después, se ha hecho realidad. Al margen de otras consideraciones políticas en las que no voy a entrar, la buena noticia que nos ha llegado a todos con el triunfo de Obama -no sólo a los norteamericanos- es que los sueños pueden convertirse en realidad. Que es posible, que se puede hacer, que está hecho.

Y si el sueño americano se ha cumplido, me pregunto, ¿pueden cumplirse también los nuestros? ¿Pero cuáles son nuestros sueños? ¿O es que ya hemos dejado de soñar en este país? Repaso la política en general, que todos los días nos ofrecen los medios de comunicación, y veo que más que sueños, a muchos nos produce bostezos, cuando no pesadillas. Observo a mi alrededor una especie de cansancio crónico y un rancio acomodo a las situaciones establecidas, a los poderes enquistados, a lo políticamente correcto.

Todo esto me lleva a reflexionar. ¿Cuándo fue la última vez que votamos con ilusión? ¿Cuándo la alegría de un triunfo electoral nos hizo salir emocionados a las calles para celebrarlo, como ha ocurrido en EEUU? ¿A partir de qué momento empezamos a preguntarnos si merecía la pena votar o no? ¿Desde cuándo depositamos nuestro voto en las urnas a la contra, para echar a algún partido, y no a favor de que gobierne otro? ¿Cuándo hemos dejado de creer que un futuro mejor es posible?

En la madrugada del día 5 disfruté viendo por televisión los rostros emocionados de la gente, la alegría que se reflejaba en sus semblantes, las lágrimas que acudían a sus ojos, conscientes de que algo más grande que ellos mismos estaba pasando. Que con la elección del candidato negro, se estaba cerrando un oscuro capítulo de su historia y se estaba abriendo la puerta a una nueva era.

Me gustó también la reacción de McCain que encajó la derrota con dignidad. Su gesto de mano tendida y de colaboración con Obama le ennoblece. Demostró que había sido un rival, un contrincante en la pugna por conseguir la Casa Blanca, pero que no era un enemigo, porque ambos navegan en el mismo barco. Un comportamiento al que aquí no estamos acostumbrados.

El gran regalo que Obama y el pueblo americano han hecho al resto del mundo tras las elecciones en EEUU es la esperanza. La fe en nosotros mismos, la certeza de que podemos cambiar el futuro, y de que los sueños pueden convertirse en realidad.

De la misma manera que cuando tenía 13 años tomé la pluma por primera vez para expresar mi indignación y mi desesperanza por el trato a los negros en EEUU, hoy vuelvo a escribir con la seguridad de que lo imposible es posible; de que se vislumbra en el horizonte un nuevo mundo y de que, entre todos, podemos lograrlo. Sí, podemos. Seguro que podemos.

(8 de noviembre de 2008)


Esta página recoge los artículos que Rosa Villada publica semanalmente en el diario La Verdad de Albacete.